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Los resultados de la reunión sobre cambio climático, que trata de reducir el calentamiento global, han dejado tras de sí un frío que se suma al del invierno en Copenhague.
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Se ha dicho que el planeta es de todos y que no puede posponerse la acción contra el cambio climático. En principio eso es cierto, pero lo que no puede obviarse es la realidad de la enorme desigualdad entre la población. Eso no sólo ocurre entre naciones ricas y pobres, sino de manera esencial en cada uno de los países.
Mientras las naciones ricas puedan desplazar las repercusiones adversas del cambio climático hacia los más pobres, lo harán. Mientras se puedan desplazar sus efectos a ciertas comunidades, como ocurrió en Nueva Orléans, se hará. Existen incentivos de muchos tipos para que esto siga ocurriendo, así como para concentrar los efectos favorables de los acuerdos limitados a los que se han ido llegando. Ningún gobierno quiere hoy sacrificar la posibilidad de crecimiento de mediano plazo por cuestiones asociadas con el cambio del patrón energético en la acumulación de capital. Por otro lado, las nuevas tecnologías y su financiamiento ofrecen grandes oportunidades de negocio. El sistema financiero en el mundo está hoy bastante golpeado y no es descartable que una nueva ola de especulación se concentre en esta área de la economía y que, según algunos cálculos, podría representar más de un par de billones de dólares. Estamos, pues, ante un dilema. Hay necesidad de acuerdos colectivos de naturaleza política para frenar el cambio climático global que afecta a todos. Hay también condiciones que tienden a orientar dichas acciones para generar beneficios bien delimitados que se asocian con las ganancias financieras y la concentración del poder en el mundo. El conflicto podría derivar en mayor enfrentamiento bélico; sólo hay que pensar en las disputas por el agua. Mientras tanto, en Copenhague no se avanzó en la dirección ni en las acciones esperadas. Los pactos entre Estados Unidos y China no compensan la falta de acuerdos entre las partes para enfrentar un asunto de relevancia global. Marcelo, en Hamlet, ya lo dijo: algo está podrido en Dinamarca.No se trata, pues, de cuestiones solamente técnicas. Es un asunto complejo de economía política. Las industrias de combustibles fósiles reciben subsidios anuales de los gobiernos por alrededor de 72 mil millones de dólares. Eso repercute de modo adverso en la relación de los precios relativos encareciendo las tecnologías alternativas. Los intereses económicos de la industria petrolera y sus derivados son muy grandes, y enredada la trama con el poder político.
No se trata, pues, de cuestiones solamente técnicas. Es un asunto complejo de economía política. Las industrias de combustibles fósiles reciben subsidios anuales de los gobiernos por alrededor de 72 mil millones de dólares. Eso repercute de modo adverso en la relación de los precios relativos encareciendo las tecnologías alternativas. Los intereses económicos de la industria petrolera y sus derivados son muy grandes, y enredada la trama con el poder político.
No se trata, pues, de cuestiones solamente técnicas. Es un asunto complejo de economía política. Las industrias de combustibles fósiles reciben subsidios anuales de los gobiernos por alrededor de 72 mil millones de dólares. Eso repercute de modo adverso en la relación de los precios relativos encareciendo las tecnologías alternativas. Los intereses económicos de la industria petrolera y sus derivados son muy grandes, y enredada la trama con el poder político.
