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Habiéndose disipado un poco la polvareda levantada por las elecciones del pasado 13 de diciembre enfoco mi telescopio para tratar de dilucidar de entre todos los que claman ser vencedores, quiénes en verdad tendrían más credenciales para proclamarse ganadores. No me cuesta llegar a la conclusión que si no los únicos, los que más pueden reclamar ese título son los comunistas.
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En efecto, después de treinta y seis años desde la última vez que militantes del partido de la hoz y el martillo eran oficialmente llamados “honorables”, y de unos veinte años desde que infructuosamente trataron de hacer llegar a algunos de los suyos a los esquivos escaños parlamentarios, el Partido Comunista regresa en gloria y majestad, aunque sea con una modesta representación de sólo tres diputados, todos ellos carentes de experiencia parlamentaria.
La trayectoria del PC en el poder legislativo chileno no es nueva, en los hechos se inicia con su propio fundador y líder del naciente movimiento obrero, Luis Emilio Recabarren quien fue elegido diputado por Tocopilla en 1906 cuando aun era militante del Partido Demócrata, pero mediante una oscura maniobra política (el juramento en el nombre de Dios) le fue negado su acceso al congreso. Finalmente en 1921 fue elegido nuevamente, ahora bajo las banderas del Partido Obrero Socialista, antecesor del PC, y esta vez sí pudo asumir su cargo el que ejerció hasta su suicidio en 1924.
La participación comunista en ambas cámaras devino un hecho habitual del proceso político chileno a partir de los años 30, excepto por el período de 1947 a 1957 mientras estuvo vigente la llamada Ley de Defensa Permanente de la Democracia (más conocida en los círculos izquierdistas como “Ley Maldita”) con algunas notables figuras del PC en los salones del congreso: sus jefes máximos en algún momento, Ricardo Fonseca, Carlos Contreras Labarca, Elías Lafertte y Luis Corvalán, pero también otros que daban otro rostro a la generalmente severa presencia comunista en el parlamento: el poeta Pablo Neruda senador entre 1945 y 1953, cuyo mandato no pudo terminar por obra de la ley de González Videla que ilegalizó a los comunistas; y el “doctor de los pobres”, Jaime Barros Pérez-Cotapos, cuyo aristocrático apellido no era obstáculo para su ardiente dedicación a la causa. El senador Barros sin embargo abandonaría el PC en 1965 para unirse a los maoístas de Espartaco, pero en los años que siguieron al golpe militar, ya radicado en Arica, retornó a las filas del partido que lo había acogido la mayor parte de su vida y con el cual había tenido profundos amores y desamores. Irse del PC en todo caso, no era muy fácil, de camarada uno pasaba automáticamente a ser un “traidor” o un “renegado”.
Claro está, para el PC fue un terremoto la caída del muro de Berlín y luego de la propia Unión Soviética (“la unión irrompible de libres repúblicas” como decía su himno que en verdad probó no ser irrompible y que cuando sus repúblicas pudieron efectivamente ser libres lo primero que hicieron fue abandonar la Unión, en algunos casos lo segundo que hicieron fue agarrarse a balazos con sus antiguos “fraternos” miembros de la Unión) lo que sumado a situaciones nacionales propias, hizo que súbitamente muchos que antes propinaban a diestra y siniestra el epíteto de “renegado” se encontraron ellos mismos en esa situación: ex comunistas. El ahora saliente diputado PPD José Antonio Leal es un caso ilustrativo de esto. Claro está, de haber permanecido en el PC él nunca hubiera sido parte del parlamento chileno.
