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Agosto 18, 2026

Marines en Puerto Príncipe

 Haití.- No es la primera vez que los habitantes de Puerto Príncipe ven marines de Estados Unidos desplegados en las calles. Alguna vez fue para cambiar presidentes, ahora, con supuestos objetivos “humanitarios”, pero una cosa es clara: la presencia de los marines en Haití -como ayer- no será gratuita. Y es más política que humanitaria.

Hasta el martes, se los veía sólo en el aeropuerto. El miércoles, comenzaron a marchar por algunas calles y desalojaron a los periodistas que montaron sus cuarteles en el aeropuerto. El jueves, operaron helicópteros de combate en el mismo jardín de la derruida casa de gobierno. En la misma foto todo: la debilidad de las instituciones haitianas y la fortaleza del guerrero llegado de afuera.
 
Colgado en las rejas del Palacio, Jeremy observaba los grandes helicópteros como si fuera una función de cine. “Parece una serie de televisión y yo ya no tengo una”, explica. Muchos, como él, ven a los marines como una atracción. Esa presencia no les preocupa, tienen problemas más urgentes. Comer, conseguir agua, ubicar a los familiares con paradero desconocido, bregar porque algún grupo internacional llegue a ubicar a sus seres queridos bajo los escombros.
 
Otros sí, se indignan, repiten que les gustaría que los Estados Unidos ayude con comida y alimentos y médicos y no con tropas. El general Daniel Allyn, jefe de las Fuerzas de Estados Unidos en Haití comentó: “Trabajamos con el Gobierno de Haití. Tenemos códigos militares, pero es una misión humanitaria”. “Códigos militares” se traduce en: fusiles livianos y pesados, vehículos artillados y despliegue militar creciente. Lento, pero creciente.
 
Los marines controlan el hospital lindante con la casa de Gobierno, allí no permitieron el ingreso de familiares de pacientes y de un equipo de prensa de Venezolana de Televisión. Controlan también, discretamente, todo el perímetro del Palacio Presidencial y han limpiado totalmente una calle trasera del Palacio repleta hasta el jueves de escombros para comenzar a instalar tropas en el centro de la ciudad sin que tengan que ir y volver al aeropuerto, donde tienen montada su gran base de operaciones.
 
Es verdad que, también, los helicópteros sirven para trasladar ayuda y médicos. Los oficina de prensa de los marines en el aeropuerto se empeñan en mostrarlo todo el tiempo a la prensa e incluso ofrecen volar con ellos. Están controlando tres puntos de distribución de alimentos en las afueras de Puerto Príncipe donde la entrega se hace con relativa calma.
 
El general Allyn declaró ayer que la situación general es de calma y que los saqueos y enfrentamientos de pobladores con la prensa local son “esporádicos”. En realidad, esa fue la situación siempre, desde los días posteriores al terremoto principal. La desorientación y conmoción inicial, el caminar entre muertos de los sobrevivientes se convirtió luego en una calma amarga que -sin embargo- la prensa internacional se empeñó en presentar como “descontrol y caos”.
 
Claro, había que justificar el envío de más marines. Ahora que ya están, vuelve la “calma” que -lo verificamos aquí- nunca se había perdido.
 
¿Los marines se mueven con libertad en Puerto Príncipe? Sí, con total libertad. ¿Llegaron para quedarse? Es más dificil decirlo. Por ahora, aunque no la reemplazan han ganado terreno ante la Misión de las Naciones Unidas en Haití. ¿Terminarán reemplazándola? Serán la fuerza de seguridad de la preocupada, asustada y mínima burguesía haitiana? Es difícil predecir, y no es el momento. Terminando este reporte vuelve a temblar. Como anoche, y como ayer, dos veces. Cada temblor es más miedo en la población que, ya atendida al menos mínimamente en algunas necesidades básicas, sólo espera.
 
Otro temblor, los mismos miedos

Puerto Príncipe amaneció en pánico. Otro temblor, bien fuerte, cuando amanecía el día 8 tras el terremoto que devastó la ciudad, renovó los miedos de una sociedad que no para de sufrir. El manual del sismólogo dice que las réplicas de los terremotos por lo general se separan cada vez más en el tiempo, y son cada vez menos intensas. En Haití no. La nueva réplica fue de 6,1 y llegó luego de cuatro días sin temblores evidentes.
Los primeros periodistas que llegaron a Haití con los que compartimos campamento, certificaron que la réplica de este miércoles fue la más intensa y extendida de todas. Así debe ser, porque varios edificios de Puerto Príncipe terminaron de colapsar. Las paredes laterales de la Catedral, uno de los edificios más altos de esta ciudad baja, cayeron y también parte de un campanario que, ya lo habíamos visto, pendía de un hilo. El Palacio Presidencial se hundió aún más y algunas casas del centro terminaron de colapsar. Es difícil determinar cuáles, este cronista no podría adivinarlo, pero más cadáveres aparecieron en las calles y, a todas luces, eran “nuevos”.

