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En la medida de se acerca la “segunda pata” de la elección presidencial en Chile, abundan las opiniones sobre pronósticos, escenarios alternos y resultados posibles.
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Algunos, merecedores de encomio y otros francamente desechables pero en todo caso, abundantes.
Frente a ello no es posible guardar silencio, y vale la pena decir un par de cosas. Y el interés de lo que se pueda decir no se sustenta por cierto en las individualidades de los que escriban sobre el suceso. Se trata de un simple militante socialista que como tantos otros, ha vivido los procesos sociales del pueblo chileno desde experiencias distintas y que contrajo, con esos procesos, un compromiso inextinguible y al que le preocupa profundamente el presente y el porvenir de Chile, convencido de que es hoy más imperiosa que nunca la necesidad de un movimiento popular unido y sólido. Y que no obstante diferenciaciones legítimas y enriquecedoras entre los comprometidos en la lucha, todos ellos comparten el criterio de que es urgente y que constituye una responsabilidad inexcusable, emprender un esfuerzo decidido con vistas a una reconstrucción unitaria de los trabajadores frente a los hechos políticos que se presentan. Ello, como uno de los instrumentos políticos básicos de la causa popular y mayoritaria. Lo cual puede transformarse y expresarse como un valor trascendente, en la medida en que él sea capaz de expresar el pensamiento y los sentires de un sector muy grande del pueblo chileno, de los militantes de partidos de clase, de otras organizaciones sociales o de base, y de quienes comparten las esperanzas de un porvenir democrático “de a de veras” y, tal vez socialista.
Se está pensando, particularmente, en los trabajadores que apoyaron durante tantos años la lucha del pueblo desde el propio seno popular y en especial de sus organizaciones de clase, en las mujeres que han actuado con heroísmo en los años de oprobio, en los estudiantes que han mantenido siempre la tradición solidaria con los movimientos de los trabajadores, en suma, en todos aquéllos que han dado y continúan dando aliento y apoyo decididos a las luchas populares. Se está pensando en todos los camaradas que manteniéndose al margen del proceso de abyección, (colaboración y entrega a la derecha) y por lo tanto de dispersión y atomización de los partidos y organizaciones, han sostenido desde una u otra posición las banderas de la reconstrucción unitaria del movimiento popular de los trabajadores.
Si embargo se debe reconocer que en conjunto el movimiento popular chileno no ha logrado salir de la inmovilidad a que fue confinado por políticas de estado y por sus propias contradicciones. Desde fines de los años 80 se advierte un retroceso muy severo del movimiento popular chileno, esto a partir de que se impone la transición pactada entre lo que se podría llamar oposición moderada (denominada de centro-izquierda) y las fuerzas que apoyaban la dictadura, incluyendo a los EE.UU. esencialmente. Así entonces, el movimiento de los trabajadores pierde su unidad y orientación, no obstante el rumbo que tuvo durante el siglo anterior y culmina en 1973 con la aspiración de la emancipación de los trabajadores, para pasar durante la dictadura, a encabezar la lucha por derrocarla.
Y, una vez que se impone esta transición pactada entre los poderes fácticos, (EEUU, Iglesia Católica, FFAA, empresas transnacionales, sectores políticos, y en particular el grupo de políticos concertacionistas), decide como necesidad imperiosa desmovilizar a los movimientos populares para “facilitar la transición a la democracia”, y ello se logra exitosamente desmovilizando radicalmente a los trabajadores. Conjuntamente sucede la caída del muro de Berlín, con la derrota de las antiguas propuestas del modelo llamado socialismo real (que más bien constituyeron capitalismo de estado). Todo ello contribuye a que los movimientos populares se confundan más y pierdan su orientación provocado esencialmente, porque gran parte de los sostenedores del movimiento popular se desorientan y algunos desertan. Otros son cooptados por el sistema mediante partidos supuestamente de izquierda (socialdemócratas esencialmente), o que habían sido de izquierda (IC y MAPU) y pasan al gobierno pues ya “habían cumplido, con su sacrificio, para el bienestar de las masas populares chilenas”.
