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Agosto 18, 2026

¿Urbanidad? Por la calle a bocinazos…

 Pedaleo por Compañía al oriente. Junto a la Plaza de Armas, el conductor de un Mercedes azul me bocinea para descomprimir su mala leche. Desde luego el bocinazo no tiene mérito, ya que el tránsito está trancado en el taco cotidiano: es la hora en que el centro santiaguino se vacia de su población flotante. Y ahí va uno entre los autos, hendiendo con criterio y pedal la complejidad del sistema de transporte, un ítem sobregirado en su derroche energético (la energía es la partícula básica). De repente:

—¡¡Plaffff!! —el bocinazo.

Giro en 180 grados, rodeo el auto y le digo al chofer a través de su ventanilla:

—Pa’ qué toca la bocina… no es necesario meter más bulla.
—¡¡Saaale, huevón!! –responde indignado.
—¡¡Mi’, si serí’ hijo de puta!! -retruco en sus mismos términos, procurándome calma y tiza.
—¡¿Qué te pasa, chucha e’ tu madre’, querí’ que me baje?!
—¡¡Huevóóóóóóóón –le repito mirándolo a los ojos.

Con cara de vómito, en seguida le acerco el rostro para que me pegue si quiere.

—¡Pégame, po’ huevón!

No lo hace, en cambio sí el amago bajarse… pero justo se destraba el taco y acelera dejándome atrás… hasta el otro semáforo, pues lo sigo sin “acelerar”; no hay que agitarse por un Tal Por Cual.

Lo pillo en Merced con San Antonio y me planto junto a su ventanilla.

—¿Por qué reacciona así, hombre!
—¡¡Chi’, puta la huevá’!! -y ahora sí se baja.

A pito de nada, me sale con la de:

—¡¡Mira hueón, yo soy abogaaado, hueón!! [dice “hueón” dos veces, y con ésta son tres].

No me resisto y le lanzo:

—¡¡Ahogaaaaado serí’ po’, re’ chucha e’ tu madre!! ¡No veí que la cagá’ de este país y el planeta es por culpa de una manga de abogados huevones, como tú… [“Y otros tantos huevones como yo”, agrego para mis adentros].

Siguen en un tris “quitipás” y “blablablás”. Urgido por la mujer que lo acompaña, quien le hace señas desde dentro del auto, el tipo se sube, acelera y me deja atrás… hasta el otro semáforo, el de Merced con Mac-Iver, hasta donde llego otra vez “tranquilo”, amparado en el mero rodaje del exceso de vehículos motorizados. Sin preámbulo tiendo mi bicicleta sobre la calzada, delante del Mercedes, que ha quedado primero a la espera de la verde. Y parado ante el automóvil con aspaviento, indico a su interior moviendo las manos y brazos, vociferando para que escuchen los transeúntes:

—¡¡Éste dice que es abooooogaaaaadooo!! ¡¡Dice que es abooooogaaaaadooo!!  ¡¡Abooooogaaaaadooo!!… -mientras el conductor, que acelera sin pasar marcha, y su acompañante, miran con cara de ira (él) y angustia (ella) desde el otro lado del parabrisas.

—¡¡Ahooooogaadoo de la concha de su madre será…!! –lanzo a toda boca y… entonces me sorprendo en plena pelá de cables. Decido dejar hasta ahí la performance. Agarro la bicicleta y, dándole el paso con ambas manos al “abogado”, permito que el tránsito continúe. Y mascullo medio “sonreído”, dándome el aventón en la cleta: “Qué mierdal más grande, huevón…!”.