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Agosto 18, 2026

Una derrota anunciada

La noche del 4 de septiembre del 64, derrotado Salvador Allende por un Eduardo Frei Montalva que triunfó gracias al aporte económico y político de la CIA norteamericana y, consecuentemente, gracias al apoyo incondicional de la derecha ultrarreaccionaria chilena encabezada entonces por ese oscuro personaje del Partido Radical llamado Julio Durán, llegué hasta la modesta casita de una población de emergencia en Chillán, la “20 de agosto” en busca del negro Angel Rivera, viejo obrero comunista, salvado de milagro cuando era muy niño de la masacre de la Escuela Santa Marìa  en Iquique junto a su hermano Florencio.

Angel y yo éramos entonces miembros del Comité Regional Ñuble del Partido Comunista y yo, joven veinteañero, no podía conformarme con la derrota de Allende. Encontré al negro muy tranquilo acostado ya  a las 8 de la noche tomándose un mate en la cama junto a María su mujer, lo que yo no podía entender. “Cálmate, me dijo, la lucha nuestra es una lucha larga, que no se agota en el tiempo inmediato, mira que maravilla hace poco ha triunfado la Revolución en Cuba y ya se ha proclamado su carácter socialista. Sólo hemos perdido una elección más y te apuesto que a la próxima el Chicho Allende va a ser presidente”. Y vaya que lo fue.
 
Pienso hoy en ese camarada, miro lo sucedido en la perspectiva histórica que corresponde y concluyo que la clase obrera y su partido no fueron los derrotados del domingo pasado. Los derrotados son los politiqueros que negociaron con la dictadura una transición aguachenta que nos excluyó por mandato de la Casa Blanca. Los derrotados son los articuladores de la “política de los consensos” y de la “justicia en la medida de lo posible”. Son los que traicionaron su propio programa. La izquierda consecuente y madura, que no podía ser cómplice del regreso del pinochetismo, hizo lo que tenía que hacer y con la lealtad que le es propia se la jugó por impedir la victoria electoral de la cosa nostra de legionarios de cristo, opus dei, y fachos disfrazados de modernos. Una mayoría ciudadana, cansada de una Concertación trasnochada y embaucada por los cantos de sirena de los viudos y viudas de Pinochet, ha elegido al Piraña. Su gobierno no podrá ser peor que el de la dictadura militar, pero sin duda tendrá sus parecidos. Como entonces, el retroceso no sólo golpeará a nuestro pueblo sino que afectará también a los pueblos del continente, favoreciendo la correlación de fuerzas afín a la dominación imperialista.
 
Que cada cual asuma pues su responsabilidad ante la llegada a La Moneda de torturadores y represores, de diputaditas subnormales y de narcopolíticos. Se habrán dado su gustito los majaderos del voto nulo y de las propuestas transversales. Entre otros factores, gracias a ellos ya veremos libres por las calles a  los Mamos, a los  Krasnoff, Moren Brito y las decenas de violadores de derechos humanos con los  que se comprometió el dueño de medio Chile. Asistiremos al cambio de jurisprudencia de la Corte Suprema, a la privatización de lo poco que la Concertación no alcanzó a privatizar. Ni nueva Constitución ni recuperación del Cobre, ni reformas laborales, ni recuperación para el Estado de la educación, la salud, la previsión social.
 
El saldo favorable es que ha surgido a partir del pasado domingo la posibilidad real de nuevos alineamientos de las fuerzas políticas interesadas realmente en avanzar. Habrá que partir de lo que tenemos, del Juntos Podemos y de las fuerzas que apoyaron a Jorge Arrate y desde allí confluir con los que de veras son partidarios de la transformación social. Y no puede verse a la Concertación como un todo. Ni son todos los que están, ni todos los que están son. Con muchas de sus “figuras históricas” nos separan abismos insalvables. Con su base social nos une el ansia de alcanzar los objetivos por los que se luchó en dictadura. Pero ahora, que asuman su responsabilidad los verdaderos culpables de la derrota de Frei Ruiz Tagle.
 

*Abogado, integrante del Comité Central del Partido Comunista de Chile; la columna Brújula Política se publica originalmente en El Siglo, el autor autoriza a Clarín.cl su reproducción online.