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Agosto 18, 2026

Apostillas a las deudas históricas

La verdad es que tanto a los mapuches como a otros pueblos originarios, a los criollos y a los descendientes de europeos que, en el siglo XIX, habitaban Chile, nos impusieron un Estado.  Sucedió así en todo el mundo occidental donde se constituyeron los Estados nacionales.

Nuestro Estado nacional se construyó con  la batalla de Lircay, Portales y la Constitución del 33, el gobierno de Montt, la guerra del Pacífico, la “pacificación” de la Araucanía, la derrota de Balmaceda, la compra de Rapa Nui, el dominio sin contrapeso de la burguesía y la oligarquía del capital financiero siempre asociada ( a ingleses y luego norteamericanos) en sociedad.

Luego ese Estado hegemonizó la sociedad.

Eso es Chile.

En ese Estado hemos vivido estos doscientos años, a esta(s) nación(es) hemos pertenecido, nos hemos acostumbrado a sus costumbres e historias, a su geografía, a  sus valores comunes, y hemos luchado en su interior contra sus injusticias.

La deuda histórica no la tiene Chile con los mapuches, la deuda histórica (y actual) la tiene la oligarquía chilena con el conjunto de la sociedad, con los habitantes de diversas etnias y naciones que componen “la gente”, el pueblo chileno.

Esa es la deuda que debemos exigir se pague.

Por el pago de esa deuda hay que luchar todos los días, y porque la deuda no se multiplique en el futuro.

La deuda histórica a los mapuches es parte de la deuda histórica nacional.

La deuda histórica a los maestros también.

Creer que esa deuda se cobra desprendiéndose de ese Estado es, a mi juicio, un error que puede llevar a una disgregación y una mayor pobreza.

El camino debe ir por el lado de unificar a todos los perjudicados de este Estado nacional, a los del siglo XIX y los del siglo XX, a los pobres de la ciudad y el campo, a los trabajadores santiaguinos o mapuches, a las mujeres penquistas o pascuenses, a los profesionales y pequeños empresarios de todo Chile, y convocarlos a modificar las reglas del Estado para transformarlo en un sentido progresista, con menos desigualdad y más democracia.

Yo quisiera recordar que eso es lo que trató de hacer Balmaceda, lo que intentó Pedro Aguirre Cerda y lo que estuvo a punto de concretar Salvador Allende.

Ese es el proceso al que hay que apuntar.

Incluso en los orígenes de la Concertación estaban esos genes. La dictadura de Pinochet fue la expresión de la reconquista del Estado por la oligarquía chilena aliada y ordenada por el imperialismo.

Los atajos anárquicos y las reivindicaciones absolutas, regionales y locales, pueden ser atractivas y aun heroicas pero están condenadas al fracaso rápido.

Por años, tal vez décadas, el progreso deberá luchar por modificar el Estado nacional.

Luego, cuando surjan los herederos de Marx y se estudie a fondo el poder real de este mundo globalizado, vendrá la exigencia del pago de la deuda histórica de la humanidad, pero esas son palabras mayores.

Por ahora trabajemos por apuntalar y fortalecer el movimiento progresista nacional. Sólo en él tendrán sentido las justas exigencias de las deudas parciales.