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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Más alto… pero también más dura la caída

Desde los tiempos bíblicos (recuérdese la Torre de Babel) ha habido quienes han puesto todo su empeño en rascar el cielo con sus edificios. Dubai estos días ha batido el récord con el más alto del mundo. Pero Chile no se queda atrás: reinicio de trabajos del Edificio Costanera Center aspira a hacerlo el más alto de América Latina, descartando condiciones geológicas (país de terremotos) e impacto sobre la ciudad. 

Según el mito bíblico, la construcción de la famosa Torre de Babel iniciada con el propósito de alcanzar el cielo mismo por descendientes de los sobrevivientes del diluvio que en ese entonces hablaban todos una misma lengua, despertó las iras de Dios que como castigo hizo que sus constructores súbitamente fueran incapaces de entenderse entre sí, parando la ambiciosa construcción. De paso esa es la mitológica explicación de cómo los diferentes idiomas se habrían originado.
 
Sin duda el afán de alcanzar el cielo con portentosas y monumentales construcciones ha sido una constante en numerosas civilizaciones hasta nuestros días, dejados atrás los temores de que tal cosa vaya a desatar alguna ira divina o que algún problema de comunicación pueda acaecer. “Símbolos fálicos” sería por otra parte la interpretación freudiana de este afán de erigir estructuras tan altas que desafíen la gravedad pero que a la vez den testimonio de un poder que se asocia naturalmente a la potencia masculina. Eso explicaría la persistencia de torres, obeliscos y otras estructuras verticales, y por cierto los edificios de gran altura que se generalizaron a partir de la introducción de la tecnología del concreto armado en el siglo 19. De paso la visión freudiana también explicaría la voladura de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York como un acto de castración, como a Saturno, una manera de hacer al poderoso indefenso e impotente.
 
No voy a negar que en la espectacularidad de los edificios altos hay algo atrayente: Nueva York, la ciudad de los rascacielos tiene en esa edificación en altura su elemento más interesante. No en vano para los turistas subir al Empire State Building es todavía un acto de rigor cuando uno visita ese lugar (personalmente fue una de las cosas que hice en mi primer viaje a esa ciudad allá por 1980, y en verdad el edificio es interesante además como arquitectura en su elegante estilo art deco. En contraste, el ahora destruido World Trade Center carecía de la elegancia y prestancia del otro, más emblemático edificio).
 
“Más alto” parece ser la consigna y en ello hay una buena dosis de orgullo nacionalista, por lo que – imitadores como somos de cuanta nueva tendencia ocurre en el mundo – no es de sorprender que Chile haya entrado a esta carrera por construir más alto también. Una carrera a la que se ingresó tarde, y por buenas razones: al revés de Nueva York, la mayor parte de Norteamérica y del este del continente, Chile se ubica en una zona altamente proclive a terremotos, algunos mayores asolan al país con cierta regularidad en tanto que temblores menores son ya parte de la rutina cotidiana. Cierto es que por eso mismo Chile desarrolló durante el siglo 20 una eficiente tecnología de construcción antisísmica que precisamente lo hace más resistente a los sacudones de la tierra, también instauró regulaciones de construcción más estrictas justamente por ese misma propensidad a los temblores (regulaciones que por lo que entiendo fueron un tanto relajadas durante la dictadura). En todo caso, las exigencias geológicas hicieron de la construcción en altura una inversión de muy elevado costo, lo que sin duda contribuyó a que Chile no estuviera muy en la carrera de los edificios más altos. Los que sean mis coetáneos recordarán que por mucho tiempo el edificio más alto de Santiago fue el Hotel Carrera construido en 1938 y con una modesta altura de algo así como 14 pisos. Ese edificio con un hermoso estilo interior art deco hoy alberga al Ministerio de Relaciones Exteriores. Recién a mediados de los 60 se levantó el que iba a tener el récord de altura por un tiempo: las Torres de Tajamar en Providencia con 28 pisos, construido en un estilo modernista, con una privilegiada ubicación pero que con todo demoró en terminarse y para promoverlo albergó en su último piso una exposición (Contempora) con un bar desde el cual se podía ver casi toda la ciudad.
 
Tarde pues se llegaba a esa competencia porque ya en 1936 Buenos Aires tenía el Edificio Kavanagh enfrente de la Plaza San Martín, con una altura de 29 pisos y 120 metros de altura, y el Edificio del Ministerio de Obras Públicas (hoy Ministerio de Salud) en plena Avenida 9 de Julio con 23 pisos y 93 metros de altura. Por décadas ambos fueron los edificios más altos en América Latina.
 
Este afán de construir en mega altura en Chile entonces es más bien un fenómeno que se desató a partir de la dictadura, en parte como expresión de una economía neoliberal con un fuerte sentido especulativo donde la imagen es más importante que el crecimiento productivo real. En parte eso también era reflejo de esa concepción ideológica de hacer de Chile un jaguar o un puma, o algo así. Un país moderno debía tener entonces edificios de gran altura al estilo de las grandes ciudades del mundo.
 
