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Como profesor que he sido por treinta años, sé perfectamente que el acto de adjudicar una calificación es uno de los más complicados y abiertos a discusión que uno puede encontrar. A pesar de lo que digan algunos añejos manuales de pedagogía, la evaluación que el profesor hace es siempre subjetiva. Dadas así las cosas, quizás lo único importante es que las evaluaciones no sean arbitrarias (sacar mal a alguien porque a uno le cae mal) o innecesarias (andar dando notas porque sí, en cosas que en verdad no pueden, ni requieren ser medidas).
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Naturalmente el candidato de la Concertación no tuvo en cuenta estas simples premisas cuando cayó en la trampa que le tendió el periodista en el debate de Anatel hace unos días.
Por cierto que no ha caído nada de bien en la militancia socialista el hecho que Eduardo Frei haya dado una nota 4 (de un máximo posible de 10) al gobierno de Salvador Allende, ciertamente el más emblemático de los presidentes socialistas. Lo peor es que Frei pudo haberse evitado este traspié haciendo ver la dificultad de cuantificar una tal difícil evaluación o simplemente evadir la respuesta, como los otros candidatos hicieron a menudo en otros temas o dando la razonable respuesta de Jorge Arrate: un gobierno es algo muy complejo de evaluar con una simple nota. Cuando interrogado por la nota al gobierno actual, él pudo haber dicho que dar notas numéricas es en general muy cuestionado hoy en día, en los hechos universidades como el Alverno College en Milwaukee, EE. UU., pionera en la pedagogía basada en competencias o habilidades, no confiere notas a sus estudiantes sino simplemente cataloga su trabajo como “Aprobado (objetivos alcanzados)” o “Reprobado (objetivos no alcanzados)”. Frei bien pudo haber dicho que el gobierno de Michelle Bachelet merecía un “aprobado” y si quería darle más calificativos pudo haber agregado “con distinción”; respecto de evaluar el gobierno de su padre pudo haber dicho lo mismo aunque también hubiera podido declararse inhabilitado por razones obvias: no podía evaluar mal los seis años de su propio padre; finalmente sobre Allende – del que para nadie es un misterio que la democracia cristiana fue un opositor – Frei pudo haber evitado dar una calificación numérica arguyendo que fue un gobierno que no pudo completar su mandato (uno generalmente no da una nota a un estudiante que no ha podido terminar un curso por razones ajenas a su voluntad, ¡y vaya que todos sabemos cómo fueron esas razones ajenas a su voluntad que finalizaron el gobierno de Allende a tres años de completar su mandato constitucional…!) En cualquier caso, para los efectos de las buenas relaciones internas de la Concertación, este asunto de la nota 4 al gobierno de la UP por parte del candidato Frei ciertamente no ha ayudado; aun peor, ello puede anticipar recriminaciones que si la coalición de gobierno es derrotada, pueden probarse fatales para su futuro. Por otro lado uno bien puede decir que después de veinte años trabajando juntos, los sectores de la izquierda en la Concertación y el centro representado por la DC no deberían tener problemas con esos fantasmas del pasado, como algunos los llaman, y ser capaces de enfrentar las diferencias que pueden aun mantener. Después de todo también esa izquierda ha hecho una re-evaluación del gobierno de Frei padre, al cual el Partido Socialista se opuso vehementemente, pero el cual ahora, con una mirada más distante y relajada se lo puede ver con otros ojos, un tanto más favorables. Por de pronto si bien es evidente que Frei Montalva no hizo cambios profundos al marco económico del país y de algún modo contribuyó a la consolidación de nuevos grupos financieros, por otro lado su reforma agraria fue un efectivo incentivo a la organización campesina y a la incorporación de ese sector social a la vida política del país, iniciados en luchas promovidas por la izquierda varias décadas antes, pero ambos fenómenos generalizados y masificados en el gobierno DC de 1964 a 1970. Si hay un hecho interesante en ese gobierno también fue la reforma educacional de 1966, en los hechos la más profunda y progresista que tuvo hasta ese entonces el país (en contraste hay que reconocer que el propio intento de reforma de la UP, la Escuela Nacional Unificada, ENU, que nunca alcanzó a implementarse, fue mal concebido, elaborado apresuradamente y con objetivos de dudosa claridad). Pero regresando al tema del debate, aunque muchos esperan que el exabrupto de Frei al dar tan baja calificación al gobierno de Allende sea olvidado en el fragor de la campaña, lo cierto es que quedó al final como el hecho más embarazoso para el candidato de la Concertación en ese debate televisivo. Volviendo la atención hacia otras necedades, si Frei tuvo problema por apresurarse a dar notas a diestra y siniestra, Sebastián Piñera no tuvo problemas de ese tipo porque eludir toda respuesta directa fue su