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(En Chile los descontentos deberán seguir descontentos. En Uruguay asume Pepe Mujica)
No hay en estas elecciones un candidato presidencial de la izquierda. Hay personas de izquierda que son candidatos presidenciales. |
Uno que asuma la representación electoral de esas desconocidas y dispersas personas de ideas progresistas, que aspiran a construir una sociedad fundada en valores humanos, herederas de las luchas de los pueblos por su emancipación de la esclavitud y la explotación en todas sus formas, no existe.
Gentes de profunda vocación democrática, que rescatan lo popular como constitutivo de lo nacional, de un profundo sentimiento antioligárquico, antiimperialistas, y una serie de otros adjetivos buena onda, no tienen un solo candidato.
Lo que hay, en rigor, son dos candidatos con perfumes de izquierdistas.
Uno es Jorge Arrate, que hasta ayer era un prohombre de la Concertación y de su ala izquierdista. Desde esa posición, legítima y valorable, ocupó responsabilidades políticas como ministro y embajador. Y lo hizo muy bien, de manera que contribuyó a lo que ahora se conoce como los veinte años de la Concertación, la coalición más exitosa de la historia.
Notable lo de Jorge Arrate. Alejarse de la Concertación y aceptar ser el abanderado del Juntos Podemos Más, el Frente Amplio y los Socialistas Allendistas. Se transformó de súbito en un continuador de la estirpe de candidatos de esa parte de la izquierda que se han caracterizado, salvado el caso inexplicable del cura Pizarro, como encantadores, dueños de un verbo fluido, valientes a la hora de las propuestas, coherentes a la hora de los principios y remontadores a la hora de las encuestas. Recordemos a Marín y Hirsch. Aunque en el momento de los quiubos fueron más que modestos: 3.71% y 5.54%, respectivamente.
En otro rincón está Marco Enríquez Ominami, de genes izquierdistas como el que más. Despreciando a conciencia pura la envidiable placa de diputado de la república, se instala como candidato a la presidencia, no sin antes tocarle los huevos a los dueños de la Concertación.
Levanta un discurso de izquierda matizado con tonos de la socialdemocracia europea y elementos que rescata del statu quo. Con un discurso cuya variabilidad pone los pelos de punta en un país acostumbrado a verbos predecibles, instala una cuña en la gente de izquierda, y la divide entre quienes lo acusan de no ser como su padre y de quienes lo ven como el que pasará a la historia por dinamitar a la Concertación.
Dice que no es tiempo de la revolución y que la misión de la izquierda, cada uno sepa qué es eso, es chasconear lo que hay, como para comenzar. Pensaba en el 2014, pero la eclosión de un inesperado repunte en las encuestas, lo obligó a adelantar la experiencia. Sus 36 años le permiten esos ejercicios.
Así, cada chileno de izquierda se pasa estas semanas adelantando cifras y porcentajes sin más elementos que sus propios deseos, traumas o ignorancias. Inaugurando un tiempo de desórdenes, estas elecciones están conformadas de tal manera que es imposible adivinar resultado alguno.
Las encuestas parecen ser el reflejo de los deseos escondidos de sus dueños, más que de lo que la chusma en verdad piensa.
Mientras tanto la gente de izquierda, sin un candidato que los represente a todos, pasa de votar por Jorge Arrate, a hacerlo por Marco, o por el ejercicio saramaguiano del voto en blanco o del chascón nulo. O por la abstención inexpresiva. La suma de todos esos votos es un buen dato.
Alguna vez habrá un candidato de izquierda bien nacido, es decir, que emerja de la voluntad expresada libremente por quienes aspiramos a una sociedad fundada en los principios de la buena onda. Para exigir más democracia es condición necesaria ser más democrático.
Aunque se ve lejos ese día, tarde o temprano, llegará.
Como en Uruguay. En ese país existe el Frente Amplio, compuesto por más o menos catorce organizaciones, cuyas diferencias son tan grandes, como sus coincidencias. Uno de sus principales dirigentes dijo que sus militantes vienen de todas partes, como una colcha de retazos, que huele a madre, a cosa querida, porque nos precisamos y nos necesitamos todos, y porque somos complementarios.
Este uruguayo, ahora presidente electo de esa república, fue proclamado por esos retazos de los que habla mediante un sistema que en Chile se ha declarado como un imposible. Fue elegido entre varios postulantes, primero en un evento democrático en el que participaron, sin chamullos, miles de personas, y después sometidas las dos fórmulas postulantes, a una primaria en la que la gente dijo su opinión mediante el voto libre y soberano.
