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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Escenarios para el tiempo del desalojo

Hace unos años algunos de los dirigentes de la derecha en un momento de exaltación habían llegado a hablar del “desalojo” de la Concertación del gobierno. La dureza del término lo hizo poco afortunado porque obviamente traía a la memoria una violenta remoción vía golpe de estado, algo con lo que – comprensiblemente – los sectores más esclarecidos de la derecha no querían seguir viéndose asociados.

Bueno, para satisfacción de los derechistas de todos los pelajes: nostálgicos del pinochetismo o genuinos adherentes de los métodos democráticos, el “desalojo” ha llegado – por vías democráticas claro está – y algunos no ocultan su entusiasmo ante los tiempos que se aproximan: “bajemos el sueldo mínimo”, “reduzcamos la compensación por despidos”, “terminemos con los juicios de derechos humanos contra los militares”, son algunas de las demandas que se empiezan a escuchar. Naturalmente aun cuando el poder ejecutivo concentra una buena cantidad de atribuciones que puede darle manga ancha al futuro presidente para instaurar muchas de esas medidas, quedan también en pie mecanismos por los cuales la oposición puede bloquear tales intentos. Pero para que esto último suceda, es necesario también que tal oposición tenga una presencia y una fortaleza que la capacite para tan exigente rol.
 
Dado que para las fuerzas que constituyen la Concertación esta ha sido su primera gran derrota, es comprensible que a través de sus filas se noten aun los efectos de un choque del cual incluso existen dudas sobre si podrá recuperarse y por lo tanto si es que será capaz de desempeñar ese rol opositor de modo efectivo.
 
En esto quiero recurrir a la distinción que hacen algunos estudiosos de los escenarios futuros (“futurólogos” como se hacen llamar) tales como mi ex profesor en McGill, Norman Henchey que distinguía entre lo posible, lo probable, lo plausible y lo deseable. Lo posible es prácticamente cualquier cosa, todo puede ser posible o dicho de otro modo, nada es imposible si uno considera el tiempo futuro en términos de infinitud. Nos quedan entonces sólo las otras alternativas, lo probable tiene un mayor grado de factibilidad, pero también más complejidad por la multitud de factores o variables que lo pueden determinar: por ejemplo, es probable que según las movidas que haga el futuro gobierno de Sebastián Piñera, una parte de lo que ahora es la Concertación se vaya con la derecha. Un signo anticipado de ello se dio a pocos días de la elección cuando el Partido Radical Social-Demócrata en una voltereta inusitada pactaba un acuerdo con la derecha y el PRI para repartirse la directiva de la Cámara de Diputados. El pacto fue abortado al día siguiente, pero uno bien puede decir que una cierta semilla de desconfianza quedó plantada por esa movida. (Los radicales por cierto no son ajenos a mantener estrechas relaciones con la derecha, ellos fueron parte del gobierno de Jorge Alessandri y en 1964, aliados a los entonces Conservadores y Liberales, levantaron la candidatura de su militante Julio Durán, en lo que se llamó el Frente Democrático).
 
Como indicaba, lo probable es complicado de precisar por las múltiples variables en juego. Dado que normalmente se espera que el nuevo gobierno haga sus primeras movidas, los escenarios que estas medidas diseñen a su vez necesitarán diversas respuestas de parte de la oposición: ¿buscará Piñera desde un primer momento separar aguas con lo que fueron los gobiernos concertacionistas dando un brusco cambio de timón en las políticas de más visibilidad? ¿algo así como proclamar a los cuatro vientos ahora todo cambia? ¿o por el contrario, preferirá hacer una entrada más bien sigilosa, como si todo continúa normalmente? Por cierto los sectores más rupturistas de la derecha querrán marcar desde un primer momento un paso distinto a lo que fueron los gobiernos de la Concertación y en este sentido probablemente la gente de la UDI será la más insistente en hacer notar esa diferencia. Por otro lado, es probable también que el propio Piñera y gente de su entorno, intentando calmar los temores de que su gobierno vaya a atacar las conquistas sociales alcanzadas durante el gobierno anterior, despliegue en los primeros tiempos un discurso y un accionar populista, con mucha referencia a los programas sociales e incluso insistiendo en que su gobierno intenta ampliarlos (parte de las promesas hechas durante la campaña). Todo esto es perfectamente probable y para los partidos de oposición es necesario tener respuestas adecuadas a cada uno de estos escenarios.
 
Dadas las propias contradicciones internas que tiene la coalición derechista, si he de examinar lo que es plausible – esto es lo que tiene el mayor grado de factibilidad – me inclino por creer que en sus primeras movidas el gobierno Piñera va a moverse tratando de satisfacer las demandas de ambos sectores de su frente político, lo que de paso le daría una cierta ventaja sobre la oposición, si es que esta permanece sumida en un estado de desorientación, como aparece en este momento.
 