Otros se desmovilizan, se desilusionan, se frustran y abandonan las viejas organizaciones políticas, dentro o fuera del gobierno. Pero, lo que es más grave, los movimientos populares pierden la argamasa que los mantenía unidos, pierden su sentido de lo colectivo (ello animado por la llamada “flexibilización del trabajo” que hace inútil la existencia de organizaciones sindicales), y deja de existir una idea central que otorgue cohesión al movimiento, como la hubo anteriormente. Pues, en el siglo XIX fue la regeneración del pueblo, en el siglo XX la emancipación de los trabajadores. Luego, al menos, se pueden formular algunos interrogantes: ¿Cuál es esa idea/objetivo hoy día? ¿Humanizar el sistema capitalista? ¿abolir el capitalismo? ¿Lucha contra la globalización neoliberal? ¿Lucha por una sociedad más igualitaria?, ¿Lucha por el socialismo?, tal vez, quizás. Pero no obstante la desmovilización, se tienen “nuevos Recabarren” (porque Chile ha retrocedido socialmente a los albores del siglo XX) que se movilizan, trabajan, se esfuerzan por dar orientaciones y alientan luchas de sectores de trabajadores que mantienen sus “banderas en alto”, o sea existen sin duda luchas aisladas (reivindicaciones de derechos de la mujer y los niños, derecho a un medio ambiente limpio, movimientos por los DDHH, movimientos por una Asamblea Nacional Constituyente, defensores de los pueblos originarios, etc) que buscan esa idea fuerza o proyecto de nueva sociedad. Y mientras no se logre generar esa idea fuerza que sea compartida por las mayorías de los componentes de los movimientos es muy difícil recobrar el ímpetu que las confrontaciones sociales exigen.
Esta podría ser una breve semblanza más o menos aproximada de las herencias de la dictadura. Pero además, para impulsar y sostener la política de claudicaciones se consolida el llamado “frente nacional” que excluye formalmente al movimiento popular. Se constituye entonces, con el beneplácito del imperialismo, de la derecha, de la Democracia Cristiana y la alta jerarquía de la iglesia católica, sumado a ellos sectores de grupos socialistas y minorías radicalizadas, el movimiento denominado Concertación de Partidos por la Democracia.
Este movimiento ha logrado dividir, aislar y, eventualmente, excluir al movimiento popular. Para estos efectos se activó una dinámica que llamó e incita al oportunismo explotando mañosamente la dura experiencia de la dictadura para atraer a quienes se conforman con cualquier posibilidad de cambio, por escaso que éste sea. El proyecto estimó la necesidad de la imposición del silencio a quienes proponían demandas de alguna envergadura o cambios profundos en la dirección de alguna significanción mayor en una dirección de logros de ampliación democrática, acusándolos de ultras o derechamente como “terroristas”, que ha sido el caso del drama mapuche.
Pero esta política de corto alcance olvida el hecho de que el futuro de Chile no puede construirse al margen de lo que ha sido su evolución histórica y de las experiencias que en su camino ha ido acumulando el pueblo. Pues son estas experiencias que en un período muy corto han puesto a prueba la capacidad para resolver los problemas nacionales y de las mayorías de la población. Valga recordar los resultados de las presidencias de Ibáñez, Alessandri padre y Frei padre, que dejaron en cada caso las enseñanzas de sus límites e insuficiencias, así como las frustraciones resultantes.
La victoria de Allende en el 70 y el establecimiento del gobierno de la Unidad Popular no fueron, por eso, productos de azar, sino el resultado de la maduración de la conciencia del pueblo chileno, y fue derrotado por la imposición de la fuerza militar, pero no fracasó en el mismo sentido de los anteriores gobiernos mencionados. Por lo tanto la lucha por un destino socialista con inclusión de las mayorías tiene plena vigencia, y por consiguiente no hay razones para ocultarla o postergarla indefinidamente.
