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Agosto 18, 2026

Copenhague terminó en un papelucho

La reciente reunión cumbre sobre el tema, realizada en Copenhague a convocatoria de las Naciones Unidas, es un claro ejemplo, terminó en un fracaso, por más que se lo quiera encubrir.

Y el fracaso se produjo porque hay muchas pugnas y negocios de por medio, que finalmente obligan a preguntar: si el problema es tan grave, ¿por qué se obstaculizan los paliativos, no digamos ya las soluciones? Pareciera que a Copenhague no se fue a tratar con seriedad el asunto, sino que a una medición de fuerza entre Estados Unidos y las potencias emergentes, en particular China, y los países en desarrollo.

Cuando gobernaba Wiliam Clinton, Estados Unidos suscribió el protocolo de Kyoto. Cuando George Bush llegó a la Casa Blanca, el país se retiró de ese acuerdo. Ahora, con un presidente que habla mucho sobre el cambio climático y la necesidad de producir energías limpias, el gobierno de Obama pone condiciones y luego termina negociando al margen de la cumbre para evitar una derrota total que reduciría aún más su popularidad.

Al iniciarse la reunión, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que ha estado muy locuaz el último tiempo, dijo que su país se sumaría al fondo para recaudar cien mil millones de dólares al año a partir de 2020 para contribuir a que los países en desarrollo pudieran financiar las medidas a adoptar para combatir el cambio climático. Había una condición, que los beneficiados, China entre ellos, aceptaran ser sometidos a supervisión externa. Obviamente China rechazó esa condición por violatoria de su soberanía.

Antes, los países de la Unión Europea habían ofrecido 3 mil 500 millones de dólares a los países en desarrollo entre 2010 y 2012 para que apoyaran el acuerdo que se adoptara en Copenhague, en la perspectiva de sustituir al Protocolo de Kyoto que expira en 2012. Los países en desarrollo defienden  ese protocolo porque es el único documento vinculante sobre el tema.

 

Trampas y resultados mínimos

 

Las cosas no habían avanzado mucho, en especial en lo relativo a establecer un segundo período de acuerdos en el marco del Protocolo de Kyoto, cuando llegó a la capital danesa el presidente Obama. Comenzó entonces una etapa febril de negociaciones, en reuniones en las que participaba sólo una parte de los presidentes y/o  delegados. Así se llegó a la aprobación de un documento que no es representativo de la reunión misma y que se elaboró en conciliábulos a puertas cerradas de unos 25 países dirigidos por Estados Unidos y aunque se sabía que estaban elaborando un documento, del que incluso se filtraron copias, la presidencia de la reunión lo negaba.

Este manejo doloso fue denunciado por presidentes, cancilleres y embajadores, algunos mandatarios se fueron. A este respecto son reveladores el discurso del canciller cubano Bruno Rodríguez  y las reflexiones de Fidel Castro sobre esta cumbre. Entre los países invitados a los conciliábulos estuvieron China y Brasil. Hasta donde se sabe, China no cedió a la demanda estadunidense de que los recortes en sus emisiones fueran verificados por organismos internacionales. Lula no ocultó su molestia al decir: “La cumbre no debería ser un juego de póker, en el que algunos se guardan un as bajo la manga y juegan según sus intereses”.

El delegado de Tuvalú, isla que desaparecerá si sigue aumentando el nivel del mar, señaló que se requería que el calentamento global se limitara a 1.5 grados para salvar a su país y no 2 grados como dice el documento prohijado por Obama. El representante del Grupo de los 77, un sudanés, dijo que el texto redactado en los conciliábulos significaba la muerte de muchos africanos y que era comparable con el Holocausto. 

El canciller argentino Jorge Taiana afirmó que la cumbre había fracasado y responsabilizó de ello a los países desarrollados que “defraudaron una expectativa de la humanidad” pero que “no obstante no lograron imponer una agenda a los países en desarrollo”.                           

La llamada Declaración de Copenhague es un documento no vinculante, que no fue aprobado por unanimidad y por ese motivo no es un acuerdo. La presidencia de la conferencia tomó nota del texto para darle con ello un estatus legal. Ese “papelucho”, como lo llamó el canciller cubano, deja para enero del año entrante el establecimiento de metas de reducción de dióxido de carbono, que era uno de los objetivos de la  reunión. También se refiere al esfuerzo que se debe hacer para evitar que la temperatura suba más de 2 grados y con ese propósito los países desarrollados se comprometen a reducir en 80 por ciento para el… 2050, la emisión de gases de efecto invernadero.

