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Vamos a la segunda vuelta, una expresión que me trae imágenes de alguna película de época ambientada en siglos anteriores. Antiguos salones de baile, no muy diferentes de los salones donde en estos mismos instantes deben estarse llevando a cabo ardorosas búsquedas de acuerdos: quienes bailarán con quienes y a cambio de qué.
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En esas antiguas escenas que antes rememoraba al dar una vuelta en el baile las parejas se intercambiaban, luego de hacerse una cortés reverencia. Eso era lo que ocurría en el minué y otras danzas de salón más o menos hasta el siglo 18. Esto del reacomodo de los bailarines probablemente tenía más que nada el propósito que los jóvenes danzantes no se entusiasmaran demasiado uno con el otro, la rotación de los bailarines trataba de evitar que las parejas se familiarizaran demasiado. Todo esto cambió por cierto con la irrupción del vals que por primera vez permitió que las parejas tuvieran un contacto físico mucho mayor ya que el hombre tomaba a la muchacha por la cintura; un verdadero escándalo si se piensa que en el minué los bailarines lo único que se tocaban era la punta de los dedos. El vals vino así a convertirse en el primer baile que subvertía las “buenas costumbres”, como el tango y el rock’n’roll lo harían siglos más tarde.
Pero en estos días no son las vueltas en un salón de baile las que preocupan al viejo país al que enfoco con mi telescopio, sino la segunda vuelta de una contienda presidencial de la que por ahora sólo se puede anticipar una sola cosa: va a ser de un resultado sumamente estrecho que probablemente no quedará dilucidado la noche misma de la elección como en previas ocasiones.
Como en el caso del baile que antes mencionaba sin embargo, hay – si no cambios de parejas – por lo menos importantes reacomodos que el nuevo escenario impone. Vemos por ejemplo a la candidatura de la Concertación moviéndose hacia la izquierda en un obvio afán de captar la votación de Jorge Arrate, votación que por lo demás no tiene mucha más opción que sumar su apoyo a Eduardo Frei. Más complicada es la situación respecto de los votos que fueron a Marco Enríquez-Ominami: su candidatura si bien tiene una base social y política de izquierda, hizo campaña sobre una plataforma de independencia respecto de las opciones principales y en los hechos adquirió un carácter transversal, parecido al que tuvo el PPD en sus orígenes, donde convergía gente proveniente de los partidos de izquierda pero también gente de la derecha (la “Derecha republicana” que siempre estuvo contra Pinochet).
Por cierto la actitud de Enríquez-Ominani la noche de la elección debe haber irritado a los partidarios de la Concertación: ¿cómo es eso de que no se sumará al esfuerzo para derrotar a Sebastián Piñera? decía indignada mucha gente de la Concertación. Pero aquí hay que entender que obviamente en política cada cual hace su propio juego en función de los objetivos que se ha trazado. Estratégicamente hablando, Enríquez-Ominami se plantea levantar un movimiento alternativo a la Concertación y a la derecha, su respetable 20% le da algunos elementos como para pensar que puede sacar algo de eso. Eso sin contar que dada su juventud tiene tiempo de sobra para encaminarse en ese proyecto. (Que su proyecto vaya a funcionar o no es harina de otro costal y depende de muchos factores, incluyendo la propia habilidad política que muestre: la “muñeca” de la que hablaba Allende). Tácticamente sin embargo, el otrora diputado socialista tiene que balancear dos difíciles situaciones: cómo mantener su credibilidad en términos de su proyecto alternativo, sin por otro lado aparecer que por su porfiada neutralidad termina favoreciendo a uno de los contendores y precisamente al que podría tener un mayor grado de repulsa en su propia base de apoyo. En estricto principio Enríquez-Ominami está en lo correcto al afirmar que los votos de quienes lo apoyaron no son de su propiedad y no puede endosarlos así como así. Lo verdaderamente importante para él sin embargo, es si su endoso o no endoso de votos (básicamente a la candidatura de Frei) daña o ayuda a su proyecto estratégico. ¿Un modo de pensar ególatra o egoísta? Quizás algunos lo vean así, pero la política es una técnica para obtener instancias de poder o al menos de influencia, y no es para nada extraño ni reprochable que Enríquez-Ominami haga sus movidas en función de sus objetivos de largo alcance.