objetivo y en eso se mantuvo firme. Ahora que eso no hable muy bien de su calibre como aspirante a la presidencia es otra cosa, sin duda algo que los electores deberían tener presente. El abanderado de la derecha evitó a toda costa decir algo definitivo sobre varios temas, pero dos fueron especialmente remarcables: su negativa a resolver su duda existencial entre los negocios y la política, y el tono y alcances de sus conversaciones con oficiales de las fuerzas armadas en retiro respecto de los juicios a que muchos de esos ex uniformados se hallan sometidos por abusos a derechos humanos. Respecto del primer tema, eludió dar respuesta a llamados tanto de Frei como de Marco Enríquez-Ominami en el sentido de dar una fecha cuando se apartará de sus actividades empresariales. Piñera resistió también todo llamado a legislar sobre fideicomiso ciego, arguyendo que él ya había implementado algo similar o idéntico, pero de manera voluntaria. Respecto del segundo tema, a mi juicio más importante, pese a sus afirmaciones de que no se haría concesiones a ninguno que haya ordenado violaciones a los derechos humanos, el tenor de los documentos emitidos por los propios ex oficiales dejan al menos un cierto aire de ambigüedad. No se espera que Piñera despeje ese velo de ambigüedad porque obviamente de algún modo le ayuda a mantener a su coalición en pie: por un lado los sectores de la UDI comprometidos con la dictadura y por otra, los sectores de derecha en RN que – como Piñera mismo – pudieron haber estado contra Pinochet, pero por otro lado de modo oportunista saben que tienen que apelar al voto del pinochetismo duro para poder ganar. Una vez más, como en el foro televisivo anterior, el que pareció más relajado y experimentado fue Jorge Arrate, lo que no es de sorprender, primero porque obviamente no tiene ninguna chance de ganar (Manuel Riesco, a quien le ofreció la cartera de Hacienda, es mejor que ni piense en renunciar al trabajo que tenga ahora) y segundo porque efectivamente, siendo el candidato de más edad es también el que más experiencia tiene, una experiencia que se remonta a los años 50 cuando militando en el Partido Radical fue presidente del Centro de Alumnos de Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, y que se extendió luego en su militancia socialista siendo ministro de Allende, en el exilio encargado del PS en Argentina, para luego, en medio del proceso de renovación, adherir a la tendencia socialdemócrata del PS, para ahora pasarse a las posiciones de la izquierda extraparlamentaria. Una oscilante trayectoria que en todo caso no parece haberle hecho mayor merma en su capacidad para ser escuchado, aunque esa audiencia no se transforme necesariamente en apoyo electoral. El llamado de Arrate a los otros contrincantes a constituir una suerte de alianza para evitar el triunfo de la derecha ha sido lo que más han destacado los medios, pero en el fondo se trata de un llamado innecesario porque apunta a lo obvio: naturalmente los votantes de los tres candidatos opuestos a la derecha en la primera vuelta, no tendrán otra alternativa en la segunda vuelta que apoyar a cualquiera de ellos que quede en la papeleta para esa ocasión. Y eso va a ocurrir independientemente de los llamados o acuerdos que los candidatos mismos hagan. Por cierto el hacer su apoyo mutuo explícito puede ayudar, como puede que no, ya que al fin y al cabo nadie es dueño de los votos que obtiene y esos apoyos no son fáciles de transferir, como la propia presidenta Bachelet lo ha constatado estos días tratando de que el apoyo de que goza se traspase a Frei, hasta ahora sin grandes resultados. Marco Enríquez-Ominami por su parte confirmó sus buenas dotes de manejo ante el micrófono y las cámaras, pero un problema que le penó esa noche fue de su propia fabricación: el innecesario asunto de la renuncia a su dieta parlamentaria y el intento de usar ese gesto como ejemplo de transparencia. Lo que sucede es que esos gestos de querer ser más honesto, más transparente o más santo que otros, rara vez son apreciados, y al final pueden ser usados en su contra porque – como cuando uno hace su declaración de impuestos aquí en Canadá – hay demasiados vericuetos en los ingresos y en los gastos que uno tiene como para poder hacer todos esos cálculos de un modo muy sencillo. Enríquez-Ominami efectivamente donó su sueldo (el reglamento parlamentario lo hace irrenunciable) pero mantuvo – como por lo demás es lógico – los estipendios que la Cámara le paga para sus gastos de oficinas y de personal asalariado en ellas. Oficinas que como él mismo señaló, siguen funcionando y atendiendo a sus constituyentes en sus respectivas comunas. Nada más justo entonces que sus funcionarios siguieran recibiendo su salario. Pero esto fue motivo de pregunta y fuente de dudas sobre el candidato, que éste bien pudo haberse evitado si simplemente no lo hubiera hecho tema de su campaña queriendo aparecer mejor que otros por algo que al fin y al cabo es de mínima importancia.