Ese extraño mecanismo democrático ha permitido que toda la izquierda lleve un sólo candidato a la presidencia y la gane. Y, demostrando que es un mecanismo válido y no pura suerte, lo ha hecho dos veces consecutivas. Ahora Pepe Mujica, ex guerrillero Tupamaro, se apresta asumir como presidente del Uruguay.
Ricardo Candia Cares
Gentes de profunda vocación democrática, que rescatan lo popular como constitutivo de lo nacional, de un profundo sentimiento antioligárquico, antiimperialistas, y una serie de otros adjetivos buena onda, no tienen un solo candidato.
Lo que hay, en rigor, son dos candidatos con perfumes de izquierdistas.
Uno es Jorge Arrate, que hasta ayer era un prohombre de la Concertación y de su ala izquierdista. Desde esa posición, legítima y valorable, ocupó responsabilidades políticas como ministro y embajador. Y lo hizo muy bien, de manera que contribuyó a lo que ahora se conoce como los veinte años de la Concertación, la coalición más exitosa de la historia.
Notable lo de Jorge Arrate. Alejarse de la Concertación y aceptar ser el abanderado del Juntos Podemos Más, el Frente Amplio y los Socialistas Allendistas. Se transformó de súbito en un continuador de la estirpe de candidatos de esa parte de la izquierda que se han caracterizado, salvado el caso inexplicable del cura Pizarro, como encantadores, dueños de un verbo fluido, valientes a la hora de las propuestas, coherentes a la hora de los principios y remontadores a la hora de las encuestas. Recordemos a Marín y Hirsch. Aunque en el momento de los quiubos fueron más que modestos: 3.71% y 5.54%, respectivamente.
En otro rincón está Marco Enríquez Ominami, de genes izquierdistas como el que más. Despreciando a conciencia pura la envidiable placa de diputado de la república, se instala como candidato a la presidencia, no sin antes tocarle los huevos a los dueños de la Concertación.
Levanta un discurso de izquierda matizado con tonos de la socialdemocracia europea y elementos que rescata del statu quo. Con un discurso cuya variabilidad pone los pelos de punta en un país acostumbrado a verbos predecibles, instala una cuña en la gente de izquierda, y la divide entre quienes lo acusan de no ser como su padre y de quienes lo ven como el que pasará a la historia por dinamitar a la Concertación.
Dice que no es tiempo de la revolución y que la misión de la izquierda, cada uno sepa qué es eso, es chasconear lo que hay, como para comenzar. Pensaba en el 2014, pero la eclosión de un inesperado repunte en las encuestas, lo obligó a adelantar la experiencia. Sus 36 años le permiten esos ejercicios.
Así, cada chileno de izquierda se pasa estas semanas adelantando cifras y porcentajes sin más elementos que sus propios deseos, traumas o ignorancias. Inaugurando un tiempo de desórdenes, estas elecciones están conformadas de tal manera que es imposible adivinar resultado alguno.
Las encuestas parecen ser el reflejo de los deseos escondidos de sus dueños, más que de lo que la chusma en verdad piensa.
Mientras tanto la gente de izquierda, sin un candidato que los represente a todos, pasa de votar por Jorge Arrate, a hacerlo por Marco, o por el ejercicio saramaguiano del voto en blanco o del chascón nulo. O por la abstención inexpresiva. La suma de todos esos votos es un buen dato.
Alguna vez habrá un candidato de izquierda bien nacido, es decir, que emerja de la voluntad expresada libremente por quienes aspiramos a una sociedad fundada en los principios de la buena onda. Para exigir más democracia es condición necesaria ser más democrático.
Aunque se ve lejos ese día, tarde o temprano, llegará.
Como en Uruguay. En ese país existe el Frente Amplio, compuesto por más o menos catorce organizaciones, cuyas diferencias son tan grandes, como sus coincidencias. Uno de sus principales dirigentes dijo que sus militantes vienen de todas partes, como una colcha de retazos, que huele a madre, a cosa querida, porque nos precisamos y nos necesitamos todos, y porque somos complementarios.
Este uruguayo, ahora presidente electo de esa república, fue proclamado por esos retazos de los que habla mediante un sistema que en Chile se ha declarado como un imposible. Fue elegido entre varios postulantes, primero en un evento democrático en el que participaron, sin chamullos, miles de personas, y después sometidas las dos fórmulas postulantes, a una primaria en la que la gente dijo su opinión mediante el voto libre y soberano.
Ese extraño mecanismo democrático ha permitido que toda la izquierda lleve un sólo candidato a la presidencia y la gane. Y, demostrando que es un mecanismo válido y no pura suerte, lo ha hecho dos veces consecutivas. Ahora Pepe Mujica, ex guerrillero Tupamaro, se apresta asumir como presidente del Uruguay.
Ricardo Candia Cares
