En sus orígenes, el liberalismo no sólo es incompatible con el régimen democrático sino que es frecuentemente uno de sus más decididos adversarios.
Todo el siglo XIX habla abundantemente de esta aporía política: la relación entre la ley y el poder se resuelve como una permanente proclividad hacia el cesarismo o hacia la dictadura. Las dictaduras liberales de la segunda modernidad, como la de Porfirio Díaz, no son un caso excepcional: son la regla del imaginario liberal.
Lo que empezó a morir en México en 1910, muere simultáneamente en los campos de la Primera Guerra Mundial: la ilusión de que esa proclividad autoritaria podía responder efectivamente a la promesa siempre posuesta de la mejoría. Cabe agregar acaso que desde esta historia el liberalismo muestra entre sus fundamentos a una aporía característica que lo acampañará durante toda su vida: la convicción de que el régimen de derecho se basa, en última instancia, en el derecho a suprimir todos los derechos para preservar la promesa del progreso.
Y habría que reflexionar si no está la auténtica esencia de una tradición que ha cambiado sensiblemente aunque ha conservado las improntas de su antiguo y sólido origen.
La segunda muerte del liberalismo fue, por decirlo de alguna manera, de orden económico. La crisis de 1929 mostró que el mercado contiene fuerzas que, de no inhibirse, pueden acabar con el mercado mismo. Desde ese año la tradición liberal se vio, durante casi medio siglo, encerrada en una suerte del minimalismo que le confería la incapacidad de establecer mecanismos que sirvieran como los garantes de la conciencia de sus propios límites.
¿Vivimos acaso la tercera muerte del orden liberal? Esta es muy distinta. Por primera vez en su historia, desde los ochentas la tradición liberal se encuentra con Rousseau, con la tradición democrática. ¿Pero se puede decir que fue un encuentro que acabó con su peculiaridad central? Si observamos el desliz autoritario del neoliberalismo, como sucede actualmente en Francia e Italia, la respuesta es pesimista. En rigor el neoliberalismo no es distinto al antiguo liberalismo: tiene una proclividad por defender la libertad con la constricción de las libertades
Tal vez el liberalismo sigue impregnado por su maquinaria básica, eso que lo hizo tan distintivo desde su origen: la fuerza y la decisión para anular (en aras de salvar a la libertad) el principio democrático como forma de representación.
En sus orígenes, el liberalismo no sólo es incompatible con el régimen democrático sino que es frecuentemente uno de sus más decididos adversarios.