Por cierto que no ha caído nada de bien en la militancia socialista el hecho que Eduardo Frei haya dado una nota 4 (de un máximo posible de 10) al gobierno de Salvador Allende, ciertamente el más emblemático de los presidentes socialistas. Lo peor es que Frei pudo haberse evitado este traspié haciendo ver la dificultad de cuantificar una tal difícil evaluación o simplemente evadir la respuesta, como los otros candidatos hicieron a menudo en otros temas o dando la razonable respuesta de Jorge Arrate: un gobierno es algo muy complejo de evaluar con una simple nota. Cuando interrogado por la nota al gobierno actual, él pudo haber dicho que dar notas numéricas es en general muy cuestionado hoy en día, en los hechos universidades como el Alverno College en Milwaukee, EE. UU., pionera en la pedagogía basada en competencias o habilidades, no confiere notas a sus estudiantes sino simplemente cataloga su trabajo como “Aprobado (objetivos alcanzados)” o “Reprobado (objetivos no alcanzados)”. Frei bien pudo haber dicho que el gobierno de Michelle Bachelet merecía un “aprobado” y si quería darle más calificativos pudo haber agregado “con distinción”; respecto de evaluar el gobierno de su padre pudo haber dicho lo mismo aunque también hubiera podido declararse inhabilitado por razones obvias: no podía evaluar mal los seis años de su propio padre; finalmente sobre Allende – del que para nadie es un misterio que la democracia cristiana fue un opositor – Frei pudo haber evitado dar una calificación numérica arguyendo que fue un gobierno que no pudo completar su mandato (uno generalmente no da una nota a un estudiante que no ha podido terminar un curso por razones ajenas a su voluntad, ¡y vaya que todos sabemos cómo fueron esas razones ajenas a su voluntad que finalizaron el gobierno de Allende a tres años de completar su mandato constitucional…!) En cualquier caso, para los efectos de las buenas relaciones internas de la Concertación, este asunto de la nota 4 al gobierno de la UP por parte del candidato Frei ciertamente no ha ayudado; aun peor, ello puede anticipar recriminaciones que si la coalición de gobierno es derrotada, pueden probarse fatales para su futuro. Por otro lado uno bien puede decir que después de veinte años trabajando juntos, los sectores de la izquierda en la Concertación y el centro representado por la DC no deberían tener problemas con esos fantasmas del pasado, como algunos los llaman, y ser capaces de enfrentar las diferencias que pueden aun mantener. Después de todo también esa izquierda ha hecho una re-evaluación del gobierno de Frei padre, al cual el Partido Socialista se opuso vehementemente, pero el cual ahora, con una mirada más distante y relajada se lo puede ver con otros ojos, un tanto más favorables. Por de pronto si bien es evidente que Frei Montalva no hizo cambios profundos al marco económico del país y de algún modo contribuyó a la consolidación de nuevos grupos financieros, por otro lado su reforma agraria fue un efectivo incentivo a la organización campesina y a la incorporación de ese sector social a la vida política del país, iniciados en luchas promovidas por la izquierda varias décadas antes, pero ambos fenómenos generalizados y masificados en el gobierno DC de 1964 a 1970. Si hay un hecho interesante en ese gobierno también fue la reforma educacional de 1966, en los hechos la más profunda y progresista que tuvo hasta ese entonces el país (en contraste hay que reconocer que el propio intento de reforma de la UP, la Escuela Nacional Unificada, ENU, que nunca alcanzó a implementarse, fue mal concebido, elaborado apresuradamente y con objetivos de dudosa claridad). Pero regresando al tema del debate, aunque muchos esperan que el exabrupto de Frei al dar tan baja calificación al gobierno de Allende sea olvidado en el fragor de la campaña, lo cierto es que quedó al final como el hecho más embarazoso para el candidato de la Concertación en ese debate televisivo. Volviendo la atención hacia otras necedades, si Frei tuvo problema por apresurarse a dar notas a diestra y siniestra, Sebastián Piñera no tuvo problemas de ese tipo porque eludir toda respuesta directa fue su objetivo y en eso se mantuvo firme. Ahora que eso no hable muy bien de su calibre como aspirante a la presidencia es otra cosa, sin duda algo que los electores deberían tener presente. El abanderado de la derecha evitó a toda costa decir algo definitivo sobre varios temas, pero dos fueron especialmente remarcables: su negativa a resolver su duda existencial entre los negocios y la política, y el tono y alcances de sus conversaciones con oficiales de las fuerzas armadas en retiro respecto de los