En el texto se confirma la entrega de 30 mil millones de dólares a los países pobres en los próximos tres años para combatir el cambio climático, cifra que aumenta a  100 mil millones de dólares anuales a partir del 2020. Esa cantidad suena muy impresionante, pero si se considera que para el próximo año el presupuesto de Estados Unidos para su guerras en Irak y Afganistán solamente, es de  128 mil millones de dólares, se tendrá una idea más real de su alcance. Se estima que se necesitan 300 mil millones de dólares para este  objetivo y se cree que parte de esos recursos los aportaría el sector privado estadunidense, con lo que se enciende la luz roja.

 

Dudas y riesgos

 

En Estados Unidos ya se hizo una encuesta, de The Washington Post y ABC News, para saber qué piensa la gente sobre el financiamiento que ha ofrecido el gobierno de Obama a los países en desarrollo para combatir el cambio climático y que sería de un 20 a un 30 por ciento de los 100 mil millones de dólares anuales comprometidos. El resultado indica que hay una creciente oposición a que se gaste el dinero de los impuestos para estimular a los países en desarrollo a disminuir el uso de energía.

Por otra parte, los encuestados tienen muchas dudas de que el calentamiento global realmente esté ocurriendo, debido a las discrepancias de los científicos sobre el tema.

En nuestros países también deberíamos pensar un poco, no en lo que señalan los estadunidenses encuestados, sino en lo que nos puede terminar costando tanta y tan “generosa” ayuda del mundo desarrollado y de sus empresarios. En otras palabras, necesitamos saber qué nos van a pedir a cambio de ese dinero.

Para combatir el cambio climático, se afirma, hay que producir energía limpia y esa se obtiene del viento, del agua y de diversos productos agrícolas, se puede obtener, incluso, de la grasa de algunos animales. Pero también se puede generar energía usando recursos naturales que hasta ahora no se han explotado, cuya existencia se ha detectado en algunos países latinoamericanos y es probable que se encuentren también en Africa.

Uno de ellos es el litio, sobre el que ahora se habla un poco  más a raíz de la visita del presidente iraní a Bolivia y su interés en el litio, del que el país del Altiplano tiene un enorme yacimiento en el salar de Uyuni y otro en el de Coipasa, que talvez sean los más grandes a nivel mundial. También hay litio en Chile, en la región norte. En el caso boliviano se calcula que  tiene un valor de cuatro mil millones de millones de dólares. El litio se usa en la fabricación de baterías recargables de notebooks, automóviles híbridos y teléfonos celulares.

El litio chileno ya se está explotando a raíz de una concesión  otorgada por la dictadura de Pinochet., pero ya se ha presentado un proyecto de ley al Parlamento para que en adelante sea propiedad del Estado a través de la Corporación Chilena del Cobre, respetando las concesiones ya otorgadas. El aumento de la demanda de litio ha significado que el precio de la tonelada subiera de mil 760 dólares en 1999 a 6 mil dólares el 2008.

Casos como  el del litio debe haber en muchos otros lugares del llamado Tercer Mundo, los tesoros de la Amazonia son los más codiciados, al igual que los del territorio antártico. Ya se sabe que en las islas Malvinas, cuya propiedad reclaman los argentinos y que es por ahora colonia inglesa, hay importantes yacimientos de petróleo. Recuérdese que cuando los militares argentinos invadieron las islas en 1982  con la intención de recuperarlas, Estados Unidos apoyó en esa guerra a Gran Bretaña, violando el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca que lo obligaba a respaldar a Argentina, que estaba siendo agredida por una potencia extracontinental.

Este y otros sucesos nos indican que, como lo demostró la actitud de Obama en Copenhague, tenemos que estar muy atentos para evitar que a pretexto de ayudarnos a combatir un problema se sigan apoderando de nuestros recursos naturales, veamos otra situación.

Dicen los expertos que al petróleo le quedan de 30 a 40 años a nivel mundial, que las petroleras lo saben y estarían diversificando sus inversiones. Uno de los rubros en los que están invirtiendo su dinero es en el turismo, pero en el turismo ecológico, que les permite entrar a territorios prácticamente inexplorados en los países a los que llega esa inversión. Naturalmente que invierten donde a través de los satélites u otros medios hay indicios de que ahí hay recursos que buscar. Y un desarrollo turístico ecológico puede ser la puerta de entrada al descubrimiento de grandes riquezas. Después de Copenhague hay que abrir bien los ojos.