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Según fuentes serias el terremoto de Haití provocó entre 200 mil y 300 mil muertos, más de medio millón de heridos, muchos de ellos inválidos para siempre, y unos cuatro millones de damnificados directos.
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Se vino abajo, literalmente, la ciudad más extensa y poblada del Caribe.
Puerto Príncipe tenía más habitantes que Santo Domingo, La Habana, Cartagena de Indias, San Juan de Puerto Rico y todas las capitales de todos los países de la CARICOM.
Dadas las características del sismo y el nivel sanitario y estatal del país –muy similar al de los países subsaharianos- se producirá sin duda una gran cantidad de pérdidas humanas diezmadas por epidemias.
Estamos en presencia de una catástrofe natural de carácter planetario.
Las autoridades haitianas, y no es para menos, viven aun un período de schok, agitadas todavía por buscar cadáveres entre los restos de los mejores edificios y de las construcciones emblemáticas del poder, todas destruidas: el Palais National de Gobierno, el Panteón, el Parlamento, la Catedral, la Cárcel, la sede de la ONU, el Cementerio dicen que administrado por Le Baron Kriminel, La Morgue, el Puerto.
EEUU, país que está en guerra y que actúa como si lo estuviera, ocupa, con más de doce mil soldados de combate, buena parte del territorio incluida la explanada del Palacio Nacional. Para ellos Haití es, desde inicios del siglo veinte, parte de una zona de seguridad (correspondiente a un país limítrofe) que debe ser controlada por ello y porque desde ella tiende permanentemente a penetrar por las costas del norte un exilio descontrolado e indeseable y un porcentaje importante de la droga sudamericana que se comercia y consume en las diversas ciudades de la Unión.
La ONU, golpeada en todo sentido, incluso a nivel de vidas funcionarias, parece paralogizada. Enviada para detener la violencia armada de 2004 no sabe qué hacer ante la llegada de una fuerza militar superior a la de ella en número y equipo bélico, y hasta hoy ni siquiera logra establecer una conexión eficiente con ella, que gana además lejos en la batalla de las comunicaciones mediales. Basta ver la CNN.
La OEA brilla por su ausencia; el Secretario General visitará Haití dos semanas después de la catástrofe y nada ha dicho, que se sepa, acerca de la operación militar de uno de los países miembros en otro de los países miembros.
La vieja potencia colonialista, Francia, ve y se irrita, pero nada más, al golpe de los despliegues del nuevo centro del poder mundial.
Los países del MERCOSUR, incluido Chile, se dedican a mantener la MINUSTAH, repatriar a sus muertos, entregar algunas medicinas y a ofrecer la labor encomiástica de ¿cuántos? ¿una decena de especialistas en salud por país?
Cuba tiene allí 500 profesionales de la salud, que atendieron a 18 mil damnificados en la primera semana posterior a la hecatombe. ¿Cuántos puede atender un grupo de diez médicos chilenos? Salvan su honor, sin duda, y salvan vidas, pero en cientos de miles de víctimas la labor se torna desesperante.
Haití vivió aislado del mundo en el siglo diecinueve. Fue castigado por Francia por haberse independizado y por EEUU, España y otras potencias americanas por haber terminado con la esclavitud, pujante modo de producción en ese entonces en el sur de los EEUU, en Cuba y todo el Caribe español, inglés y francés.
Ese aislamiento logró el objetivo de inmovilizarlo. La ex colonia, hasta el siglo XVIII rica, ni comerció con el exterior ni importó las ideas e instituciones que, por ejemplo, importó Chile: una lengua castellana; una religión romana; ordenamiento legal romano-francés; un sistema político presidencialista con Congreso incluido; ideas políticas europeas (liberalismo, socialcristianismo, anarquismo, marxismo); desarrollo de clases comerciales y agrícolas que devinieron en mineras e industriales.
La burguesía haitiana no se expandió, en el siglo XIX, ni a costa de su entorno ni a costa de países limítrofes como la de los EEUU, o la de la Triple Alianza, o la brasileña o la chilena. Simplemente no existía como clase dominante y factor de desarrollo.
La burguesía haitiana no creó, como la chilena, su propio Estado Nacional. Los que gobernaban Haití eran dictadores totalitarios disfrazados de emperadores que instalaron sus reinos al interior de sus límites geográficos. El mundo se les cerró y no miraron el mundo.
En Haití sólo un jefe de estado ha terminado su mandato legal desde que existe el país: Preval en 2001. Y allí sólo se han realizado dos elecciones legitimadas: la de Aristide en 1990 y la de Preval en 2006.
La economía haitiana no ha crecido desde el fin de la dictadura de Duvalier, que era retrógrada y antimoderna; la agricultura es escasa y decadente; el país está deforestado porque el 80 por ciento del combustible sigue siendo la leña y el carbón; la industria se reduce a una pequeña actividad de maquila; la minería es inexistente; los mares cercanos a Port au Prince están brutalmente contaminados; no hay servicios modernos de extracción de basura o alcantarillas; la luz y el agua no son generalizadas.
Sólo la pintura y la artesanía brillan.
Haití es un producto del colonialismo brutal que trasladó millones de esclavos a América y del castigo que le impuso el “mundo moderno” por su atrevimiento antiesclavista, además de las reproducciones injustas de su propia sociedad nacional.
Es algo muy parecido al Subsahara o a Afganistán y su suerte es la de más de mil millones de seres humanos que sobreviven, también en América, sin mejorar sus condiciones económicas, porque “la globalización” sólo les oferta capital financiero especulativo, comunicaciones último modelo y falsas expectativas.
¿Reconstruir?
Construir. Recuperar, en lo posible, lo que no se avanzó en dos siglos. Construir un país moderno, guiado por sus propios legítimos dirigentes, porque nadie puede hacer el recorrido por los demás.
Ellos verán cómo utilizan los fondos de un nuevo Plan Marshall, cómo se organizan nuevamente en su pequeño territorio incomunicado, cómo se abren a invertir en lo humano –que es la principal inversión también en su caso- ; como superan sus flaquezas.
Chile debe extender sus dos manos: una para aportar la infraestructura del agua potable, indispensable para seguir viviendo; la otra para entregar visas de refugiados, miles, hasta que duela, para los que quieran intentar aquí, en Santiago o en regiones, como lo han hecho muchos otros, europeos, árabes, latinoamericanos, una mejor vida.
Valdría la pena un Gran Canto chileno para miles de haitianos, familias completas, arropadas en nuestro Estadio Nacional, este año de nuestro bicentenario y de los 206 años de la independencia de Haití.
