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Nunca habíamos presenciado una situación así.
Las fuerzas políticas proponen a la ciudadanía una forma de gobernar y un programa y, si son mayoría, tratan de llevar adelante su ideario desde el gobierno. |
Aguirre Cerda ganó a Ross y no gobernó con la derecha.
Carlos Ibáñez ganó en 1952 y no gobernó con los radicales.
Jorge Alessandri ganó en 1958 y no gobernó con la izquierda ni con la democracia cristiana.
Frei Montalva ganó en 1964 con su propuesta de “revolución en libertad” y, ante el apoyo posible de la derecha, proclamó que “no cambiaría su programa ni por un millón de votos”.
Salvador Allende ganó en 1970 y llevó adelante el más profundo proceso de transformaciones conocido en Chile, sin pretender que la revolución se haría de acuerdo con los contrarrevolucionarios.
Patricio Aylwin ganó en 1990 sin proponer un gobierno de acuerdo con la dictadura; se trataba de construir un Chile distinto donde la alegría viniera. La oposición fue el Ejército de Pinochet y con él se llegó a algunos acuerdos, aunque Pinochet no se movió. La verdad es que, en esos acuerdos, Foxley y Piñera no contaron nada.
El triunfo del 88 fue electoral – no militar- y se debió maniatar al pinochetismo con avances y acuerdos.
Eduardo Frei Ruiz Tagle se enfrentó a la candidatura de Alesandri Besa para continuar con la política de la Concertación y, al ganar, no llamó a la derecha a gobernar.
Lo mismo hizo Lagos con Lavín y cumplió, a su manera, con representar a sus electores.
Michelle Bachelet derrotó a Piñera y no lo llamó a gobernar. Por el contrario nombró un difícil gabinete paritario en género y representativo de la coalición gobernante de centro izquierda, compuesta por cuatro partidos políticos.
¿Qué pasa ahora con la derecha triunfante?
¿Por qué Piñera llama a “un gobierno de unidad” – con sectores de la oposición- después que sus partidarios plantearan “el desalojo” y él “el cambio” y “una nueva forma de gobernar”?
1. La falsedad de las propuestas.
Porque en el gobierno de Piñera se verá la falsedad de sus propuestas. No terminará “la puerta giratoria”. No se acabará el narcotráfico. No se pondrá fin a la delincuencia. No habrá un millón de nuevos empleos. No habrá protección social para el 80 por ciento de los chilenos (los pobres y la clase media).No habrá meritocracia, ni en el Estado ni en las empresas. Chile no será un país desarrollado. No se terminará con la pobreza. Entonces, habrá que buscar la explicación en que no se pudo porque, ¿no ven?, no se colaboró con el Presidente.
2. La debilidad de la victoria.
La derecha no ganó el Congreso. Y cuando esperaba un arrollador triunfo presidencial, ganó apenas por un 3 por ciento. La oposición a Piñera ganó, por ejemplo, en la inmensa mayoría de las comunas de Santiago. El gobierno de derecha, después de haberlas ofendido, tendrá que enfrentar a la Asociación de Municipalidades, a la Cut, a la Anef, a las organizaciones de los Trabajadores del Cobre, a las organizaciones mapuches, a las federaciones de estudiantes, al Colegio de Profesores, a los trabajadores de la salud, al Senado y, tal vez, a la Cámara de Diputados.
3. La ignorancia momia.
Los momios, por definición, rehúyen a la transparencia en sus acciones. Operan sin democracia, protegidos por la oscuridad y el dato confidencial para apostar en la especulación. No arriesgan en la discusión o la aventura política. En general no opinan de política. No conocen cómo funciona por dentro el aparato del Estado, sólo saben cómo utilizarlo desde fuera. ¿Desde cuándo no hay uno de ellos en Naciones Unidas, o en la OEA, o en Haití? No se dedican a la gran política. No saben de relaciones internacionales. Llamados a pronunciarse sobre la Misión en Haití argumentan sobre costos-beneficios. No tienen opinión sobre integración regional o multilateralismo. Por eso no es casual que Piñera le pidiera a Juan Gabriel Valdés que continúe y no será casual que apoyen en marzo a Insulza en la OEA. Si es por ellos dejarían a Heraldo Muñoz en Nueva York y a Carlos Portales en Ginebra.
