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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Añoranzas del voto

Para los chilenos del exterior los comicios del domingo venidero presentan una variedad de sentimientos, algunos contradictorios.

Por un lado las mismas expectativas e incertidumbres que afligen a nuestros compatriotas del interior, por otro, el sentimiento de frustración de no tener arte ni parte en un proceso del que con tantas ganas la mayoría de la comunidad del exterior quisiera ser partícipe.

En algunas localidades del exterior, donde hay comunidades chilenas de una cierta envergadura numérica, se ha lanzado la iniciativa de hacer un voto simbólico. Aquí en Montreal como en otras ciudades de Canadá, también se hará. En general se tratará de actividades más con una finalidad de socializar que de otra cosa: bien sabemos que será un voto simbólico, no un voto real. Por cierto, según como se mire esta iniciativa en Chile, para los que nos apoyan en este hasta ahora infructuoso empeño, se tratará de un acto más de afirmación de un derecho al que las comunidades del exterior aspiran y que hasta ahora se les sigue negando, un acto de protesta; en tanto que para los que se solazan en rechazar ese derecho, este voto simbólico será no más que un gesto patético que – dada la insensibilidad tradicional de la mayor parte de la Derecha – hasta les parecerá irrisorio.

Hay que recordar que aunque la idea de otorgar el derecho a voto a los chilenos del exterior ha tenido un sólido respaldo de parte del presente gobierno, moverse desde ese principio a la implementación en la práctica ha sido mucho más complicado. Es de presumir que una vez que se instale el nuevo parlamento en marzo, y según como sea la correlación de fuerzas allí, la iniciativa del derecho a voto en el exterior obtenga un nuevo impulso o simplemente muera ahí mismo. Para peor, el pesado aparataje burocrático chileno, siempre tan renuente a los cambios, pondrá más palitos en el camino que transite el voto en el exterior. Recuérdese que hace unos meses el director del Servicio Electoral desahució la idea de que se pudiera legislar sobre votar en el exterior simplemente por una supuesta imposibilidad técnica (¡cómo si este señor no conociera las computadoras que pueden hacer el trabajo de inscribir chilenos en el exterior con gran celeridad!). El solo hecho que un burócrata que nadie lo ha votado y que para peor es un remanente de la dictadura, pusiera cortapisas a las decisiones de quienes han sido elegidos por el pueblo, habla bastante mal del estado de la ya muy imperfecta democracia chilena.

Hasta ahora la situación de la mayoría de los otros países latinoamericanos, incluyendo nuestros vecinos inmediatos, los cuales permiten a sus ciudadanos en exterior votar, había sido un buen argumento y creo que continúa siéndolo ya que sirve para recalcar cuán atrasado Chile se halla ya no sólo respecto de países con más larga tradición democrática como Canadá, sino respecto de otros que hasta hace poco no eran considerados como países que pudieran dar lecciones a Chile. Bueno, resulta que Bolivia, Ecuador y Argentina entre otros, tienen instituciones jurídicas hoy mucho más democráticas que las de Chile. Lamentablemente el rechazo al “voto epistolar” como se le llamó, en un reciente plebiscito en Uruguay puede ser visto como un paso atrás en esa tendencia a reconocer a los ciudadanos del exterior, pero aun cuando se ha tratado de un traspié, él no invalida una tendencia general en el continente de dar el derecho a voto a sus ciudadanos en el exterior.