Las parlamentarios que luego abandonaron las filas del PC hicieron su pequeña historia también, especialmente aquellos que se transformaron en dedicados anticomunistas, el caso más patente sin duda el de Marco Chamúdez, diputado entre 1937 y 1941, expulsado del PC en 1940 y que durante la Segunda Guerra en una extraña vuelta de tuerca ideológica se enrolara como fotógrafo en el ejército estadounidense. En los años 60 con obvio financiamiento externo dirigió la revista PEC una publicación dedicada especialmente a atacar al PC aunque también incluía secciones culturales y una página de humor gráfico a cargo de Jimmy Scott. Otros ex parlamentarios comunistas sin embargo, aunque demonizados por el PC en su momento por asumir posiciones trotskistas (el caso de Manuel Hidalgo por ejemplo, eventualmente incorporado al Partido Socialista) se mantendrían en las filas izquierdistas, como ocurrió al retorno de la democracia con algunos que emigraron hacia el PPD o el PS: María Maluenda y Luis Guastavino, entre otros.
La presencia comunista en el congreso tuvo ciertamente su época de oro entre 1961 y 1973, con un número que en un momento llegó a ser el mayor de los partidos de la izquierda. Ser un parlamentario comunista siempre tuvo aspectos ambivalentes, había como una cierta contradicción vital entre ser representante de un partido cuyo objetivo era la sustitución del sistema sostenido por esa institucionalidad y al mismo tiempo ser parte de esa institucionalidad. Incluso adaptarse a las normas de etiqueta parlamentaria que incluye el título de “honorable” a quienes llegan a ser miembros del congreso. Recuerdo haber charlado de esto con un diputado comunista una vez que acompañando a una delegación extranjera tuve la oportunidad de ser invitado a los comedores del viejo congreso en Santiago y haber probado como postre la que en ese momento se me quedó en la memoria como el mejor trozo de sandía que había probado en mi entonces joven vida. Ciertamente los parlamentarios “se trataban bien” y como el congreso había sido concebido en el siglo 19 como un club exclusivo al que llegaban caballeros de la clase alta, al democratizarse e incorporar a sus filas a los representantes (en muchos casos muy genuinos) del proletariado, no tenía más remedio que extender sus privilegios a esos nuevos miembros también. Para crédito del PC valga decir que – hasta donde sé – era el único partido que usaba una práctica muy peculiar: el partido cobraba las dietas parlamentarias y a cada uno de ellos les daba un pago acorde a sus necesidades, pero básicamente el partido retenía una buena parte de esos sueldos. Evidentemente el PC trataba de hacer una política parlamentaria un tanto diferente, y de algún modo sus miembros nunca fueron vistos plenamente como miembros de la misma “clase política” que los miembros de los otros partidos, incluyendo a otros partidos de la izquierda. Los comunistas eran, a pesar de su larga trayectoria en el parlamento, vistos como algo ajeno a ese “juego de caballeros”. Situación que se vio agudizada en los tiempos que siguieron al golpe militar cuando el congreso chileno fue cerrado y los que alguna vez habían sido “honorables” en el hemiciclo se transformaron en enemigos a los que había que exterminar, como fue el caso del ex diputado comunista Bernardo Araya, antiguo dirigente sindical, detenido desaparecido en 1976 a la edad de 65 años.
Los años 60, aunque de avance para el PC en representación parlamentaria, fueron años en que también tuvo que soportar mucha crítica desde aquellos sectores izquierdistas, principalmente de jóvenes, que buscaban una alternativa a los caminos de la llamada Izquierda tradicional (el PC a su vez respondía duramente a esas críticas catalogando a quienes las hacían como “ultraizquierdistas” que “le hacían el juego a la derecha y al imperialismo”). El concepto de “cretinismo parlamentario” fue desempolvado para endilgarlo a las prácticas negociadoras y de transacción que el PC imponía en muchas de las movilizaciones populares en los gobiernos de Jorge Alessandri y de Eduardo Frei Montalva: el PC entonces en control de la CUT, de varios sindicatos grandes y con notable influencia en federaciones estudiantiles, lanzaba o se sumaba a movilizaciones, las estimulaba y se hacía presente en las calles, pero al mismo tiempo sus parlamentarios u otros emisarios buscaban salidas a los conflictos en conversaciones privadas con parlamentarios, ministros o representantes del gobierno de turno. El PC sabía bien hasta donde podía ir en presionar para conseguir concesiones y al mismo tiempo para mantener un cierto control sobre el movimiento social mismo: con un discurso y un accionar suficientemente enérgico y contestatario como para no ser tildado de “tibio”, pero con la suficiente cuota de autocontrol como para decir “hasta aquí llegamos” cuando las cosas amenazaban arrancarse de su capacidad de dirección o de predicción de los acontecimientos. El MIR y a veces sus aliados socialistas los solían sacar de sus casillas, pero cuando ello ocurría el PC fundamentalmente a través de sus grupos de choque de las Juventudes Comunistas, no vacilaba en “poner orden” en las propia movilización de manera de que esta no se saliera del cauce previsto.
