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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO Caso Malvinas o Falklands: No es blanco o negro

Desde las heladas tierras del norte giro un poco mi telescopio hacia el otro lado de la cordillera y hacia más allá de la costa atlántica, donde los fantasmas de un viejo conflicto parecen volver a penar tanto en Buenos Aires, como en Londres y Puerto Stanley.

Aunque se descarta un conflicto armado, eso sólo puede garantizarse si las cabezas frías prevalecen sobre el gastado patriotismo histérico que puede venir de ambos lados de la disputa. 

Cuando en abril de 1982 los noticieros golpearon con la inesperada información que tropas argentinas habían desembarcado en las islas Malvinas (llamadas Falklands por los británicos), la primera reacción que mucha gente tuvo aquí en Norteamérica fue preguntarse “¿dónde quedan esas dichosas islas?” Casi nadie tenía claro donde estaban y qué importancia – si alguna – ellas podían tener. Para quienes que ya hacía tiempo habían escrito el epitafio del otrora poderoso Imperio Británico ésta ya parecía la última humillación que se le podía infligir a la Rubia Albión. Para hacer las cosas aun peor, el vejamen se lo hacía un dictadorzuelo de poca monta, que combinaba siniestramente sus dotes bufonescas con las de carnicero de su propio pueblo: el ahora despreciable Leopoldo Fortunato Galtieri.

Las islas, que incluyen no sólo a las Malvinas o Falklands sino también a las aun más pequeñas Georgias y Sandwich del Sur,  por las que inútilmente se derramó sangre hace casi veintiocho años, tienen una confusa historia. Se sabe que al revés de otros territorios del continente ellas nunca fueron permanentemente habitadas por indígenas, aunque es posible que pueblos patagones y fueguinos dedicados a la pesca las hubieran visitado. No es de extrañar que así fuera: su territorio es inhóspito, no tiene ni siquiera árboles nativos y son permanentemente azotadas por el viento austral. No un lugar muy invitante que digamos. A pesar de ello, en aquellos comienzos de la expansión imperial europea cuando pisar un territorio y reclamarlo para su respectivo monarca parecía una suerte de competencia olímpica, las islas habrían sido visitadas por expedicionarios de diversas nacionalidades. En los hechos el nombre Malvinas sería una adaptación española de ‘Malouines’ nombre que le habría dado el explorador francés Louis-Antoine de Bougainville en el siglo 18, quien provenía del puerto de Saint-Malo, de donde habría tomado el nombre para las islas.
 
Olvidadas por décadas, las islas retoman interés en el siglo 19. Argentina efectivamente envía colonos a las islas, incluso antes que complete la ocupación efectiva de su propia expansión continental en la Patagonia. Para ese entonces sin embargo, las islas también habían llamado la atención de otro actor de formidable poder: Gran Bretaña, la mayor potencia naval entonces, cuyos navegantes también las habían explorado y para la que las islas tienen un valor estratégico dentro de su objetivo de tener el control o al menos una posición privilegiada en los principales pasos oceánicos. Ya antes había tomado Gibraltar (todavía reclamado por España), luego Chipre y a fines de ese siglo Hong Kong (devuelto a China en 1999). Al revés de la mayoría de las colonias, para Gran Bretaña entonces las Malvinas o Falklands no tienen importancia económica, sino estratégica y ello la lleva a tomar las islas en 1833.
 
A comienzos del siglo 21 las Malvinas o Falklands ya no tienen gran valor estratégico, pero la certeza de que en su suelo marítimo se hallan grandes reservas de petróleo y gas natural súbitamente les ha dado una importancia económica. Hace un par de semanas, el anuncio que empresas petroleras británicas iniciarán exploraciones pusieron el tema en el debate nuevamente. Argentina respondió rápidamente imponiendo un permiso a las naves que hagan el trayecto hacia las islas y que recalen en puertos o transiten por aguas territoriales argentinas. En lo inmediato, la medida busca poner dificultades a las faenas de exploración, a más largo plazo las autoridades en Buenos Aires esperan hacer que Londres acceda a sentarse a una mesa de negociaciones y acepte discutir lo que hasta ahora siempre se ha negado a hacer: la cuestión de  la soberanía de las islas. Tanto la presidenta Cristina Fernández como otras autoridades argentinas han reiterado que no buscan una salida militar al diferendo. Lo que por cierto es una buena medida, por un lado coloca a Buenos Aires en un buen pie diplomático y hasta le da una cierta autoridad moral, por otro lado – lo más importante – al poner bien en claro que no se busca crear un conflicto armado no se le da ínfulas ni se reivindica a los militares argentinos, justamente desacreditados después de la humillante derrota militar ante Gran Bretaña y de las horrendas violaciones a los derechos humanos mientras gobernaron el país. Nada sería peor que en medio de esta disputa, los que ganaran fueran los sectores más reaccionarios de la sociedad argentina, prontos a subirse a cualquier carro que invoque consignas patrióticas, mientras más baratas y simplistas ellas sean, tanto mejor.
 
El diferendo de las Malvinas, en particular su estallido en 1982, no ha dejado de causar algunos problemas para la gente con una clara conciencia de izquierda y de anti-imperialismo. Me refiero a quienes intentamos asumir nuestras posiciones después de un análisis frío y concreto de la situación y no por meros arranques emocionales influenciados por la última consigna que uno pudo haber escuchado. El dilema era ciertamente complejo en 1982: ¿se debía apoyar a un régimen militar fascistoide, que en ese mismo instante torturaba y asesinaba a miles de militantes y simpatizantes de la Izquierda, sólo porque aparente y abstractamente considerada, su acción reparaba una injusticia histórica? ¿o por el contrario, debería rechazarse lo que en los hechos era un acto de violencia internacional, una invasión perpetrada por un ejército que a ese momento tenía un evidente prontuario de violaciones a los derechos humanos? ¿o quizás jugando la carta del oportunismo, simplemente esperar el resultado final del conflicto antes de pronunciarse?
 