4. La ausencia de las bayonetas.
La derecha gobernó el país entre 1973 y 1989. Hizo una transformación radical. Jibarizó económicamente al Estado reduciéndolo del 80 al 20 por ciento de la inversión. Aumentó al 80 por ciento la propiedad de las grandes empresas sobre la economía. Reconquistó los bancos y la tierra. Liquidó la ciudadanía, quemó los registros electorales. Eliminó los partidos políticos. Abrió la economía para que los nuevos dueños exportaran e importaran. No dio reajustes. Aumentó la pobreza. Bajó los ingresos, redujo las pensiones. Llevó adelante sin contemplaciones su política económica. Pero todo eso lo hizo con bayonetas, desaparecidos, estados de excepción y toques de queda. En ese ambiente se hizo rico Piñera. Así gobernaron Novoa, Cardemil, Lavín, Larroulet, Coloma y muchos otros. Nunca lo han hecho en medio del conflicto permanente que supone la democracia, el debate público, las votaciones en el Congreso, las huelgas, las movilizaciones sociales, la libertad de opinión, de asociación, de reunión. Tal vez no lo han razonado. Pero esas son sus amarras, sus temores, sus frenos. Las razones de su tan evidente chantería.
1. La falsedad de las propuestas.
Porque en el gobierno de Piñera se verá la falsedad de sus propuestas. No terminará “la puerta giratoria”. No se acabará el narcotráfico. No se pondrá fin a la delincuencia. No habrá un millón de nuevos empleos. No habrá protección social para el 80 por ciento de los chilenos (los pobres y la clase media).No habrá meritocracia, ni en el Estado ni en las empresas. Chile no será un país desarrollado. No se terminará con la pobreza. Entonces, habrá que buscar la explicación en que no se pudo porque, ¿no ven?, no se colaboró con el Presidente.
2. La debilidad de la victoria.
La derecha no ganó el Congreso. Y cuando esperaba un arrollador triunfo presidencial, ganó apenas por un 3 por ciento. La oposición a Piñera ganó, por ejemplo, en la inmensa mayoría de las comunas de Santiago. El gobierno de derecha, después de haberlas ofendido, tendrá que enfrentar a la Asociación de Municipalidades, a la Cut, a la Anef, a las organizaciones de los Trabajadores del Cobre, a las organizaciones mapuches, a las federaciones de estudiantes, al Colegio de Profesores, a los trabajadores de la salud, al Senado y, tal vez, a la Cámara de Diputados.
3. La ignorancia momia.
Los momios, por definición, rehúyen a la transparencia en sus acciones. Operan sin democracia, protegidos por la oscuridad y el dato confidencial para apostar en la especulación. No arriesgan en la discusión o la aventura política. En general no opinan de política. No conocen cómo funciona por dentro el aparato del Estado, sólo saben cómo utilizarlo desde fuera. ¿Desde cuándo no hay uno de ellos en Naciones Unidas, o en la OEA, o en Haití? No se dedican a la gran política. No saben de relaciones internacionales. Llamados a pronunciarse sobre la Misión en Haití argumentan sobre costos-beneficios. No tienen opinión sobre integración regional o multilateralismo. Por eso no es casual que Piñera le pidiera a Juan Gabriel Valdés que continúe y no será casual que apoyen en marzo a Insulza en la OEA. Si es por ellos dejarían a Heraldo Muñoz en Nueva York y a Carlos Portales en Ginebra.
4. La ausencia de las bayonetas.
La derecha gobernó el país entre 1973 y 1989. Hizo una transformación radical. Jibarizó económicamente al Estado reduciéndolo del 80 al 20 por ciento de la inversión. Aumentó al 80 por ciento la propiedad de las grandes empresas sobre la economía. Reconquistó los bancos y la tierra. Liquidó la ciudadanía, quemó los registros electorales. Eliminó los partidos políticos. Abrió la economía para que los nuevos dueños exportaran e importaran. No dio reajustes. Aumentó la pobreza. Bajó los ingresos, redujo las pensiones. Llevó adelante sin contemplaciones su política económica. Pero todo eso lo hizo con bayonetas, desaparecidos, estados de excepción y toques de queda. En ese ambiente se hizo rico Piñera. Así gobernaron Novoa, Cardemil, Lavín, Larroulet, Coloma y muchos otros. Nunca lo han hecho en medio del conflicto permanente que supone la democracia, el debate público, las votaciones en el Congreso, las huelgas, las movilizaciones sociales, la libertad de opinión, de asociación, de reunión. Tal vez no lo han razonado. Pero esas son sus amarras, sus temores, sus frenos. Las razones de su tan evidente chantería.