¿Era el PC el que utilizaba sabiamente el sistema parlamentario y la institucionalidad burguesa para adelantar la causa de la clase obrera y de paso ganar más espacios para una concepción del mundo izquierdista? ¿O era el sistema burgués el que mediante el expediente de cederle espacios al PC lo hacía partícipe – o le daba la ilusión de hacerlo partícipe – del proceso de toma de decisiones y por lo tanto neutralizaba su accionar?
Es curioso que sobre este tema algunos sectores, incluso en la derecha, han dicho estos días que es mejor tener al PC en el congreso, así es más fácil comprometerlo y en el fondo contar con él como una póliza de seguro contra una movilización que eventualmente pudiera desencadenar un estallido social. La diferencia es que en los años de oro del PC éste efectivamente controlaba un vasto sector de la clase obrera y del estudiantado, los elementos centrales en las movilizaciones populares. Pero en el Chile de hoy, si uno observa experiencias como las movilizaciones estudiantiles o las protestas mapuches, es difícil decir que detrás de ellas esté la mano del PC. Ni aun cuando lo quisieran, la verdad es que el PC no tiene hoy la influencia de su época dorada y no hay signos de que vaya a recuperarla.
Lo cual no significa desconocer la herencia histórica de la trayectoria del PC en la vida parlamentaria chilena. De hecho en esos años dorados tuvo parlamentarios de primera línea: un orador brillante como César Godoy Urrutia, agudos polemistas como Orlando Millas y Volodia Teitelboim, gente conocedora de su especialidad como José Cademártori o algunos que sin ser extraordinarios hablaban con una innegable sentido de convicción con mucha pasión como Gladys Marín o con cuidada calma analítica en el caso de Jorge Insunza.
La trayectoria del PC en el poder legislativo chileno no es nueva, en los hechos se inicia con su propio fundador y líder del naciente movimiento obrero, Luis Emilio Recabarren quien fue elegido diputado por Tocopilla en 1906 cuando aun era militante del Partido Demócrata, pero mediante una oscura maniobra política (el juramento en el nombre de Dios) le fue negado su acceso al congreso. Finalmente en 1921 fue elegido nuevamente, ahora bajo las banderas del Partido Obrero Socialista, antecesor del PC, y esta vez sí pudo asumir su cargo el que ejerció hasta su suicidio en 1924.
La participación comunista en ambas cámaras devino un hecho habitual del proceso político chileno a partir de los años 30, excepto por el período de 1947 a 1957 mientras estuvo vigente la llamada Ley de Defensa Permanente de la Democracia (más conocida en los círculos izquierdistas como “Ley Maldita”) con algunas notables figuras del PC en los salones del congreso: sus jefes máximos en algún momento, Ricardo Fonseca, Carlos Contreras Labarca, Elías Lafertte y Luis Corvalán, pero también otros que daban otro rostro a la generalmente severa presencia comunista en el parlamento: el poeta Pablo Neruda senador entre 1945 y 1953, cuyo mandato no pudo terminar por obra de la ley de González Videla que ilegalizó a los comunistas; y el “doctor de los pobres”, Jaime Barros Pérez-Cotapos, cuyo aristocrático apellido no era obstáculo para su ardiente dedicación a la causa. El senador Barros sin embargo abandonaría el PC en 1965 para unirse a los maoístas de Espartaco, pero en los años que siguieron al golpe militar, ya radicado en Arica, retornó a las filas del partido que lo había acogido la mayor parte de su vida y con el cual había tenido profundos amores y desamores. Irse del PC en todo caso, no era muy fácil, de camarada uno pasaba automáticamente a ser un “traidor” o un “renegado”.