Frente a estos hechos nuevamente el pueblo chileno se encuentra en la obligación de decidir entre un candidato que representa los intereses de la derecha económica y política golpista, y otro candidato que representa los intereses del conglomerado de centro-izquierda del cual se puede esperar poco o nada, salvo vagas promesas. Ello es así porque el pueblo chileno, las mayorías, no tiene proyecto propio que represente sus intereses. Lo cual requiere de recuperación de banderas, definición de objetivos socialistas, recuperación de la confianza en las propias fuerzas populares, o sea se trata en definitiva de reasumir todo lo que sea necesario para afianzar la voluntad de lucha y abrir nuevos espacios en los que habrá de actuar y expresarse.
Pero se está frente a una tarea compleja: realizar una convocatoria nacional para constituir una base que permita desarrollar un proceso constituyente y con ello disponer de una Constitución verdaderamente democrática, y por lo tanto legítima. Por ello, a partir de lo afirmado se concluye que se puede decidir por un candidato u otro, pero teniendo en cuanta que uno es la derecha golpista y entreguista, y el otro un candidato que representa “más de lo mismo o menos de lo mismo”. No obstante se podría considerar que Frei aseguraría ampliar espacios que permitan desarrollar las fuerzas propias del pueblo y por lo tanto un mayor espacio democrático. Si se piensa que ello es posible pues vale la pena darle el apoyo a Frei, pero teniendo muy claro que no representa al pueblo y que no hay que esperar demasiado de ello y que sería sólo un aliento para las fuerzas atomizadas que requieren reagruparse en torno a sus propios intereses sin haberlos delegado a ningún candidato presente.
* Presidente Comunal México Partido Socialista de Chile
Se siguen experimentando las “vueltas de chaqueta”, unas presumibles, otras garantizadas y otras no tanto como Tironi, Navia, ex marquistas, ex miristas (que antaño se les caían los obuses de la boca cada vez que hablaban), y por supuesto ex socialistas que sostenían una y otra cosa en “nombre del pueblo trabajador” y, por supuesto cómo no, sucesores de Allende.
Frente a ello no es posible guardar silencio, y vale la pena decir un par de cosas. Y el interés de lo que se pueda decir no se sustenta por cierto en las individualidades de los que escriban sobre el suceso. Se trata de un simple militante socialista que como tantos otros, ha vivido los procesos sociales del pueblo chileno desde experiencias distintas y que contrajo, con esos procesos, un compromiso inextinguible y al que le preocupa profundamente el presente y el porvenir de Chile, convencido de que es hoy más imperiosa que nunca la necesidad de un movimiento popular unido y sólido. Y que no obstante diferenciaciones legítimas y enriquecedoras entre los comprometidos en la lucha, todos ellos comparten el criterio de que es urgente y que constituye una responsabilidad inexcusable, emprender un esfuerzo decidido con vistas a una reconstrucción unitaria de los trabajadores frente a los hechos políticos que se presentan. Ello, como uno de los instrumentos políticos básicos de la causa popular y mayoritaria. Lo cual puede transformarse y expresarse como un valor trascendente, en la medida en que él sea capaz de expresar el pensamiento y los sentires de un sector muy grande del pueblo chileno, de los militantes de partidos de clase, de otras organizaciones sociales o de base, y de quienes comparten las esperanzas de un porvenir democrático “de a de veras” y, tal vez socialista.