Dicho lo anterior, eso no significa que su electorado tenga un tal grado de monolitismo que vaya a quedar aislado del presente tema central que es el de decidir entre la Concertación – con todos sus problemas e insuficiencias, pero también con las innegables transformaciones positivas que ha hecho en el país en estos agitados veinte años – y una Derecha que ciertamente expresa a una clase empresarial muy poderosa que al conquistar el gobierno llegará a tener un control total de la sociedad chilena. Por cierto los espacios democráticos que se han creado desde 1989 no harían posible un retorno de las formas más represivas y brutales de la última vez que la Derecha (con muchos de sus actuales adalides en posiciones claves) gobernara el país. Lo que un eventual gobierno de Piñera encarnaría es más bien una suerte de retorno del neoliberalismo más desbocado, un verdadero paraíso para los grandes inversionistas y el capital tanto criollo como foráneo. No es probable que desmonte los planes sociales ya en pie, pero difícilmente se pondrían en marcha las reformas que la propia Concertación estuvo impedida de realizar todos estos años: mejoramientos a la salud y reforma al sistema de las Isapres, introducción de una AFP estatal, mejoramientos en la educación. Ante tal disyuntiva, encuentro altamente improbable que los electores de Enríquez-Ominami vayan a quedarse como meros observadores desentendidos de la coyuntura. Probablemente algunos – los jóvenes que se inscribieron específicamente para apoyar a quien aparecía como “uno de los suyos” – efectivamente se resten y el 17 de enero se abstengan o anulen. Sin embargo creo que la mayoría se inclinará por Frei. La cuestión es cuántos de estos votantes se irán con Piñera ya que una de las mayores complicaciones para la Concertación es la alta votación que obtuvo el candidato derechista: con un 44% lo único que éste necesitaría sería un cuarto de la votación de Enríquez-Ominami (5 puntos) con lo que haría 49% más entre un 1 y 1.5% de votos indecisos o “swing votes” como se llama en Norteamérica a aquellos que cambian u oscilan entre diversas candidaturas, para lograr una estrecha victoria.
Ciertamente se trata de una situación compleja para la Concertación pero no un obstáculo insuperable si en estos últimos tramos es capaz de lanzar una efectiva movilización de un modo positivo por la afirmación de un proyecto progresista. No sé si sea una suerte de expresión de deseos, pero contrariamente a lo que mucha gente dice, incluyendo no pocos de mis propios amigos de izquierda, la gente chilena no es necesariamente “derechista de corazón” y dispuesta a irse tras los cantos de sirena del empresario candidato. Pero tengo la impresión que la gente no se va a movilizar meramente por miedo o por una inefectiva propaganda negativa (a la gente no le importa que Piñera sea un empresario o que sea rico, pero a la gente le interesa qué es lo que un nuevo gobierno de la Concertación va a ser por ella que sea un mejoramiento de lo que ya se hizo).
Muchas vueltas se le pueden dar a la segunda vuelta, pero por de pronto no se puede saber si los acomodos para los votantes ajenos van a resultar en lo que se espera: un nuevo gobierno de la Concertación que sin embargo marque una partida definitiva de las modalidades signadas por la complacencia y la rutina que en definitiva la redujeron a menos de un tercio de las preferencias presidenciales lo que a su vez no fue sino la respuesta que a su dirigencia le dio un pueblo que hace rato que se ha sentido como que ya no está más en el baile. Veamos si al revés del minué donde la familiaridad era desalentada, la gente que proclamaba que la alegría ya venía en los 90, podrá nuevamente sentirse íntimamente abrazada con un proyecto que le vuelva a decir algo.
Pero en estos días no son las vueltas en un salón de baile las que preocupan al viejo país al que enfoco con mi telescopio, sino la segunda vuelta de una contienda presidencial de la que por ahora sólo se puede anticipar una sola cosa: va a ser de un resultado sumamente estrecho que probablemente no quedará dilucidado la noche misma de la elección como en previas ocasiones.
Como en el caso del baile que antes mencionaba sin embargo, hay – si no cambios de parejas – por lo menos importantes reacomodos que el nuevo escenario impone. Vemos por ejemplo a la candidatura de la Concertación moviéndose hacia la izquierda en un obvio afán de captar la votación de Jorge Arrate, votación que por lo demás no tiene mucha más opción que sumar su apoyo a Eduardo Frei. Más complicada es la situación respecto de los votos que fueron a Marco Enríquez-Ominami: su candidatura si bien tiene una base social y política de izquierda, hizo campaña sobre una plataforma de independencia respecto de las opciones principales y en los hechos adquirió un carácter transversal, parecido al que tuvo el PPD en sus orígenes, donde convergía gente proveniente de los partidos de izquierda pero también gente de la derecha (la “Derecha republicana” que siempre estuvo contra Pinochet).