Claro está, para el PC fue un terremoto la caída del muro de Berlín y luego de la propia Unión Soviética (“la unión irrompible de libres repúblicas” como decía su himno que en verdad probó no ser irrompible y que cuando sus repúblicas pudieron efectivamente ser libres lo primero que hicieron fue abandonar la Unión, en algunos casos lo segundo que hicieron fue agarrarse a balazos con sus antiguos “fraternos” miembros de la Unión) lo que sumado a situaciones nacionales propias, hizo que súbitamente muchos que antes propinaban a diestra y siniestra el epíteto de “renegado” se encontraron ellos mismos en esa situación: ex comunistas. El ahora saliente diputado PPD José Antonio Leal es un caso ilustrativo de esto. Claro está, de haber permanecido en el PC él nunca hubiera sido parte del parlamento chileno.
Las parlamentarios que luego abandonaron las filas del PC hicieron su pequeña historia también, especialmente aquellos que se transformaron en dedicados anticomunistas, el caso más patente sin duda el de Marco Chamúdez, diputado entre 1937 y 1941, expulsado del PC en 1940 y que durante la Segunda Guerra en una extraña vuelta de tuerca ideológica se enrolara como fotógrafo en el ejército estadounidense. En los años 60 con obvio financiamiento externo dirigió la revista PEC una publicación dedicada especialmente a atacar al PC aunque también incluía secciones culturales y una página de humor gráfico a cargo de Jimmy Scott. Otros ex parlamentarios comunistas sin embargo, aunque demonizados por el PC en su momento por asumir posiciones trotskistas (el caso de Manuel Hidalgo por ejemplo, eventualmente incorporado al Partido Socialista) se mantendrían en las filas izquierdistas, como ocurrió al retorno de la democracia con algunos que emigraron hacia el PPD o el PS: María Maluenda y Luis Guastavino, entre otros.
La presencia comunista en el congreso tuvo ciertamente su época de oro entre 1961 y 1973, con un número que en un momento llegó a ser el mayor de los partidos de la izquierda. Ser un parlamentario comunista siempre tuvo aspectos ambivalentes, había como una cierta contradicción vital entre ser representante de un partido cuyo objetivo era la sustitución del sistema sostenido por esa institucionalidad y al mismo tiempo ser parte de esa institucionalidad. Incluso adaptarse a las normas de etiqueta parlamentaria que incluye el título de “honorable” a quienes llegan a ser miembros del congreso. Recuerdo haber charlado de esto con un diputado comunista una vez que acompañando a una delegación extranjera tuve la oportunidad de ser invitado a los comedores del viejo congreso en Santiago y haber probado como postre la que en ese momento se me quedó en la memoria como el mejor trozo de sandía que había probado en mi entonces joven vida. Ciertamente los parlamentarios “se trataban bien” y como el congreso había sido concebido en el siglo 19 como un club exclusivo al que llegaban caballeros de la clase alta, al democratizarse e incorporar a sus filas a los representantes (en muchos casos muy genuinos) del proletariado, no tenía más remedio que extender sus privilegios a esos nuevos miembros también. Para crédito del PC valga decir que – hasta donde sé – era el único partido que usaba una práctica muy peculiar: el partido cobraba las dietas parlamentarias y a cada uno de ellos les daba un pago acorde a sus necesidades, pero básicamente el partido retenía una buena parte de esos sueldos. Evidentemente el PC trataba de hacer una política parlamentaria un tanto diferente, y de algún modo sus miembros nunca fueron vistos plenamente como miembros de la misma “clase política” que los miembros de los otros partidos, incluyendo a otros partidos de la izquierda. Los comunistas eran, a pesar de su larga trayectoria en el parlamento, vistos como algo ajeno a ese “juego de caballeros”. Situación que se vio agudizada en los tiempos que siguieron al golpe militar cuando el congreso chileno fue cerrado y los que alguna vez habían sido “honorables” en el hemiciclo se transformaron en enemigos a los que había que exterminar, como fue el caso del ex diputado comunista Bernardo Araya, antiguo dirigente sindical, detenido desaparecido en 1976 a la edad de 65 años.