Se está pensando, particularmente, en los trabajadores que apoyaron durante tantos años la lucha del pueblo desde el propio seno popular y en especial de sus organizaciones de clase, en las mujeres que han actuado con heroísmo en los años de oprobio, en los estudiantes que han mantenido siempre la tradición solidaria con los movimientos de los trabajadores, en suma, en todos aquéllos que han dado y continúan dando aliento y apoyo decididos a las luchas populares. Se está pensando en todos los camaradas que manteniéndose al margen del proceso de abyección, (colaboración y entrega a la derecha) y por lo tanto de dispersión y atomización de los partidos y organizaciones, han sostenido desde una u otra posición las banderas de la reconstrucción unitaria del movimiento popular de los trabajadores.
Si embargo se debe reconocer que en conjunto el movimiento popular chileno no ha logrado salir de la inmovilidad a que fue confinado por políticas de estado y por sus propias contradicciones. Desde fines de los años 80 se advierte un retroceso muy severo del movimiento popular chileno, esto a partir de que se impone la transición pactada entre lo que se podría llamar oposición moderada (denominada de centro-izquierda) y las fuerzas que apoyaban la dictadura, incluyendo a los EE.UU. esencialmente. Así entonces, el movimiento de los trabajadores pierde su unidad y orientación, no obstante el rumbo que tuvo durante el siglo anterior y culmina en 1973 con la aspiración de la emancipación de los trabajadores, para pasar durante la dictadura, a encabezar la lucha por derrocarla.
Y, una vez que se impone esta transición pactada entre los poderes fácticos, (EEUU, Iglesia Católica, FFAA, empresas transnacionales, sectores políticos, y en particular el grupo de políticos concertacionistas), decide como necesidad imperiosa desmovilizar a los movimientos populares para “facilitar la transición a la democracia”, y ello se logra exitosamente desmovilizando radicalmente a los trabajadores. Conjuntamente sucede la caída del muro de Berlín, con la derrota de las antiguas propuestas del modelo llamado socialismo real (que más bien constituyeron capitalismo de estado). Todo ello contribuye a que los movimientos populares se confundan más y pierdan su orientación provocado esencialmente, porque gran parte de los sostenedores del movimiento popular se desorientan y algunos desertan. Otros son cooptados por el sistema mediante partidos supuestamente de izquierda (socialdemócratas esencialmente), o que habían sido de izquierda (IC y MAPU) y pasan al gobierno pues ya “habían cumplido, con su sacrificio, para el bienestar de las masas populares chilenas”.
Otros se desmovilizan, se desilusionan, se frustran y abandonan las viejas organizaciones políticas, dentro o fuera del gobierno. Pero, lo que es más grave, los movimientos populares pierden la argamasa que los mantenía unidos, pierden su sentido de lo colectivo (ello animado por la llamada “flexibilización del trabajo” que hace inútil la existencia de organizaciones sindicales), y deja de existir una idea central que otorgue cohesión al movimiento, como la hubo anteriormente. Pues, en el siglo XIX fue la regeneración del pueblo, en el siglo XX la emancipación de los trabajadores. Luego, al menos, se pueden formular algunos interrogantes: ¿Cuál es esa idea/objetivo hoy día? ¿Humanizar el sistema capitalista? ¿abolir el capitalismo? ¿Lucha contra la globalización neoliberal? ¿Lucha por una sociedad más igualitaria?, ¿Lucha por el socialismo?, tal vez, quizás. Pero no obstante la desmovilización, se tienen “nuevos Recabarren” (porque Chile ha retrocedido socialmente a los albores del siglo XX) que se movilizan, trabajan, se esfuerzan por dar orientaciones y alientan luchas de sectores de trabajadores que mantienen sus “banderas en alto”, o sea existen sin duda luchas aisladas (reivindicaciones de derechos de la mujer y los niños, derecho a un medio ambiente limpio, movimientos por los DDHH, movimientos por una Asamblea Nacional Constituyente, defensores de los pueblos originarios, etc) que buscan esa idea fuerza o proyecto de nueva sociedad. Y mientras no se logre generar esa idea fuerza que sea compartida por las mayorías de los componentes de los movimientos es muy difícil recobrar el ímpetu que las confrontaciones sociales exigen.