En cierto modo uno no puede culpar completamente a nuestras imitadoras elites, construir más alto y con espectacularidad se hizo una obsesión en todas partes, en París el Edificio de la Defensa, aquí en Canadá la que hasta hace pocos años fuera la torre más alta del mundo, la CN Tower en Toronto levantada en 1976 con una elevación de 553 metros, en tanto que el edificio del Canadian Imperial Bank of Commerce en Montreal con sus 52 pisos fue por un tiempo el más alto en todo lo que alguna vez había sido el imperio británico. Por cierto similares edificios de altura proliferaban en Estados Unidos, aunque en los últimos años los récordes de altura se han trasladado a países periféricos: Taiwán con su Taipei 101 a 509 metros, Malasia con sus Petronius Towers en Kuala Lumpur con 610 metros y ahora Dubai con el recientemente inaugurado Burj Khalifa que alcanza impresionantes 828 metros.
 
Con sus 300 metros y torre de 41 pisos el Costanera Center, proyecto estrella del empresario Horst Paulmann, está distante de las ligas mayores que parecen tener un mínimo de 500 metros, pero para el contexto latinoamericano no está mal. La cuestión a la que pocos ponen atención cuando se levantan estructuras de tal magnitud, es el efecto que ellas tienen sobre el vecindario que las alberga, las vías de acceso a ellas y por último sobre la ciudad misma.
 
Mientras no cabe duda que una vez terminado el edificio será motivo de orgullo para mentes nacionalistas, por otro lado la magnitud de la construcción pondrá una seria presión sobre las calles de acceso a él. Eso sin contar las objeciones que se han hecho por la manera como el proyecto fue aprobado y los apoyos directos e indirectos que ha logrado de parte tanto de las autoridades municipales (Providencia, un municipio dominado por la derecha), pero también del gobierno central. Más aun, según ha denunciado la Agrupación Defendamos la Ciudad, el reciente anuncio de construcción de una nueva línea de metro – una buena noticia si se la mira desde el punto de vista de mejorar el transporte público – por otro lado contiene un presente navideño para el empresario del Costanera Center ya que la nueva línea tendrá una de sus estaciones terminales precisamente a las puertas del monumental edificio.
 
Por lo demás el complejo inmobiliario contendrá un centro comercial, un hotel y la torre destinada a residencias u oficinas, lo que indudablemente incrementará considerablemente la población residente o flotante de un sector de la ciudad que ya tiene una alta densidad y cuyos habitantes  por su composición social (principalmente clase media y media alta) hacen abundante uso del automóvil. Los embotellamientos de vehículos en las calles del sector, que ya constituyen un problema, sin duda se agudizarán con la presencia del nuevo gigante que se instalará en el vecindario.
 
Por otro lado, esto de la construcción en mega altura está siendo cuestionado a nivel mundial. Tanto en Canadá como en Estados Unidos, los ciudadanos organizados ponen hoy mucha resistencia a edificaciones muy altas, con objeciones que van desde lo más trivial: tapan el sol, tapan la vista de algún lugar icónico de la urbe (en Montreal el cerro que da nombre a la ciudad), crean “corrientes de aire” en las calles incrementando la sensación de frío especialmente en Canadá, pasando por motivos estéticos: crean desproporciones con el resto de la edificación urbana; hasta motivos más apremiantes y potencialmente graves: imposibilidad de alcanzar sus pisos más altos con los actuales equipamientos bomberiles en caso de incendios y muy difíciles de evacuar en caso de catástrofe, como se vio en la voladura del Wordl Trade Center. La oposición a construcciones desproporcionadas a su entorno ha sido también el motivo por lo que los ciudadanos de San Petersburgo in Rusia han rechazado vehementemente la construcción de la sede corporativa de la gigante petrolera Gazprom en esa ciudad (los ciudadanos de esa ciudad también señalan que simplemente esa gigantesca construcción afeará su ciudad). En cierto modo la demanda de la gente que vive en ciudades en el mundo se puede concretar en una simple frase: un desarrollo urbano a escala humana.
 
Por cierto el problema es mucho más complicado que como se lo pueda abordar en unas pocas líneas. La construcción en altura resuelve problemas, por ejemplo abaratando costos de servicios al aumentar la densidad poblacional o de trabajadores en un vecindario o una ciudad, por otro lado trae otros problemas especialmente si no se tiene una política de desarrollo urbano coherente. Volviendo al caso del controvertido edificio chileno: para los trabajadores de la construcción el reinicio de las obras del Costanera Center anunciado hace unas semanas no pudo venir a mejor tiempo, para aquellos cuyos pechos se hinchan con cada nuevo récord o logro chileno la posibilidad de tener el edificio más alto de Latinoamérica será un motivo de orgullo más, aunque por cierto llegar a vivir en la torre o siquiera alojarse por una noche en su hotel estará fuera del alcance de la abrumadora mayoría de esos mismos chilenos que verán su orgullo patrio estimulado por la vista del gigantesco edificio.
 
Es de esperar que no sea como nos dice la canción: “mientras más alto volamos, nos duela más la caída…”