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“Lo único que tenemos que hacer es enviar a dos muyahidines (guerreros) al punto más lejano al oriente para que levanten un pedazo de tela y digan ‘Al-Qaeda’ a fin de que los generales corran allí y nosotros hagamos que Estados Unidos sufran pérdidas humanas, económicas y políticas –¡sin que ellos logren nada de importancia!” –Osama bin Laden, 1 de noviembre de 2004, CNN.
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El presidente Obama puede dejar, reducir, mantener o incrementar el número de tropas. Los defensores de la escalada omiten la misión original de Bush para capturar a bin Laden. Luego él se convenció a sí mismo de ir a la guerra en Irak y se olvidó de bin Laden.
Max Boot tocó los tambores de la guerra entonces. Ahora quiere más guerra en Afganistán. Boot quiere la escalada porque “el problema de corrupción de Afganistán, al igual que su problema de seguridad, puede solucionarse mejor con tropas adicionales”. ¿Los infantes de Marina cargando a la bayoneta contra la corrupción en Kabul?
“Solo con el envío de más personal, militar y civil”, dice, “puede el presidente Obama mejorar el desempeño del gobierno afgano, dar marcha atrás a los avances del Talibán y evitar que los aliados de Al-Qaeda recuperen el terreno que perdieron después del 11/9”. (NY Times, 21 de octubre de 2009.) ¡Vaya! ¿Qué les parece si usamos a la Fuerza Aérea para combatir el calentamiento global?
Boot omite los mitos originales de Bush que justificaban la invasión de Afganistán. Es cierto que el gobierno del Talibán albergaba a los campos de entrenamiento de Al-Qaeda, como aseguraba Bush, y operativos de Al-Qaeda perpetraron los hechos del 11/9. Pero estos hechos no se relacionan con los verdaderos hechos del 11/9. El impulso de Bush para ir a la guerra en Afganistán se convirtió en verdadero fervor en marzo de 2003. Irak se convirtió en el blanco de la guerra al terror. La mayoría del Talibán había escapado a terreno seguro en el vecino Pakistán –un leal aliado de EE.UU.
Sin embargo, los fanáticos del 11/9 conspiraron en apartamentos en Alemania y utilizaron escuelas norteamericanas de aviación para aprender a estrellar grandes aviones contra los grandes edificios. Las cuchillas cortan gargantas tan bien como el cartón. Quince de los 19 terroristas eran saudíes, y no afganos. Más tarde los jihadistas golpearon en España, Francia e Inglaterra, países donde residían. Los que hicieron estallar bombas el 7 de julio de 2005 en el sistema británico de transporte aprendieron sus “habilidades” en Internet, no en campos afganos de entrenamiento.
Para 2009, no más de 100 jihadistas suicidas permanecían en Afganistán, según el Asesor General de Seguridad Nacional Jim Jones. “Mientras los desbaratamos (a Al-Qaeda), ellos buscarán otros refugios seguros”, explicó el jefe de la CIA Leon Panetta. “Somalia y Yemen son bases potenciales de Al-Qaeda en el futuro”. Imaginen los titulares: “Tropas de EE.UU. hacia Somalia y Yemen; el déficit crece exorbitantemente”.
Boots y otros defensores de la escalada equiparan a los combatientes afganos del Talibán con Al-Qaeda. Sin embargo, un estudio de la inteligencia de EE.UU. llegó a la conclusión de que 90 por ciento del Talibán pertenece a “una insurgencia tribal”. “Su oposición proviene de EE.UU. ‘como potencia ocupante’”, escribió Bryan Bender. Según el informe de inteligencia, el Talibán afgano no tiene ambiciones más allá de sus fronteras. (Boston Globe 9 de octubre de 2009.)
Los que proponen la escalada sobre la base de los derechos humanos han inventado su propio Afganistán. En la década de 1980, la CIA pagó a caudillos tribales para que combatieran contra los soviéticos –porque ellos representaban la cultura occidental. Algunas de esas bestias apoyan ahora al presidente Karzai, quien convirtió el fraude electoral en una ópera cómica. El hermano de Karzai, sospechoso de narcotráfico, se dice que está en la nómina de la CIA (NY Times, 28 de octubre.). ¿Estamos comprometidos con tales aliados “democráticos” en Kabul?
¿Más ayuda humanitaria –escuelas y hospitales— en momentos en que EE.UU. no puede satisfacer sus propias necesidades? Tales incongruencias inspiraron a Nick Meo: “Tratar de derrotar a Al-Qaeda con cientos de miles de tropas de ocupación y aviones Predator de reacción es como tratar el cáncer con un soplete”. (Telegraph, 18 de octubre de 2009.)
Después de ocho años de guerra, bin Laden aún está en libertad. Los aviones sin piloto han matado a supuestos jefes y sus segundos, junto con incontables inocentes. Su muerte dramatiza la evidente desventaja de los ejércitos de ocupación.
Desde 1945, las fuerzas armadas de EE.UU. no han podido vencer en conflictos donde los locales resisten. Los chismes en Washington indican que Obama se inclina por el consejo dado por el columnista del NY Times, Thomas L. Friedman.
“Un Estados Unidos fuerte, sano y seguro de sí”, escribió Friedman, “mantiene unido al mundo y en un camino decente. Un Estados Unidos débil sería un desastre para nosotros y el mundo”. A él le preocupa la proyección de los militares norteamericanos de “que estabilizar a Afganistán y eliminarlo como amenaza exige reconstruir todo ese país… un proyecto de 20 años, en el mejor de los casos, y no podemos darnos ese lujo”. Friedman comprende que “reconstruir la nación en nuestro país” no coincide con el costo afgano de $4 mil millones al mes –$1,3 millones por cada soldado. (Servicio Congresional de Investigaciones, http://www.informationclearinghouse.info/article23808.htm#)
Friedman no sigue su propia lógica y asesora a Obama que “abandone”. En su lugar, propone la “reducción en Afganistán”. Esto “creará nuevas amenazas, pero la expansión allí también lo hará. Prefiero enfrentarme a las nuevas amenazas con un Estados Unidos más fuerte”. (NY Times, 28 de octubre.) ¿Otra vez el problema de cojones?
Saul Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política. Sus filmes están disponibles por medio de roundworldproductions.com