Esta podría ser una breve semblanza más o menos aproximada de las herencias de la dictadura. Pero además, para impulsar y sostener la política de claudicaciones se consolida el llamado “frente nacional” que excluye formalmente al movimiento popular. Se constituye entonces, con el beneplácito del imperialismo, de la derecha, de la Democracia Cristiana y la alta jerarquía de la iglesia católica, sumado a ellos sectores de grupos socialistas y minorías radicalizadas, el movimiento denominado Concertación de Partidos por la Democracia.
Este movimiento ha logrado dividir, aislar y, eventualmente, excluir al movimiento popular. Para estos efectos se activó una dinámica que llamó e incita al oportunismo explotando mañosamente la dura experiencia de la dictadura para atraer a quienes se conforman con cualquier posibilidad de cambio, por escaso que éste sea. El proyecto estimó la necesidad de la imposición del silencio a quienes proponían demandas de alguna envergadura o cambios profundos en la dirección de alguna significanción mayor en una dirección de logros de ampliación democrática, acusándolos de ultras o derechamente como “terroristas”, que ha sido el caso del drama mapuche.
Pero esta política de corto alcance olvida el hecho de que el futuro de Chile no puede construirse al margen de lo que ha sido su evolución histórica y de las experiencias que en su camino ha ido acumulando el pueblo. Pues son estas experiencias que en un período muy corto han puesto a prueba la capacidad para resolver los problemas nacionales y de las mayorías de la población. Valga recordar los resultados de las presidencias de Ibáñez, Alessandri padre y Frei padre, que dejaron en cada caso las enseñanzas de sus límites e insuficiencias, así como las frustraciones resultantes.
La victoria de Allende en el 70 y el establecimiento del gobierno de la Unidad Popular no fueron, por eso, productos de azar, sino el resultado de la maduración de la conciencia del pueblo chileno, y fue derrotado por la imposición de la fuerza militar, pero no fracasó en el mismo sentido de los anteriores gobiernos mencionados. Por lo tanto la lucha por un destino socialista con inclusión de las mayorías tiene plena vigencia, y por consiguiente no hay razones para ocultarla o postergarla indefinidamente.
Frente a estos hechos nuevamente el pueblo chileno se encuentra en la obligación de decidir entre un candidato que representa los intereses de la derecha económica y política golpista, y otro candidato que representa los intereses del conglomerado de centro-izquierda del cual se puede esperar poco o nada, salvo vagas promesas. Ello es así porque el pueblo chileno, las mayorías, no tiene proyecto propio que represente sus intereses. Lo cual requiere de recuperación de banderas, definición de objetivos socialistas, recuperación de la confianza en las propias fuerzas populares, o sea se trata en definitiva de reasumir todo lo que sea necesario para afianzar la voluntad de lucha y abrir nuevos espacios en los que habrá de actuar y expresarse.
Pero se está frente a una tarea compleja: realizar una convocatoria nacional para constituir una base que permita desarrollar un proceso constituyente y con ello disponer de una Constitución verdaderamente democrática, y por lo tanto legítima. Por ello, a partir de lo afirmado se concluye que se puede decidir por un candidato u otro, pero teniendo en cuanta que uno es la derecha golpista y entreguista, y el otro un candidato que representa “más de lo mismo o menos de lo mismo”. No obstante se podría considerar que Frei aseguraría ampliar espacios que permitan desarrollar las fuerzas propias del pueblo y por lo tanto un mayor espacio democrático. Si se piensa que ello es posible pues vale la pena darle el apoyo a Frei, pero teniendo muy claro que no representa al pueblo y que no hay que esperar demasiado de ello y que sería sólo un aliento para las fuerzas atomizadas que requieren reagruparse en torno a sus propios intereses sin haberlos delegado a ningún candidato presente.
* Presidente Comunal México Partido Socialista de Chile
