google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: La voz que se perdió

“¿Cómo es que si en cualquier sociedad hay más gente que estadísticamente se sitúa en las clases trabajadoras y medias, sin embargo casi siempre los que gobiernan son los de las clases adineradas?” Más o menos así planteaba la pregunta a estudiantes de uno de mis cursos sobre visiones del mundo. Luego de un cierto silencio, uno de ellos se atrevió a musitar algo: “la influencia de la clase alta es muy fuerte”. Más allá otro agregó: “los medios…”  

 

Así la respuesta se iba esbozando poco a poco, en unos breves minutos: el rol de los medios de comunicación en formar (o deformar) la opinión pública y por cierto la manera como la gente de todas las condiciones sociales empieza a pensar y termina votando. Las conciencias adormecidas y las voluntades uniformadas por el enorme peso de los medios controlados por los mismos que detentan el poder.

Lo que a mis estudiantes les tomó unos pocos minutos descubrir de un modo intuitivo, al parecer a la Concertación no le alcanzaron veinte años para entender: un partido, un conglomerado de partidos, un gobierno necesita una voz para hacer llegar su mensaje a la población. La Concertación debe haber sido quizás el único movimiento político en la historia que no desarrolló una estrategia mediática ni tuvo medios de comunicación a su disposición, aparte de aquellos que más bien llegaron a sus manos de modo circunstancial, por ser parte del aparato del Estado, como el diario La Nación y Televisión Nacional. Los que ahora al cambiar el gobierno de manos también perderá definitivamente. Por cierto la expresión más ilustrativa (y más estúpida) en esta materia fue aquella de que “la mejor política de comunicaciones es no tener una”, una frase que uno no sabe si revela un cinismo ilimitado, una profunda desconfianza en los propios comunicadores de la Concertación o simplemente una supina ignorancia.

Ahora con la vuelta en gloria y majestad de la Derecha al poder político en cierto modo se cierra el círculo: ese movimiento controlará todas las instancias de poder en Chile, incluyendo la de los medios de comunicación, que por lo demás ya controlaba casi absolutamente en especial en lo que hace a la prensa escrita y la televisión. Para descargo se puede argumentar que hoy en día tanto los diarios como la televisión han perdido algo de su impacto. En efecto, cada vez menos gente compra diarios – un fenómeno mundial que se acelera en países como Estados Unidos y Canadá, donde otrora venerables medios escritos se hallan en dificultades económicas, The New York Times en Estados Unidos y la principal cadena de diarios de Canadá, CanWest presentemente bajo protección de bancarrota – sin embargo por otro lado, a pesar de esa indudable situación de crisis, la gente todavía dice para subrayar la veracidad de un hecho: “lo leí en el diario”, con menos frecuencia dirá “lo ví en la tele” y rara vez “lo leí en el Internet”. Dígase lo que se diga, en materia de credibilidad el papel impreso aun tiene cierto peso, súmese a esto el hecho real de que a pesar de los esfuerzos por aumentar la conectividad al Internet de la gente tanto en Chile como en otros países no desarrollados, lo cierto es que el uso y acceso a ese medio aun no es tan grande como en América del Norte o Europa.

“Bueno, la gente ya no compra diarios pero todavía lee los titulares” me comentaba alguien y con mucha razón, especialmente en un país como Chile donde todavía los periódicos se expenden en kioscos que a su vez los despliegan generosamente (el kiosco de diarios prácticamente ha desaparecido en Norteamérica donde los diarios se compran en farmacias y supermercados, aunque en algunas ciudades hay cajas automáticas que exhiben las portadas para el transeúnte). Este despliegue de portadas en los kioscos no deja de ser un importante elemento en la difusión de noticias y por cierto de puntos de vista. Y a esta altura los editores saben que tienen que poner un fuerte mensaje en esos titulares de portada porque la mayoría de la gente será eso lo único que leerá del diario.

Volviendo al tema, todo esto es de poco consuelo para la Concertación y sus partidos integrantes, después del 11 de marzo su mensaje ni siquiera aparecerá en las portadas del único diario que controlaban, y en cuanto a la televisión, si bien Televisión Nacional estaba estructurada de un modo no partidario desde comienzos de los gobiernos democráticos, al menos había una cobertura más pluralista que en cualquiera de los otros canales (aunque a veces también un tanto anodina, por los compromisos con la Derecha, como cuando el reportero que cubría la muerte de Pinochet nunca se refirió a éste como “ex dictador” e insistió todo el tiempo en llamar despectivamente “detractores” a los que manifestaban contra el fallecido tirano).

Bastante se ha escrito, y por figuras muy respetables del periodismo opositor a la dictadura, sobre lo que habría sido uno de los episodios más oscuros del primer gobierno concertacionista cuando algunos siniestros personajes decretaron la asfixia económica de los medios de comunicación que habían dado la pelea contra el régimen militar. Irónicamente, a los pocos años de retorno a la democracia uno podía constatar que habían existido más medios de Izquierda y progresistas en los últimos años de dictadura que con la flamante democracia que se restablecía. Una situación que, con honrosas excepciones por parte de algunos medios que dan grandes batallas por subsistir, se mantendría en cada uno de los subsiguientes gobiernos de la Concertación.

