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El debate este lunes 11 entre Sebastián Piñera y Eduardo Frei fue un “reality”: los candidatos jugaron a parecer diferentes, y los periodistas de los canales a parecer que mandaban ellos. Todos fallaron.
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Que ambos candidatos se hayan vestido exactamente igual no es más que una muestra de lo que son: partes de la misma maquinaria. Lo mismo ocurre con los y las periodistas, difíciles de distinguir unos de otros, precisamente porque en Chile no hay un sólo canal de TV realmente independiente.
Frei y Piñera anunciaron solemnemente que gane quien gane, todo seguirá más o menos igual: seguirán allí las AFP, las Isapres, la educación segregada, el negociado de la salud, nadie nacionalizará el agua, ni el cobre, ni el Transantiago; seguirán los subsidios a la riqueza obscena, nadie bajará el IVA, nadie enfrentará el tema mapuche ni cambiará el binominal.
Lo que yo entendí es que seguirá vigente, en letra y espíritu, la Constitución de Jaime Guzmán, impuesta por Augusto Pinochet.
Los periodistas, tan agresivos para emplazarlos a declarar feriado el 17 de septiembre de 2010 o para definirse frente a Cuba y Hugo Chávez, tan buenos para hacerlos callar e interrumpirlos, fueron a la vez tan tímidos para preguntar sobre la Constitución, el pueblo mapuche, los entuertos de LAN, los delitos de Piñera, la propiedad de los medios de comunicación, las licencias radioeléctricas, las privatizaciones de Frei, el armamentismo de Bachelet, el acuerdo de Copenhague o las nuevas bases norteamericanas en Colombia y Panamá.
Es verdad que Frei parecía más aterrizado, que manejaba por lo menos algunos datos para fundamentar sus proyectos, mientras Piñera prometía felicidad eterna, casas, empleos y un futuro brillante para todos y todas sin molestarse en explicar cómo lo haría: él actúa con la misma lógica con que los bancos ofrecen créditos de consumo, y sabe que funciona.
Por supuesto, ninguno de los candidatos expuso idea alguna -y nadie les preguntó- sobre el papel de Chile en el mundo, de la integración latinoamericana, del Banco del Sur, del Movimiento de Países No Alineados (al que nominalmente aun pertenecemos). Los dos se limitaron exclusivamente a ver quién era más mezquino con Bolivia y a dar juicios sobre la democracia en países donde funcionan constituciones legítimas y sistemas electorales proporcionales.
La entrada de Chile a la OCDE es una inmensa metáfora de lo que es el país: un arribista. Nadie ha mencionado que la entrada a la OCDE saca a Chile automáticamente del Grupo de los 77, de los países en desarrollo, en el sistema de Naciones Unidas, lo aleja de América Latina y lo acerca a Estados Unidos y la Unión Europea. Ahora se obliga a sí mismo a endosar las decisiones de los países ricos en los temas de comercio, el sistema financiero internacional, la protección del ambiente, etc, que perjudican al mundo en desarrollo. Como una nana puertas adentro, Chile ahora es “como de la familia”. Y de eso, parece, están todos orgullosos porque nadie ha alzado la menor crítica, ni siquiera en la izquierda.
Pese a todo, es todavía posible que el miedo al Opus Dei, a los legionarios fundamentalistas del diputado Kast (la generación de recambio de la derecha, aun más reaccionaria que sus padres), al regreso de los expertos represivos de la CNI y a la inmensa ola de privatizaciones que Piñera anticipó, movilice a los indecisos y consiga salvar nuevamente a la Concertación. Pero no será por las esperanzas depositadas en Frei.
Y en eso Piñera ayuda, porque no consigue ocultar su personalidad: se convirtió rápidamente en el ogro patronal que realmente es cuando Claudio Elórtegui lo enfrentó, sin insistir demasiado, sobre sus negocitos. Estaba en el libreto que los periodistas jugarían a ser como los reporteros de las películas yanquis, pero ni siquiera eso toleró nuestro Berlusconi criollo.
