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Agosto 18, 2026

Flores

Durante la tarde, se fue esfumando el deseo de llamarte, el olor a flores cuyo nombre me dijeron cuando me las regalaron, pero que se me olvido al instante aun me perseguía mientras me preparaba mi café con leche, ¿Lavandas? Que importa el nombre si sentía esa fragancia envolviendo mi cerebro y mareándome hasta las ganas de vomitar, con el café de la tarde pretendía quitarme el olor de las flores sabiendo de mis remotas clases de biología en mi paso universitario  que de alguna manera los receptores del gusto y del olfato se mezclaban, igual que los recuerdos.

Tal vez geranios, como las flores que regaba mi abuela Sofía en su casa de Victoria 357, deseo sin esperanza que su manto protector  logre sacarme este embrujo que persevera en mi nariz, con su gracia gentil y cariñosa, deseo que su recuerdo me visite de tanto en tanto, aunque sin esperanza ya que los geranios no son lo suficientemente poderosos para pasar el limite entre la vida y la muerte.

    El aroma de las flores de cementerio intentan cruzar  ese límite, apareciendo ante mi la compañera del paciente que acababa  de morir, con su hijo en brazos, queriendo saber que había pasado , buscando razones de lo imposible, su muerte rápida e implacable pese a los esfuerzos realizados en las salas del sexto piso del hospital con las paredes descascaradas, nos dejo a todos pasmados, coincidentemente me recordaba de una película francesa en que la protagonista señalaba que la muerte no da explicaciones, que se puede decir ante lo inevitable e inabordable y que no tiene marcha atrás, esbozar algunas palabras que sinteticen lo ocurrido y quedarse con el aroma  de las coronas de caridad. La vida pasa pero también se queda.

    Flores silvestres como las de la hierbabuena o el poleo que crecen en mi huerto de sombra, pese a los designios humanos la naturaleza tiene una rebeldía difícil de domar, son la esperanza o esperanzo de la resistencia biológica al inhumano actuar humano que no trepida en nada ni en nadie, osos polares sin hogar, perros vagabundos abandonados, glaciares que de un año a otro casi desaparecen, niños pidiendo en las esquinas, trabajadores destruidos por el alcohol y la idiotez farandulera, intelectuales pagando TAG sin chistar, apoderados orgullosos recibiendo el diploma de licenciatura de su hija que no alcanza a promediar para la PSU, ancianos que mueren de frío en las ondas polares europeas y etcétera y etcétera , hace un tiempo creía que toda idea terminaba en un etcétera pero tal vez puedan quedar remojando en una aguita de perra con alguna hierba con poderes mágicos que logre extraer de la tierra esa fuerza necesaria para reencauzar el camino extraviado.

Desde mis vacaciones en las tierras del cacique Peñalolén
Álvaro Pizarro Quevedo
28 de diciembre 2009