Los argumentos en contra del derecho a voto en el exterior han sido muy variados, desde quienes apuntan a un supuesto contrasentido en darle derecho a decidir a quienes no harían una contribución al país, una suerte de representation without taxation es decir, una versión al revés de la consigna que llevó a la revolución independentista en Estados Unidos. Otros alegan que los que llevan mucho tiempo fuera del país ya han perdido contacto y conocimiento de la realidad del país dejado atrás, por mucho que las causas que nos llevaron a dejar el país hayan sido ajenas a nuestra voluntad (a lo más, los que así piensan, ofrecen una concesión: derecho a voto a los que hayan salido en los últimos cinco años o – quizás también – a los que habiendo salido antes hayan viajado a Chile en los últimos cinco años). Hay por cierto argumentos más pedestres como los que hizo un parlamentario derechista de que las elecciones en Chile se dan en un marco institucional muy estructurado, en los hechos bajo control militar, lo que por cierto no se daría en los consulados del exterior. Argumento muy traído de los cabellos porque en verdad eso que los militares controlen el proceso electoral es más bien un anquilosado procedimiento propio de dictaduras como la hondureña actual, pero que se sepa, en ninguna democracia que se precie de tal se vota con soldados portando metralletas en los recintos de votación. Aquí en Canadá, como en la mayor parte del mundo civilizado, en día de elecciones corresponde a la policía guardar el orden y su presencia rara vez es necesaria en los recintos de votación mismos.

Cada uno de esos argumentos ha sido rebatido por quienes defienden el derecho a votar en el exterior, por lo que no vale mucho la pena abundar sobre cada uno de ellos. Más bien aquí lo que creo que corresponde es reflexionar sobre el carácter mismo de la nación como entidad y constatar como la idea de nación como un pueblo que comparte una identidad, un territorio, una cultura y otros aspectos, es una idea que debe revisarse porque en los hechos está experimentando un profundo cambio. No sólo Chile sino en prácticamente todos los países del mundo, en mayor o menor grado, se ha acrecentado en los últimos años el fenómenos migratorio. Gente va y viene, el vilipendiado concepto de globalización, sirve en este caso para dar un marco de referencia a este fenómeno migratorio. Por de pronto en la mayoría de los casos esa migración es todavía un proceso que responde a causas ajenas a la voluntad de los que toman el camino de salir de sus países: guerras civiles, persecuciones políticas o religiosas, desesperantes condiciones económicas. Pero también se da en un número creciente la migración voluntaria de gente que busca otras experiencias de trabajo y de vida. Por lo demás, los medios de comunicación y de transporte permiten un contacto a través de las distancias como no se daba antes de los años 70. Recuerdo en mi adolescencia haber viajado en avión y ver a mi padre y demás viajeros de traje y corbata, como una ocasión muy especial que requería de atuendos acordes. Nada que ver por cierto con la manera sumamente informal con que la gente aborda un avión hoy en día. El viajar de un país o de un continente a otro es cosa de rutina, por su parte el Internet permite un intercambio instantáneo de carácter virtual es cierto, pero intercambio de todos modos. Las fronteras se traspasan de un modo como nunca antes, por lo que en definitiva el concepto mismo de nación tiene que adaptarse a estos cambios. Probablemente haya que hablar de Chile y de los chilenos más que como una nación afincada en un territorio determinado, como una “nación global”, con chilenos por todas partes del mundo (como hay argentinos, ecuatorianos, uruguayos, etc. en todas partes del mundo). ¡Bienvenidos al mundo de las naciones globales! Y enhorabuena, pues. Un concepto de tal naturaleza implica varias cosas positivas, apertura a otras culturas, enriquecimiento de experiencias y por cierto asumir más de una identidad nacional, lo cual es un buen contrapeso a los excesos patrioteros que a veces exhiben algunos, en parte por su falta de contacto con otros pueblos. Al mismo tiempo, esa lejanía física no aminora el sentimiento de pertenencia al país de origen, es más bien una confluencia de lo interior (que vive como memoria en el interior de uno también) y lo exterior (el país donde por diversas circunstancias el chileno que salió pueda vivir). Más aun, hay mucho que ganar en esta nueva concepción de la nación chilena como una nación extendida globalmente, por lo tanto, tener el derecho a voto sin importar en qué parte del mundo uno esté, sería el primer paso en el reconocimiento de esta nueva realidad de la nación global, donde se puede ser chileno y algo más, pero ese “algo más” no disminuye nuestro interés en el país físicamente distante.