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La mayoría de los datos estadísticos relativos a las corrientes migratorias, sus números, sus rutas, sus caídos, sus procedencia se remontan a finales de los años 80. En otros casos, inclusive se remontan a los años siguientes, entrados los 90. La coincidencia con el acto celebrado el 9 de noviembre pasado, es decir, la caída del Muro de Berlín –así en mayúsculas–, no es casual. Ese día de 1989 no sólo comenzaba el derrumbe del bloque oriental, sino que ganaba el capitalismo, en su más reciente, y en ese entonces aún joven formato: el neoliberalismo.
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La globalización desde abajo es un hecho concreto y lo demuestra la enorme solidaridad de decenas de redes, cientos de organizaciones y miles de personas alrededor del planeta. No obstante, todavía sigue siendo un objetivo a conquistar, mediante el diálogo, la confrontación cuando necesaria, la humildad, la curiosidad, la paciencia. Un desafío tanto para los ciudadanos migrantes como para los que creen en un mundo más digno para todos. Un reto que es preciso superar, si no queremos correr el riesgo de ser partícipes de la barbarie que desde arriba nos proponen como futuro.
En lo que es la globalización desde abajo la migración tuvo un papel importantísimo. Fueron los migrantes, empujados por sus necesidades, en muchos casos sin mayor conciencia, quienes primero cuestionaron las nuevas fronteras del mundo: abiertas para las mercancías, cerradas para las personas. Tal cuestionamiento primariamente se mostró con la tentativa diaria de evasión de esas fronteras, la desobediencia a la leyes y acciones represivas que se han instrumentado en los pasados 20 años, la sustracción a la explotación impuesta por el capital en los países de origen de las corrientes migratorias. Al mismo tiempo, los migrantes fueron los primeros en llevar y recibir al mensaje cultural no codificado ni dirigido, es decir, no oficial ni elaborado por los intelectuales de la globalización desde arriba. El encuentro casi casual entre las culturas que abajo ha producido los primeros discursos que plantean la multietnicidad y el mestizaje como instrumentos de liberación de la humanidad. Lo anterior también en medio de enormes y en ocasiones profundas contradicciones que han contaminado tanto a las sociedades de destino como a las de origen. Ambas han sufrido el embate de una globalización gestionada desde arriba sin el menor escrúpulo por los ciudadanos tanto de un lado como de otro del planeta. Así las cosas, el resultado ha sido el encuentro, pero también el desencuentro.
En lo que es la globalización desde abajo la migración tuvo un papel importantísimo. Fueron los migrantes, empujados por sus necesidades, en muchos casos sin mayor conciencia, quienes primero cuestionaron las nuevas fronteras del mundo: abiertas para las mercancías, cerradas para las personas. Tal cuestionamiento primariamente se mostró con la tentativa diaria de evasión de esas fronteras, la desobediencia a la leyes y acciones represivas que se han instrumentado en los pasados 20 años, la sustracción a la explotación impuesta por el capital en los países de origen de las corrientes migratorias. Al mismo tiempo, los migrantes fueron los primeros en llevar y recibir al mensaje cultural no codificado ni dirigido, es decir, no oficial ni elaborado por los intelectuales de la globalización desde arriba. El encuentro casi casual entre las culturas que abajo ha producido los primeros discursos que plantean la multietnicidad y el mestizaje como instrumentos de liberación de la humanidad. Lo anterior también en medio de enormes y en ocasiones profundas contradicciones que han contaminado tanto a las sociedades de destino como a las de origen. Ambas han sufrido el embate de una globalización gestionada desde arriba sin el menor escrúpulo por los ciudadanos tanto de un lado como de otro del planeta. Así las cosas, el resultado ha sido el encuentro, pero también el desencuentro.
En lo que es la globalización desde abajo la migración tuvo un papel importantísimo. Fueron los migrantes, empujados por sus necesidades, en muchos casos sin mayor conciencia, quienes primero cuestionaron las nuevas fronteras del mundo: abiertas para las mercancías, cerradas para las personas. Tal cuestionamiento primariamente se mostró con la tentativa diaria de evasión de esas fronteras, la desobediencia a la leyes y acciones represivas que se han instrumentado en los pasados 20 años, la sustracción a la explotación impuesta por el capital en los países de origen de las corrientes migratorias. Al mismo tiempo, los migrantes fueron los primeros en llevar y recibir al mensaje cultural no codificado ni dirigido, es decir, no oficial ni elaborado por los intelectuales de la globalización desde arriba. El encuentro casi casual entre las culturas que abajo ha producido los primeros discursos que plantean la multietnicidad y el mestizaje como instrumentos de liberación de la humanidad. Lo anterior también en medio de enormes y en ocasiones profundas contradicciones que han contaminado tanto a las sociedades de destino como a las de origen. Ambas han sufrido el embate de una globalización gestionada desde arriba sin el menor escrúpulo por los ciudadanos tanto de un lado como de otro del planeta. Así las cosas, el resultado ha sido el encuentro, pero también el desencuentro.