Los años 60, aunque de avance para el PC en representación parlamentaria, fueron años en que también tuvo que soportar mucha crítica desde aquellos sectores izquierdistas, principalmente de jóvenes, que buscaban una alternativa a los caminos de la llamada Izquierda tradicional (el PC a su vez respondía duramente a esas críticas catalogando a quienes las hacían como “ultraizquierdistas” que “le hacían el juego a la derecha y al imperialismo”). El concepto de “cretinismo parlamentario” fue desempolvado para endilgarlo a las prácticas negociadoras y de transacción que el PC imponía en muchas de las movilizaciones populares en los gobiernos de Jorge Alessandri y de Eduardo Frei Montalva: el PC entonces en control de la CUT, de varios sindicatos grandes y con notable influencia en federaciones estudiantiles, lanzaba o se sumaba a movilizaciones, las estimulaba y se hacía presente en las calles, pero al mismo tiempo sus parlamentarios u otros emisarios buscaban salidas a los conflictos en conversaciones privadas con parlamentarios, ministros o representantes del gobierno de turno. El PC sabía bien hasta donde podía ir en presionar para conseguir concesiones y al mismo tiempo para mantener un cierto control sobre el movimiento social mismo: con un discurso y un accionar suficientemente enérgico y contestatario como para no ser tildado de “tibio”, pero con la suficiente cuota de autocontrol como para decir “hasta aquí llegamos” cuando las cosas amenazaban arrancarse de su capacidad de dirección o de predicción de los acontecimientos. El MIR y a veces sus aliados socialistas los solían sacar de sus casillas, pero cuando ello ocurría el PC fundamentalmente a través de sus grupos de choque de las Juventudes Comunistas, no vacilaba en “poner orden” en las propia movilización de manera de que esta no se saliera del cauce previsto.
¿Era el PC el que utilizaba sabiamente el sistema parlamentario y la institucionalidad burguesa para adelantar la causa de la clase obrera y de paso ganar más espacios para una concepción del mundo izquierdista? ¿O era el sistema burgués el que mediante el expediente de cederle espacios al PC lo hacía partícipe – o le daba la ilusión de hacerlo partícipe – del proceso de toma de decisiones y por lo tanto neutralizaba su accionar?
Es curioso que sobre este tema algunos sectores, incluso en la derecha, han dicho estos días que es mejor tener al PC en el congreso, así es más fácil comprometerlo y en el fondo contar con él como una póliza de seguro contra una movilización que eventualmente pudiera desencadenar un estallido social. La diferencia es que en los años de oro del PC éste efectivamente controlaba un vasto sector de la clase obrera y del estudiantado, los elementos centrales en las movilizaciones populares. Pero en el Chile de hoy, si uno observa experiencias como las movilizaciones estudiantiles o las protestas mapuches, es difícil decir que detrás de ellas esté la mano del PC. Ni aun cuando lo quisieran, la verdad es que el PC no tiene hoy la influencia de su época dorada y no hay signos de que vaya a recuperarla.
Lo cual no significa desconocer la herencia histórica de la trayectoria del PC en la vida parlamentaria chilena. De hecho en esos años dorados tuvo parlamentarios de primera línea: un orador brillante como César Godoy Urrutia, agudos polemistas como Orlando Millas y Volodia Teitelboim, gente conocedora de su especialidad como José Cademártori o algunos que sin ser extraordinarios hablaban con una innegable sentido de convicción con mucha pasión como Gladys Marín o con cuidada calma analítica en el caso de Jorge Insunza.
No cabe duda, los comunistas jugaron bien sus cartas al buscar un acuerdo electoral con la Concertación lo que les ha significado obtener tres diputados que no hubieran podido lograr dado el actual sistema binominal heredado de la dictadura. Queda por verse si los nuevos “honorables camaradas” harán honor a una larga trayectoria que – para bien o para mal – es ya parte de la historia política de Chile.