Por todo eso Frei puede ganar, pero como quiso decir Karl Marx, la emancipación del pueblo no puede ser obra sino del propio pueblo. Y Frei no es del pueblo.
Frei y Piñera anunciaron solemnemente que gane quien gane, todo seguirá más o menos igual: seguirán allí las AFP, las Isapres, la educación segregada, el negociado de la salud, nadie nacionalizará el agua, ni el cobre, ni el Transantiago; seguirán los subsidios a la riqueza obscena, nadie bajará el IVA, nadie enfrentará el tema mapuche ni cambiará el binominal.
Lo que yo entendí es que seguirá vigente, en letra y espíritu, la Constitución de Jaime Guzmán, impuesta por Augusto Pinochet.
Los periodistas, tan agresivos para emplazarlos a declarar feriado el 17 de septiembre de 2010 o para definirse frente a Cuba y Hugo Chávez, tan buenos para hacerlos callar e interrumpirlos, fueron a la vez tan tímidos para preguntar sobre la Constitución, el pueblo mapuche, los entuertos de LAN, los delitos de Piñera, la propiedad de los medios de comunicación, las licencias radioeléctricas, las privatizaciones de Frei, el armamentismo de Bachelet, el acuerdo de Copenhague o las nuevas bases norteamericanas en Colombia y Panamá.
Es verdad que Frei parecía más aterrizado, que manejaba por lo menos algunos datos para fundamentar sus proyectos, mientras Piñera prometía felicidad eterna, casas, empleos y un futuro brillante para todos y todas sin molestarse en explicar cómo lo haría: él actúa con la misma lógica con que los bancos ofrecen créditos de consumo, y sabe que funciona.
Por supuesto, ninguno de los candidatos expuso idea alguna -y nadie les preguntó- sobre el papel de Chile en el mundo, de la integración latinoamericana, del Banco del Sur, del Movimiento de Países No Alineados (al que nominalmente aun pertenecemos). Los dos se limitaron exclusivamente a ver quién era más mezquino con Bolivia y a dar juicios sobre la democracia en países donde funcionan constituciones legítimas y sistemas electorales proporcionales.
La entrada de Chile a la OCDE es una inmensa metáfora de lo que es el país: un arribista. Nadie ha mencionado que la entrada a la OCDE saca a Chile automáticamente del Grupo de los 77, de los países en desarrollo, en el sistema de Naciones Unidas, lo aleja de América Latina y lo acerca a Estados Unidos y la Unión Europea. Ahora se obliga a sí mismo a endosar las decisiones de los países ricos en los temas de comercio, el sistema financiero internacional, la protección del ambiente, etc, que perjudican al mundo en desarrollo. Como una nana puertas adentro, Chile ahora es “como de la familia”. Y de eso, parece, están todos orgullosos porque nadie ha alzado la menor crítica, ni siquiera en la izquierda.
Pese a todo, es todavía posible que el miedo al Opus Dei, a los legionarios fundamentalistas del diputado Kast (la generación de recambio de la derecha, aun más reaccionaria que sus padres), al regreso de los expertos represivos de la CNI y a la inmensa ola de privatizaciones que Piñera anticipó, movilice a los indecisos y consiga salvar nuevamente a la Concertación. Pero no será por las esperanzas depositadas en Frei.
Y en eso Piñera ayuda, porque no consigue ocultar su personalidad: se convirtió rápidamente en el ogro patronal que realmente es cuando Claudio Elórtegui lo enfrentó, sin insistir demasiado, sobre sus negocitos. Estaba en el libreto que los periodistas jugarían a ser como los reporteros de las películas yanquis, pero ni siquiera eso toleró nuestro Berlusconi criollo.
Por todo eso Frei puede ganar, pero como quiso decir Karl Marx, la emancipación del pueblo no puede ser obra sino del propio pueblo. Y Frei no es del pueblo.