juicios a que muchos de esos ex uniformados se hallan sometidos por abusos a derechos humanos. Respecto del primer tema, eludió dar respuesta a llamados tanto de Frei como de Marco Enríquez-Ominami en el sentido de dar una fecha cuando se apartará de sus actividades empresariales. Piñera resistió también todo llamado a legislar sobre fideicomiso ciego, arguyendo que él ya había implementado algo similar o idéntico, pero de manera voluntaria. Respecto del segundo tema, a mi juicio más importante, pese a sus afirmaciones de que no se haría concesiones a ninguno que haya ordenado violaciones a los derechos humanos, el tenor de los documentos emitidos por los propios ex oficiales dejan al menos un cierto aire de ambigüedad. No se espera que Piñera despeje ese velo de ambigüedad porque obviamente de algún modo le ayuda a mantener a su coalición en pie: por un lado los sectores de la UDI comprometidos con la dictadura y por otra, los sectores de derecha en RN que – como Piñera mismo – pudieron haber estado contra Pinochet, pero por otro lado de modo oportunista saben que tienen que apelar al voto del pinochetismo duro para poder ganar. Una vez más, como en el foro televisivo anterior, el que pareció más relajado y experimentado fue Jorge Arrate, lo que no es de sorprender, primero porque obviamente no tiene ninguna chance de ganar (Manuel Riesco, a quien le ofreció la cartera de Hacienda, es mejor que ni piense en renunciar al trabajo que tenga ahora) y segundo porque efectivamente, siendo el candidato de más edad es también el que más experiencia tiene, una experiencia que se remonta a los años 50 cuando militando en el Partido Radical fue presidente del Centro de Alumnos de Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, y que se extendió luego en su militancia socialista siendo ministro de Allende, en el exilio encargado del PS en Argentina, para luego, en medio del proceso de renovación, adherir a la tendencia socialdemócrata del PS, para ahora pasarse a las posiciones de la izquierda extraparlamentaria. Una oscilante trayectoria que en todo caso no parece haberle hecho mayor merma en su capacidad para ser escuchado, aunque esa audiencia no se transforme necesariamente en apoyo electoral. El llamado de Arrate a los otros contrincantes a constituir una suerte de alianza para evitar el triunfo de la derecha ha sido lo que más han destacado los medios, pero en el fondo se trata de un llamado innecesario porque apunta a lo obvio: naturalmente los votantes de los tres candidatos opuestos a la derecha en la primera vuelta, no tendrán otra alternativa en la segunda vuelta que apoyar a cualquiera de ellos que quede en la papeleta para esa ocasión. Y eso va a ocurrir independientemente de los llamados o acuerdos que los candidatos mismos hagan. Por cierto el hacer su apoyo mutuo explícito puede ayudar, como puede que no, ya que al fin y al cabo nadie es dueño de los votos que obtiene y esos apoyos no son fáciles de transferir, como la propia presidenta Bachelet lo ha constatado estos días tratando de que el apoyo de que goza se traspase a Frei, hasta ahora sin grandes resultados. Marco Enríquez-Ominami por su parte confirmó sus buenas dotes de manejo ante el micrófono y las cámaras, pero un problema que le penó esa noche fue de su propia fabricación: el innecesario asunto de la renuncia a su dieta parlamentaria y el intento de usar ese gesto como ejemplo de transparencia. Lo que sucede es que esos gestos de querer ser más honesto, más transparente o más santo que otros, rara vez son apreciados, y al final pueden ser usados en su contra porque – como cuando uno hace su declaración de impuestos aquí en Canadá – hay demasiados vericuetos en los ingresos y en los gastos que uno tiene como para poder hacer todos esos cálculos de un modo muy sencillo. Enríquez-Ominami efectivamente donó su sueldo (el reglamento parlamentario lo hace irrenunciable) pero mantuvo – como por lo demás es lógico – los estipendios que la Cámara le paga para sus gastos de oficinas y de personal asalariado en ellas. Oficinas que como él mismo señaló, siguen funcionando y atendiendo a sus constituyentes en sus respectivas comunas. Nada más justo entonces que sus funcionarios siguieran recibiendo su salario. Pero esto fue motivo de pregunta y fuente de dudas sobre el candidato, que éste bien pudo haberse evitado si simplemente no lo hubiera hecho tema de su campaña queriendo aparecer mejor que otros por algo que al fin y al cabo es de mínima importancia.
Las necedades abundan como se puede ver, nadie está libre de decirlas o hacerlas, pero claro, uno esperaría algo mejor de quienes aspiran a la presidencia de un país.