Habrá todavía mucho más que analizar en relación a porqué los dirigentes de la Concertación, fundamentalmente esa capa de negociadores que diseñaron los detalles de lo que sería el tránsito de la dictadura a la democracia, desestimaron la importancia de los medios de comunicación y la formulación de una política en ese campo. Para algunos se trató simplemente de un compromiso adquirido entonces con los representantes de las autoridades militares y de las grandes cadenas (El Mercurio y COPESA) para mantener el status quo creado durante la dictadura que le dio a ambos grupos el control prácticamente total de los medios escritos a través del país. A cambio de esa generosa concesión de parte de las nuevas autoridades, ambas cadenas se habrían comprometido a mantener una línea de objetividad informativa respecto de la nueva realidad política que se inauguraba en el país (concesión que esos grandes medios simplemente consideraban “sin ningún significado”, El Mercurio principalmente siempre ha sostenido que el periodismo que hace es “objetivo”, no tenía por tanto nada que cambiar, como efectivamente nada cambió, en esto sus dueños fueron muy consecuentes).

Pero ese compromiso – de existir en forma explícita, porque los términos de la transición pactada aun se desconocen en lo que se refiere a sus detalles concretos – no sería la única causa de este notable descuido hacia una política de medios. Es también altamente probable que una buena parte de la dirigencia de la Concertación hubiera desarrollado una profunda desconfianza respecto de los periodistas surgidos durante la dictadura, gente que ellos no conocían, pese a que muchos habían sido entrevistados en más de una ocasión por revistas como Análisis, Cauce, APSI o los diarios Fortín Mapocho y La Época. A diferencia de los medios claramente afiliados a un partido político como había sido el caso de algunos diarios hasta el momento del golpe, las publicaciones que surgieron bajo la dictadura no respondían a partidos, sus directores eran de una nueva generación, la mayor parte de sus periodistas era gente joven y sin experiencia de militancia política, no eran por cierto anti-partidos, todo lo contrario, por lo menos en la experiencia que yo conocí en parte – la de la revista Análisis –  por haber sido corresponsal en Canadá, se trataba de publicaciones donde sus reporteros y columnistas era gente de variados partidos o sin partido. Todos, eso sí, comprometidos con lo que en ese momento era la causa central: deshacerse de la dictadura.

¿Es posible que ese modo de operar, que esa libertad y unidad de trabajo sin preguntar de qué partido se era haya sido una causa de desconfianza para las entonces flamantes autoridades del gobierno democrático? Sin duda esa forma de trabajo periodístico unitario y sin sectarismos había sido elogiado por todos, era una muestra de una nueva forma de informar, pero también traía un peligro potencial para algunas de esas autoridades: podía ser impredecible. Al revés de periódicos con una línea política donde a veces cierta información podía manejarse “políticamente” (léase, arreglándose directamente con los jefes políticos de los medios) estos medios surgidos literalmente en la lucha anti-dictatorial, una vez instalada la democracia no se podía tener seguro para donde iban a disparar y si el día de mañana iban incluso a transformarse en críticos de la propia Concertación. Para colmo, algunas de las figuras periodísticas destacadas durante ese período dictatorial gozaban de un prestigio tal que podían eclipsar a los políticos retornados que buscaban retomar sus roles protagónicos interrumpidos en 1973. Hasta se llegó a rumorear el nombre del director de una de esas publicaciones como candidato presidencial. Si se recuerda que en esos años había emergido un fuerte movimiento de base con expresiones como la Asamblea de la Civilidad y otros grupos, el protagonismo de esos medios al fin de cuentas – al parecer – se vio como una amenaza mayor que la de la prensa golpista encabezada por El Mercurio: “más vale malo conocido que bueno por conocer” pueden haber razonado muy pragmáticamente aquellos que decidieron que era mejor cortarle las alas a ese periodismo independiente, tan alabado por su valentía en dictadura, pero que en democracia podía hacerse incómodo.

Todo lo anterior sin siquiera hacer mención al caso del medio que acoge mi columna, el emblemático diario Clarín, expropiado como los demás medios de Izquierda por la dictadura y que pese a decisiones de tribunales internacionales, los gobiernos concertacionistas alegando el espurio argumento de “principios de Estado” eludieron todo el tiempo indemnizar a sus dueños. Este principio de Estado por lo demás fue el mismo que se argumentó para traer a Pinochet de vuelta a Chile a que muriera impune. En el caso de Clarín – aparte de otras consideraciones e intereses – seguramente prevalecieron las mismas desconfianzas hacia la prensa independiente que llevaron a la liquidación de los medios nacidos en dictadura.

Resultado final de todo esto: la Concertación no llegó a consolidar medios de comunicación, ya no que reflejaran sus puntos de vista, sino ni siquiera que fueran sus aliados. Después de veinte años en el gobierno hoy día los partidos opositores en Chile se hallan en una considerable desventaja y pobreza en su capacidad para llegar a la gente, se hallan efectivamente sin voz. Y de eso no tienen sino que culpar a su propia dirigencia que nunca midió las consecuencias de descuidar el frente mediático.