Pero si es difícil detectar desastre nuevo en el gran desastre, no es nada complicado percibir lo que el nuevo temblor causó en los haitianos: más miedo. Volvieron las miradas extraviadas a Puerto Príncipe, cientos caminando a ninguna parte y cientos caminando, ellos sí, con un objetivo claro: salir de la ciudad trampa, salir de la ciudad en ruinas que tiembla y tiembla.
Salir, sí. Pero no muy lejos. Los haitianos no pueden viajar a ningún país del mundo sin visa. Ni siquiera pasar la única frontera terrestre, con República Dominicana. Y si alguien se le ocurriese lanzarse al mar, no llegarían muy lejos: un barco de guerra estadounidense los espera en la misma bahía de la ciudad. Mas lejos hay un portaaviones, que no se distingue tras la niebla tozuda de la bahía.

Es que la jefa de la política exterior estadounidense, Hillary Clinton, dice que patrullan las aguas para eso, para evitar salidas masivas, mientras su esposo, el ex presidente Bill Clinton, recorre Puerto Príncipe con cara de circunstancia.

Marines aquí y allá
Con el nuevo temblor, además del miedo florecieron más marines en las calles. Antes se limitaban al aeropuerto, luego se los veía acompañar discretamente a los rescatistas estadounidenses y alemanes pero en las últimas horas se los vió proliferar en las calles con sus propios vehículos, ocupando puntos altos de la ciudad, como la explanada de la catedral, donde un marine de apellido y tez latina se empeñaba en hablar en inglés con este cronista.
 “Estamos aquí para colaborar con la ayuda a este país”, aseguró el militar divertido en el juego de no usar su lengua materna para dialogar con otro latino como el. “¿Y para ayudar hacen falta estas armas?”, le preguntamos, señalando la ametralladora liviana que portaba. No contestó. Levantó su pulgar y se fue. La población, en tanto, los mira con desconfianza y los crítica si el cronista pregunta que opinan de esa presencia. Pero no los rechaza activamente. Es que los haitianos que se mueven por las calles, con lo puesto como capital y sin rumbo fijo, transitan por la ciudad como si ellos también fueran espectadores.
Cuando despiertan del sueño y entienden que están ante la más cruda realidad, más cruda que antes, igual de real, juntan metales y lo que se pueda vender o sirva para hacer casillas. Jeremy tiene su casilla avanzada en la plaza frente al amasijo de piedras que era el Palacio de Justicia. Ya tiene cartones unidos con cuerdas, unos caños de plástico como vigas y cuatro chapas de zinc que consiguió en las ruinas del ministerio de Economía. Es la casilla mejor armada de toda la plaza. Le preguntamos si piensa quedarse allí mucho tiempo. Dice que sí, que será mucho, mucho tiempo. Y estira la uuuuu. Y casi que sonríe, casi.

La vida por una carpa

La increíble tranquilidad de los nuevos habitantes del parque frente al Palacio Presidencial se vio alterada por corridas frente al edificio central de la Policía. Dos personas salen corriendo con sendas carpas estructurales y atrás tres policías, apenas demorados por una lluvia de piedras y botellas se disponen a disparar sus armas largas. No lo hacen cuando se cruzan dos equipos de televisión, uno venezolano y otro español, que los apuntan -ellos también- con sus cámaras.
Después, furiosos -por primera vez los vemos furiosos- nos explican que la Policía tiene carpas para repartir y no lo hace, por el contrario, las instalan en sus propios jardines y -aseguran- también las venden.

Termina otro día en la ciudad de la furia. La de los marines “solidarios”, las de los temblores del miedo renovado, la de las calles fantasmas en la noche… suenan disparos, ráfagas repetidas más cerca o más lejos en la noche de Puerto Príncipe. Hora de dormir. 
 
*Enviado especial a Puerto Príncipe (Haití), por la Radio del Sur (Venezuela); colaboración especial para El Clarín de Chile.