Aunque parezca increíble, en ese momento se supo de por lo menos un prominente ex dirigente de Montoneros que – estando exiliado – pidió a las autoridades militares poder volver para ir a combatir a las islas. Me refiero a Mario Firmenich, hoy mayormente olvidado, y según fuentes de los propios montoneros, en realidad un doble agente. (Lo que de paso habla de lo intoxicante que es el sentimiento patriótico o patriotero y nacionalista).
 
Al final la guerra de 1982 terminó más rápido de lo que se necesitaba para un análisis más a fondo de la situación, por lo demás temas más apremiantes pronto dejaron las sureñas islas fuera de las prioridades de la gente. En todo caso no hay que olvidar que si algo bueno salió de ese conflicto fue en verdad su resultado final: la derrota militar argentina trajo como efecto el derrumbe de la dictadura al año siguiente, a la vez que colocó a los militares en una posición tan desmedrada que perdieron toda legitimidad: he aquí que los mismos que masacraban a civiles indefensos, cuando tenían que combatir de verdad se rendían cobardemente, el infame teniente Astiz, que infiltró a las Madres de Plaza de Mayo y participó en la desaparición de una de ellas es el símbolo más patente de esa doble actitud: a cargo del contingente que había ocupado las islas Georgias, cuando aparecieron los británicos se rindió sin disparar un solo tiro… (En toda justicia, al final los que realmente combatieron y murieron fueron los pobres soldados conscriptos, obligados a ir, mal pertrechados y hasta abusados por sus incompetentes oficiales).
 
Por cierto en Gran Bretaña la victoria tuvo un efecto contrario y cambió la suerte de la primera ministra Margaret Thatcher que poco antes de la invasión estaba con su popularidad por los suelos, dándole en cambio dos reelecciones. La llamada Dama de Hierro le debía mucho a Galtieri que con su invasión le dio la oportunidad de desempolvar viejos sentimientos nacionalistas en Gran Bretaña guardados desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (y para ganar la guerra también le debió mucho a su amigo, el general Pinochet, que facilitó que los británicos siguieran de cerca las movidas argentinas desde territorio chileno).
 
A veintiocho años del enfrentamiento militar hay heridas aun abiertas y por cierto la sensación de frustración por la derrota militar argentina. Un sentimiento dual como señalaba, pues por un lado esa derrota trajo la caída de la dictadura, uno sólo puede imaginar que si Galtieri hubiera tenido éxito en su aventura, el irracional sentimiento nacionalista lo hubiera convertido en héroe y la dictadura se hubiera extendido quizás por cuánto tiempo más.
 
Aquí es donde uno tiene que ser muy claro en indicar que el tema Malvinas o Falklands es mucho más complejo que las reacciones en blanco y negro que a veces surgen. En los días de la guerra incluso se oyeron voces de sectores nacionalistas argentinos que abogaban por la expulsión de los isleños, los “kelpers” como se denominan. Por cierto una propuesta de tal naturaleza no es otra cosa que “limpieza étnica” al estilo de la que un dictador de corte fascista como Slobodan Milosevic promovió en Bosnia-Herzegovina, por cierto siquiera plantear tal idea es una muestra de las irracionalidades a las que a menudo conduce el nacionalismo.
 
La cuestión es qué hacer entonces. Qué salidas puede tener la actual situación porque obviamente Argentina no intenta renunciar a sus pretensiones a las islas, menos ahora que podría haber importantes reservas de petróleo en sus aguas. Lo mismo por cierto vale para Gran Bretaña. ¿Y qué hay de los kelpers? ¿Valen para algo las opiniones o sentimientos de los habitantes de las islas? Después de todo según el principio de autodeterminación, los isleños, por pocos que sean, tienen algo que decir también. ¿O acaso este principio se va a aplicar selectivamente: en los casos que nos gusten sí, en otros no?
 
Complicada situación por cierto. No hay duda que los británicos ocuparon las islas cuando éstas ya tenían ocupantes argentinos de buena fe. ¡Ah! Pero un momento ¿no podría decirse lo mismo de los mapuches que vivían de buena fe en sus tierras sureñas a ambos lados de la cordillera y que fueron también despojados de esas tierras por las acciones de los ejércitos de Argentina y Chile? La fuerza crea derechos, se dirá. ¿O no es así? ¿O mejor dicho? No debería ser así. De paso, si el tiempo de ocupación da derechos (cosa discutible en todo caso) los kelpers han estado en las islas por más tiempo que chilenos o argentinos han estado en territorios mapuches. 

El tema Malvinas o Falklands es un interesante y complejo caso sin duda. Por eso mismo, hay que tener mucho cuidado antes de encaramarse en los carros simplistas del nacionalismo y el chauvinismo que gana aplausos en la galería, pero a la larga puede causar muchos dolores. Eso vale tanto para los nacionalistas británicos que al estilo de hooligans futboleros hablan de “darle una nueva lección a esos argentinos” como a argentinos y otros latinos que no saben distinguir entre imperialismo y los derechos que también tienen los que han vivido allí por generaciones y que no tienen otro lugar donde ir. Las islas son también su patria. ¿O es mucho pedir que se busque una solución desempolvando aquellas (a lo mejor utópicas) ideas del internacionalismo que alguna vez la Izquierda enarboló en todo el mundo?