Su nuevo filme, Un hombre serio, recrea la brutalidad de Satanás contra Job, mientras teólogos caricaturescos opinan con lugares comunes acerca de la fuente de su sufrimiento. Sin embargo, el protagonista de los hermanos Coen no se decide a rebelarse contra Dios, ni siquiera hacer la pregunta obvia: ¿cómo puede Dios permitir tanta miseria y horror? Dios, por supuesto, responde de todas maneras, cinematográficamente, al final del filme. Pero a diferencia de la historia de Job, Un hombre serio adiciona humor al perenne intento por reconciliar el mal con la fe total en Dios. Este filme me indujo a ponderar el poder irracional que posee la ortodoxia en nuestro mundo, lo que va desde el Medio Oriente hasta el Partido Republicano.
Al igual que decenas de millones de personas entonces y ahora, mis abuelos practicaban los ritos ortodoxos. Al seguir las “leyes” (no importa cuán irracionales) mostraban su fe en Dios. Esos que cuestionan tales prácticas absurdas demuestran falta de fe. Como yo –de niño y de adulto. La fe hizo que mi abuela se negara a comer ni siquiera una manzana en nuestra casa que no era kosher. Cuando pasaban a su lado monjas vestidas con su hábito, se tapaba los ojos y murmuraba maldiciones en yiddish para protegerme del dybbuk, un espíritu maligno escapado de la versión judía del Infierno y que vive en carne viviente para lograr lo que no pudo cuando vivía.
El filme comienza con una escena de tal estupidez mística –situado en el siglo 19, presenta a un nebbish (una persona ineficiente, sin surte y tímida), su esposa nada tonta y un viejo y agradable rebino, quien murió tres años antes, y en quien habita este dybbuk – corte del punzón de hielo en el pecho del rabino (clavado ahí por la esposa del nebbish) a 1967.
Conozcan al nebbish No. 2, Larry Gopnick (Michael Stuhlbarg), un profesor de física en una universidad del Medio Oeste, lógico con base en la fe, cuya mente se niega a calcular su propio caos. Su vida es un desastre, pero él ha erigido una nube de negación para evitar reconocerlo. ¿Habrá entrado de alguna manera dentro de Larry el espíritu maligno de Polonia del siglo 19 para atormentarlo?
Larry explica ecuaciones matemáticas a sus estudiantes desinteresados. Un rabino explica pasajes de la Torah en la escuela de hebreo mientras el hijo de 12 años de Larry, Danny (Aaron Wolff), escucha a Grace Slick y a Jefferson Airplane en su reproductora de cinta de bolsillo. “Cuando descubres que la verdad es mentira y toda la alegría dentro de ti muere, ¿no quisieras tener alguien a quien amar?” El indignado rabino confisca el radio donde Danny ha escondido los $20 dólares que ha robado a su hermana mayor para pagar al traficante de mariguana, que también es el abusador de la escuela de hebreo.
La familia infernal de Gopnick también incluye a una adolescente mayor, Sarah,
(Jessica McManus), quien le roba dinero a Larry de su billetera para pagar una operación de la nariz y está obsesionada con lavarse la cabeza, y su esposa Judith (Sari Lennick), quien anuncia que ella ama a Sy Ableman (Fred Melamed) –un pomposo hipócrita conocido en la ferviente comunidad judía como “un hombre serio”.
Los problemas de Larry incluyen a su vecino al que ñe encantan las armas de fuego y odia a los judíos y que invade la propiedad de Larry; los cobradores que intentan hacerle pagar deudas que él no tiene; y su neurótico hermano Arthur (Richard Kind), quien duerme en el sofá y pasa horas en el baño drenándose un forúnculo en el cuello –lo cual impide que Sarah se lave la cabeza. El creciente estrés y la agonia de Larry lo hacen buscar ayuda, pero no quejarse.
Los rabinos –como los sacerdotes, los ministros y los imanes— ofrecen a Larry lugares comunes. Decenas de millones de norteamericanos, por ejemplo, ponen su fe en tal pomposidad que pretende ser sabiduría religiosa. El rabino más joven dice a Larry: “Mira hacia fuera. La vida es como ese parque de estacionamiento”. Larry mira. Lo que ve son autos estacionados.
Al igual que los rabinos, la familia de Larry también se mantiene ajena a sus vicisitudes. Se obsesionan con sus propias necesidades: mariguana, operación de la nariz y casarse con Sy. Pero Larry ni siquiera puede sentir lástima de sí mismo, porque su duda y su culpa interna lo han poseído. ¿Será esto el verdadero dybbuk?
Larry nunca cuestiona su fe y comienza a enfrentar sus problemas. Dios le ha respondido. ¿Lo habrá hecho? Su médico lo llama por teléfono acerca de los resultados de una prueba de cáncer de próstata, y un tornado se dirige hacia la sinagoga. El hijo drogado de Larry se queda mirando sobrecogido. ¿Será que el gen del nebbish no será transmitido?
Un espectador del filme se preocupó de que “este filme fomentará el antisemitismo”. Al reírnos de los tontos nos reímos de nosotros mismos. ¿La ortodoxia –o cualquier religión o secta política- habrá hecho sospechoso –o peor, subversivo– el sentido del humor?
Saul Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política y cineasta. (Sus DVD pueden comprarse por medio de roundworldproductions.com.)