Por cierto la actitud de Enríquez-Ominani la noche de la elección debe haber irritado a los partidarios de la Concertación: ¿cómo es eso de que no se sumará al esfuerzo para derrotar a Sebastián Piñera? decía indignada mucha gente de la Concertación. Pero aquí hay que entender que obviamente en política cada cual hace su propio juego en función de los objetivos que se ha trazado. Estratégicamente hablando, Enríquez-Ominami se plantea levantar un movimiento alternativo a la Concertación y a la derecha, su respetable 20% le da algunos elementos como para pensar que puede sacar algo de eso. Eso sin contar que dada su juventud tiene tiempo de sobra para encaminarse en ese proyecto. (Que su proyecto vaya a funcionar o no es harina de otro costal y depende de muchos factores, incluyendo la propia habilidad política que muestre: la “muñeca” de la que hablaba Allende). Tácticamente sin embargo, el otrora diputado socialista tiene que balancear dos difíciles situaciones: cómo mantener su credibilidad en términos de su proyecto alternativo, sin por otro lado aparecer que por su porfiada neutralidad termina favoreciendo a uno de los contendores y precisamente al que podría tener un mayor grado de repulsa en su propia base de apoyo. En estricto principio Enríquez-Ominami está en lo correcto al afirmar que los votos de quienes lo apoyaron no son de su propiedad y no puede endosarlos así como así. Lo verdaderamente importante para él sin embargo, es si su endoso o no endoso de votos (básicamente a la candidatura de Frei) daña o ayuda a su proyecto estratégico. ¿Un modo de pensar ególatra o egoísta? Quizás algunos lo vean así, pero la política es una técnica para obtener instancias de poder o al menos de influencia, y no es para nada extraño ni reprochable que Enríquez-Ominami haga sus movidas en función de sus objetivos de largo alcance.
Dicho lo anterior, eso no significa que su electorado tenga un tal grado de monolitismo que vaya a quedar aislado del presente tema central que es el de decidir entre la Concertación – con todos sus problemas e insuficiencias, pero también con las innegables transformaciones positivas que ha hecho en el país en estos agitados veinte años – y una Derecha que ciertamente expresa a una clase empresarial muy poderosa que al conquistar el gobierno llegará a tener un control total de la sociedad chilena. Por cierto los espacios democráticos que se han creado desde 1989 no harían posible un retorno de las formas más represivas y brutales de la última vez que la Derecha (con muchos de sus actuales adalides en posiciones claves) gobernara el país. Lo que un eventual gobierno de Piñera encarnaría es más bien una suerte de retorno del neoliberalismo más desbocado, un verdadero paraíso para los grandes inversionistas y el capital tanto criollo como foráneo. No es probable que desmonte los planes sociales ya en pie, pero difícilmente se pondrían en marcha las reformas que la propia Concertación estuvo impedida de realizar todos estos años: mejoramientos a la salud y reforma al sistema de las Isapres, introducción de una AFP estatal, mejoramientos en la educación. Ante tal disyuntiva, encuentro altamente improbable que los electores de Enríquez-Ominami vayan a quedarse como meros observadores desentendidos de la coyuntura. Probablemente algunos – los jóvenes que se inscribieron específicamente para apoyar a quien aparecía como “uno de los suyos” – efectivamente se resten y el 17 de enero se abstengan o anulen. Sin embargo creo que la mayoría se inclinará por Frei. La cuestión es cuántos de estos votantes se irán con Piñera ya que una de las mayores complicaciones para la Concertación es la alta votación que obtuvo el candidato derechista: con un 44% lo único que éste necesitaría sería un cuarto de la votación de Enríquez-Ominami (5 puntos) con lo que haría 49% más entre un 1 y 1.5% de votos indecisos o “swing votes” como se llama en Norteamérica a aquellos que cambian u oscilan entre diversas candidaturas, para lograr una estrecha victoria.
Ciertamente se trata de una situación compleja para la Concertación pero no un obstáculo insuperable si en estos últimos tramos es capaz de lanzar una efectiva movilización de un modo positivo por la afirmación de un proyecto progresista. No sé si sea una suerte de expresión de deseos, pero contrariamente a lo que mucha gente dice, incluyendo no pocos de mis propios amigos de izquierda, la gente chilena no es necesariamente “derechista de corazón” y dispuesta a irse tras los cantos de sirena del empresario candidato. Pero tengo la impresión que la gente no se va a movilizar meramente por miedo o por una inefectiva propaganda negativa (a la gente no le importa que Piñera sea un empresario o que sea rico, pero a la gente le interesa qué es lo que un nuevo gobierno de la Concertación va a ser por ella que sea un mejoramiento de lo que ya se hizo).
Muchas vueltas se le pueden dar a la segunda vuelta, pero por de pronto no se puede saber si los acomodos para los votantes ajenos van a resultar en lo que se espera: un nuevo gobierno de la Concertación que sin embargo marque una partida definitiva de las modalidades signadas por la complacencia y la rutina que en definitiva la redujeron a menos de un tercio de las preferencias presidenciales lo que a su vez no fue sino la respuesta que a su dirigencia le dio un pueblo que hace rato que se ha sentido como que ya no está más en el baile. Veamos si al revés del minué donde la familiaridad era desalentada, la gente que proclamaba que la alegría ya venía en los 90, podrá nuevamente sentirse íntimamente abrazada con un proyecto que le vuelva a decir algo.
