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Agosto 18, 2026

Crónicas de un suicidio anunciado

 Todos sabíamos que la Concertación iba a morir – tal cual ocurre con el personaje de Crónica de una muerte anunciada- el problema era saber quién la desvirgó y le asestó la última puñalada. Como en la novela de Gabriel García Márquez, los sospechosos son muchos personajes.

En el caso de la Concertación, los presuntos asesinos se pueden contar con los dedos de la mano; algunos sindican al pobre Camilo Escalona, cuya única culpa es haberse enamorado de Eduardo Frei, impidiendo que surgiera otro candidato socialista – a excepción de José Miguel Insulza; según dicen las malas lenguas, profesa un odio parido al profesor Ricardo Lagos Escobar quien lo tenía destinado al ropero-; para otros, el asesino y violador es el Juan Carlos Latorre, presidente del partido Demócrata Cristiano, quien presionado por los “ratis” quieren culparlo de un homicidio que no ha cometido. Latorre argumenta, con razón, que el magro 14% obtenido de su partido – en las parlamentarias- lo convirtió en un buen número de senadores y diputados, usurpándoselos al PS. Otros  se dan el lujo de culpar a Marco Enríquez-Ominami que, con razón, declara absoluta inocencia, pues la Concertación le negó todo posibilidad de participar en las primeras.
 
Es una frase vulgar aquella de que la victoria tiene muchos padres y la derrota muchos chivos expiatorios. Es lógico que entre los militantes del los partidos de la Concertación se produzca una verdadera guerra civil, se vayan a las manos y culpen mutuamente del descalabro producido.
 
Si bien es cierto que la derecha se desenvolvió bastante bien, por primera vez en la historia actuaron con unidad, escondieron muy bien sus marcadas diferencias entre “liberales y conservadores”, y Sebastián Piñera se convirtió un líder capaz de aglutinar a tan disímiles partidos. Es cierto que la derecha funciona en base al individualismo, y los choques de personalidad habían hecho imposible, por más de medio siglo, presentar un frente común; pero no fue la derecha la que ganó, el pasado domingo, sino que fue la Concertación la que se suicidó.
 
En esta crónica de la muerta anunciada no hay ningún tipo de homicidio, ni mucho menos violadores y asesinos a quienes culpar, la Concertación viene agonizando desde 1999, cuando el presidente Ricardo Lagos empató con Joaquín Lavín, en la primera vuelta. Históricamente, en la segunda vuelta marcó una diferencia de apenas dos puntos porcentuales entre la Concertación y la Alianza.
 
Emilio Durkheim analiza el suicidio desde el punto de vista sociológico; para este escritor hay varios tipos de suicidios, entre ellos podemos destacar el heroico, cuando quien atenta contra su vida lo hace en base a grandes ideales sociales; el suicidio anómico es lo contrario, representa la pérdida de las normas éticas, producto de la dispersión social, propia de la sociedad capitalista industrial. A mi modo de ver, la muerte, por propia mano, de la Concertación, corresponde a esta última categoría.
 
En historia es necesario distinguir entre  un episodio, una coyuntura y el largo período: la muerte de la Concertación viene gestándose desde la pérdida de la superioridad moral que detentó, contra una derecha que jamás ha querido reconocer la complicidad en el genocidio perpetrado por la dictadura; los personeros de la Concertación fueron blandos y, no pocas veces, su actitud podría asimilarse a la colaboración – por acción u omisión- con los verdugos dictatoriales. Esta convivencia comenzó con sendas fotos sonrientes, que aparecían en las páginas sociales de los Diarios de la derecha; posteriormente, en los acuerdos para el punto final – uno de ellos es Figueroa-Otero, pero hay muchos más- siguió con el salvataje del tirano, cuando estaba preso en Londres y a punto de ser extraditado a España. El rosario es demasiado largo para volver a repetirlo, pero poca duda cabe que la Concertación perdió su autoridad moral  a raíz de estas conductas de contubernio con la derecha pinochetista.
 
La llamada “democracia de los acuerdos” terminó por consagrar la hegemonía política de la derecha al ceder siempre a sus postulados ideológicos y programáticos. La Ley de educación, por vía de ejemplo, no hace más que reafirmar el Estado subsidiario, la libertad de educación entendida como un negocio, y así, suma y sigue. La reforma constitucional de 2005, también pactada, sólo da un ropaje más democrático a una carta magna troglodita y que desprecia la soberanía popular.
 
Los partidos de la Concertación nunca estuvieron a la altura de la envergadura del mandato popular, surgido del plebiscito de 1988: rápidamente se fueron transformando, de canales de opinión, de organizaciones que relacionaran la ciudadanía con el Estado, en verdaderos grupos de castas, sin militantes, cuyos organismos centrales están compuestos por funcionarios públicos o aspirantes a un cargo Los dirigentes de los partidos políticos terminaron siendo mandarines, permanentemente reelegidos por verdaderos ilotas, que sólo saben rendir pleitesía al mandón de turno o a quien grite más fuerte, a cambio de una prebenda. Esta situación de descomposición ha llevado a la Concertación a una radical crisis de representación.
 
El Parlamento, cada vez menos importante, esclavo de la monarquía electiva chilena, fue perdiendo toda respetabilidad: el cargo de diputado o de senador era, prácticamente, vitalicio, y cada uno de estos prohombres tenía su distrito propio, algo así como los señores feudales, y los electores, aún ahora, verdaderos siervos de la gleba. Los gerentes de la Concertación se sintieron dueños y seguros en sus cargos e imposibilitaron cualquier cambio generacional, que trajera aires nuevos a un juego de máscaras, al estilo veneciano, en que los mismos personajes sólo cambiaban de ministerio, repartición pública o empresa del Estado. Cada partido tenía su propia parcela.
 
Nada es más indignante para los ciudadanos que las injusticias y los abusos que cometen algunos funcionarios designados por los partidos, muchos de ellos sin concurso, y no pocos bastante ineficientes. Es posible que la oposición haya exagerado en su afán de fiscalizar las tropelías llevadas a cabo por los llamados ”operadores políticos”, pero los escándalos fueron muchos y en áreas tan fundamentales como la educación, la salud, el transporte público, Chiledeportes, ferrocarriles, y tantos otros.
 
Es el largo período el que sirve para explicar por qué la Concertación comenzó a morir con la llegada del siglo XXI; sólo se salvó en dos ocasiones a causa de la ilusión de que Ricardo Lagos tomara las banderas de Salvador Allende, como el segundo presidente socialista en nuestra historia, lo que termino en un verdadero fiasco, siendo Lagos el San Expedito de los empresarios, quienes lo despidieron con aplausos cerrados, al final de su mandato y, posteriormente lo condenaron a la muerte, traspasado por las flechas, como un San Sebastián cualquiera – “así paga el diablo a quien bien le sirve”-. En 2005, la Concertación estaba casi segura de perder ante el avance de la derecha, nuevamente se salvó por el carisma de Michelle Bachelet y el síndrome de la división que han padecido siempre los reaccionarios, a lo largo de la historia.
 
En la coyuntura y en el episodio es evidente que una tan radical crisis de representación tenía que llevar a la Concertación a la derrota. Si bien el determinismo carece de valor para explicar los hechos históricos, en este caso no cabe duda de que los personajes de la Concertación hicieron lo imposible para propinarse su propia muerte. Afortunadamente, esta ha sido bastante digna, evitando los achaques y miserias de una vejez sin ideales y que sólo puede mirar el pasado, otrora glorioso.
 
Rafael Luis Gumucio Rivas
19/1/2010