En efecto, el nuevo gobierno puede separar aguas en materias como la llamada lucha contra el crimen, un asunto que siempre ofrece el potencial de buenos beneficios políticos, que no cuesta mucho montar y para lo cual se puede contar con el generoso apoyo de los medios de comunicación afines (prácticamente todos los grandes) y que por cierto va a poner contentos como chanchos en el barro a la derecha más dura. Ya puedo imaginar los titulares de los diarios y las imágenes televisivas: masivos despliegues de fuerzas policiales en las poblaciones, mucho policía en las calles, carros policiales dando muchas vueltas por los barrios, un aumento de la visibilidad de las fuerzas con el evidente intento de dar la impresión de seguridad a la gente (por cierto visibilidad nunca ha sido igual a efectividad, como cualquier estudioso del crimen podrá corroborar, pero a los ojos de la gente esa mayor visibilidad de carabineros no cabe duda será interpretado como una muestra de cambio, y no nos olvidemos que el aumento de la criminalidad – aunque una realidad objetiva – siempre ha sido un buen caballito de batalla de la derecha). Junto con esto, es plausible que el nuevo gobierno intente romper la unidad de la oposición mediante el simple expediente de invitar a algunos personeros de los partidos opositores a formar parte de su gabinete o a asumir ciertos cargos públicos de responsabilidad.
 
Una movida en este sentido podría apuntar principal aunque no exclusivamente, a miembros de la democracia cristiana, aprovechando los contactos personales, familiares y de amistad que Piñera tendría con este partido. Y aunque el presidente de esa colectividad, Juan Carlos Latorre, fue muy explícito en rechazar la posibilidad que gente de su partido acepte sumarse al gobierno, es plausible que algunos militantes de ese u otros partidos de la Concertación sucumban a la invitación (y de paso a la tentación de seguir en el gobierno). Recuérdese al respecto la experiencia de Nicolas Sarkozy en Francia que incorporó en su gabinete a figuras del Partido Socialista de ese país (los socialistas franceses fueron derrotados en circunstancias muy similares a la Concertación en Chile, incluso peor, si evidentemente Frei no fue un buen candidato, Segolene Royal la candidata del PS francés fue mucho peor, una suerte de Sarah Palin del Sena que, consiguientemente dejó a su partido en tan malas condiciones como la Concertación se halla ahora).
 
Por último lo deseable, que ciertamente no siempre es plausible o probable que vaya a ocurrir, pero eso es lo que el actual momento requeriría desde el punto de vista de una postura de izquierda:
1.       Que en el actual embate entre las fuerzas centrífugas y las centrípetas de la Concertación o del “progresismo” como se lo quiere llamar significando un conglomerado más amplio que la que fue la coalición gobernante desde 1990, se impongan las centrípetas, esto es, que subsista una unidad de estas fuerzas. Idealmente que ese conglomerado – que por cierto puede adoptar otro nombre y otras características – se amplíe para sumar principalmente a las fuerzas que apoyaron a Marco Enríquez Ominami (mal que mal un 20% del electorado) y a las fuerzas del disminuido pero no por eso desechable sector agrupado en Juntos Podemos que son un 5% y que fundamentalmente incluye al Partido Comunista y otras agrupaciones más pequeñas.
2.       La clara comprensión que en ese amplio movimiento progresista no sobra nadie, no se puede dar el lujo de enajenar a nadie. El viejo debate sobre si los demócrata- cristianos son aliados fiables y que valen la pena o no debe definitivamente dejarse de lado, lo cierto es que lo han sido por veinte años. Por lo demás las alianzas políticas no son relaciones de amor (por eso, términos como “partidos hermanos” que algunos a veces han usado me parecen de una cursilería increíble y que harían sonrojar a Marx, Lenin y todos los demás maestros del pensamiento y acción revolucionarias: los partidos políticos no son hermanos, los partidos se unen porque comparten ciertos objetivos y porque pueden complementarse mutuamente. Esa relación puede ser de larga o corta duración, pero no son relaciones de amor, para siempre o eternas. Es bueno deshacerse de esa terminología francamente ridícula tanto en el discurso como en el análisis).
3.       Y por cierto no limitar todo el accionar a los intercambios en el congreso, el retorno a las movilizaciones populares y al trabajo en las bases debe ser una primera obligación de todos los partidos de la oposición. Esto no con el objetivo de controlar los movimientos sociales – tendencia que predominó hasta 1973 – sino que con el intento de hacer redes de coordinación en las que con el respeto debido a la autonomía de cada instancia, se pueda articular un amplio movimiento que no sólo responda a los desafíos que plantee el gobierno derechista que se aproxima, sino que además se proyecte a un mayor alcance, en la perspectiva de re-ganar el gobierno, pero no para hacer lo mismo de antes sino para dar cauce a las reivindicaciones más sentidas en esta etapa: nueva constitución, reemplazo del modelo neoliberal, efectiva justicia en los casos de derechos humanos, entre otras.
 
Esto es lo deseable, pero como ya digo, enfocando mi telescopio desde tierras lejanas, el panorama se ve complicado. Por lo menos me conforta que muchos de los que están en Chile mismo – a juzgar por las declaraciones que a veces uno escucha – no tienen las cosas más claras tampoco.