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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: ¡Qué se vayan todos!

Fue el grito de batalla del pueblo argentino durante la crisis de 2001 que dio al traste con el incompetente gobierno de Fernando de la Rúa y sus efímeros sucesores.

La consigna, quizás un poco absolutista (como por lo demás son casi todas las consignas) resume muy bien ahora el estado de ánimo de la base concertacionista luego de la derrota sufrida en la segunda vuelta de la elección presidencial.
Por cierto “¡que se vayan todos!” no puede tomarse literalmente, ni tampoco se trata estrictamente de una cuestión generacional, más bien el blanco del descontento de las bases – hasta ahora principalmente en las juventudes del Partido Socialista y de la Democracia Cristiana – es ese grupo de dirigentes ya establecidos o emergentes (relativamente jóvenes entonces) que vieron sus carreras políticas interrumpidas por el golpe de estado y la dictadura que lo siguió. De esos dirigentes de entonces, los que militaban en partidos de la UP se marcharon al exilio en tanto que los demócratacristianos en su mayoría bajaron su perfil y se dedicaron a sus labores profesionales o comerciales, algunos de ellos resurgiendo sólo cuando fue más seguro hacerlo, a mediados de los años 80.
 
Cuando después de 1986 empieza a visualizarse una salida a la dictadura que no contemple una lucha armada (costosa y con un resultado incierto) el camino de la negociación es el que naturalmente se impone y el cual todo el mundo explícita o implícitamente aceptó, incluyendo a prácticamente toda la actual izquierda extraparlamentaria (que como sabemos su porción mayoritaria dejará de ser extraparlamentaria el 11 de marzo). Pues bien, esta “generación” (nombre equívoco porque incluye a gente de distintas edades) de negociadores fue la que luego se hizo administradora del proceso de transición a la democracia. Es esta generación de negociadores la que es ahora cuestionada y la que se quiere fuera de sus cargos. ¡Qué se vayan todos! Significa en este contexto: ¡qué se vaya ese grupo de dirigentes que negoció los términos de la transición, que luego la administró (no siempre mal, hay que reconocerle no pocos logros), que en algunos casos se aprovechó de ella (aunque una vez más, los casos de corrupción no fueron tantos ni puede decirse que la corrupción haya sido la impronta de estos veinte años, eso sería faltar a la verdad y una injusticia) y que finalmente, por una serie de factores, perdió la confianza de aquellos que alguna vez habían creído en y luchado por “la alegría que ya venía”. No intento aquí entrar a discutir si los términos de esa transición fueron buenos o malos, o cómo pudiera haber sido la cosa si no se hubiera hecho tal transición pactada. Lo concreto es que transición pactada hubo, los que la lograron fue esa generación de negociadores hoy cuestionada y su capítulo final ha sido la derrota sufrida en la segunda vuelta presidencial. La historia juzgará más tarde el rol de esa generación de directivos desde una perspectiva más general, en lo concreto e inmediato sin embargo, lo que se percibe claramente es que esa generación ha terminado su mandato en fracaso, la derrota electoral ha sido el último elemento que ha sellado su suerte, aunque no el único síntoma de que su tiempo había terminado.
 
En consonancia con el anterior diagnóstico, el hecho que se hayan producido incidentes en sedes de los partidos Socialista y Demócrata Cristiano por parte de militantes de esas organizaciones enfurecidos con sus directivas no es un signo de debilidad ni de caos o de colapso, por el contrario, es un signo de que aun hay vitalidad en las bases, que aun hay gente que efectivamente se preocupa y quiere rectificaciones y posiblemente una reformulación de toda esa estructura político-partidista que data de fines de la dictadura. Un proceso que a su vez debe contener un fuerte sentido crítico y auto-crítico. Si los partidos de la Concertación no hacen tal auto-examen entonces sí que estaremos en una situación de eventual colapso de esos partidos, al modo como colapsaron los partidos en Italia hace unos años.
 
El triunfo derechista – aunque previsto por las encuestas – ha tenido de todos modos un efecto de choque muy grande sobre todos los sectores que apoyaron a Eduardo Frei Ruiz- Tagle. No es el fin del mundo por cierto, pero para los partidos de la Concertación es una crisis que no puede minimizarse. Por eso mismo es importante no caer ni en la desesperación, como tampoco en justificativos francamente idiotas.
 
Esto me lleva a decir que por favor no se anden repitiendo idioteces como las siguientes:

1.       “Son sólo cuatro años, en 2014 volvemos en gloria y majestad con Michelle, Lagos o algún otro que surja de aquí a ese tiempo”. Esto es un consuelo torpe y mal articulado: la Derecha no es estúpida y evidentemente sus dirigentes piensan que ahora el turno será de ellos, durante estos cuatro años desacreditarán la gestión de Michelle Bachelet y con el prácticamente absoluto control de los medios de comunicación se prepararán desde temprano para una larga estadía en La Moneda.

2.       “Fue un triunfo muy estrecho, apenas por un punto y medio porcentual o algo así”. Eso es irrelevante, como en el fútbol, al final nadie se preocupa si el triunfo fue estrecho u holgado, lo importante es que uno de los dos ganó. Y en este caso no fue nuestro equipo. Punto.

3.       “Es bueno que haya alternancia en el poder”, eso se dice sólo cuando no se está en el gobierno. La Derecha usó esa frase, pero ciertamente no la piensa en absoluto cuando ella está en el poder y no debe caber duda que todos sus esfuerzos se centrarán en perpetuarse en ese poder. Más aun, si uno considera que la UDI – un partido que innegablemente hace un trabajo de penetración en el medio social como la Izquierda solía hacerlo hace 50 años – tendrá los ojos puestos en que el sucesor de Piñera sea alguien de sus filas.

4.       “Un gobierno de Derecha va agudizar las contradicciones y favorecer la movilización de masas”, ¿qué movilizaciones? ¿qué masas? Con un bajísimo índice de sindicalización a lo más que se llegará será a una repetitiva gimnasia callejera de unos cuantos manifestantes tirando piedras y los pacos tirando agua y bombas lacrimógenas, probablemente esos episodios se multipliquen bajo Piñera pero no alterarán para nada el orden político vigente.
 
Por ahora sólo vale esperar que el remezón producido conduzca al efectivo cambio de timón y de rumbo que las bases están demandando. “¡Qué se vayan todos!” es sólo el primer paso en la tarea que queda por delante de reconstruir en Chile una alternativa progresista (ni siquiera revolucionaria, para eso estamos a años luz).