| Cuando a mediados del siglo XIX Marx y Engels escribían el Manifiesto Comunista, no cabía ninguna duda que el fermento revolucionario de la sociedad industrial que tenían a la vista era la clase obrera. |
En los países periféricos, surgía la pregunta de quién, y de qué manera, sería el elemento transformador. La realidad, respondió ya que todas las experiencias socialistas surgidas, se dieron en sociedades pocas o casi nada industrializadas.
En Latinoamérica, continente con una gran presencia de población indígena, también aparecieron respuestas. La clase obrera industrial, característica dominante de los países industriales del Norte, fue -¿sigue siendo?- la vena revolucionaria, el elemento llamado a cambiar las relaciones de producción a través de una acción transformadora, en lo político en principio, y a mediano y largo plazo en lo económico y en lo socio-cultural. Pero la experiencia de la mayoría de los países del mundo no fue por ahí: lo que predominó durante todo el siglo XX fueron sociedades agrarias, casi sin proletariado urbano, con poco desarrollo sindical, basadas en la producción agroexportadora o de productos primarios para beneficios de sus oligarquías y en precarias economías de subsistencia para las grandes masas, campesinas en su mayoría, sociedades que abren entonces interrogantes a la teoría marxista, para invitar a nuevos planteamientos. Así fueron surgiendo nuevas preguntas como ¿cuál es el “verdadero” sujeto revolucionario?; ¿qué pasa cuando hay una clase obrera muy pequeña o cuando esta no existe?, ¿es posible el paso al socialismo en países enteramente agrarios? En ese sentido puede decirse que hasta la década de los 70 del pasado siglo, estos temas estaban en la agenda del campo popular y revolucionario de todo el mundo.
Al ascenso de movimientos populares y grupos de acción armada de los 60 y 70, con una Unión Soviética y una República Popular China actuando como telón de fondo, siguieron represiones feroces sobre las que se erigieron más tarde los planes neoliberales. Con la caída de la Unión Soviética en la década de los 90, el triunfo del capital global fue absoluto, y la marea de cambios de décadas atrás quedó sepultada. El retroceso en los derechos de los trabajadores fue enorme; conquistas laborales obtenidas en gloriosas jornadas de lucha a lo largo del siglo se perdieron de un plumazo. La precariedad laboral se impuso por todos lados, en la industria próspera del Norte y en el siempre postergado y empobrecido Sur.
Para los 90, en los inicios del nuevo siglo, la revolución socialista parecía haber “pasado de moda” ganando la lucha por la pura sobrevivencia, cada vez más difícil, dado que las condiciones laborales y de subsistencia en general se habían tornado desastrosas. Los sectores asalariados, quedaron golpeados e indefensos ante el capital que impuso leoninas condiciones de superexplotación: contratos “basura” sin prestaciones laborales, tercerización o subcontratación, deslocalización laboral, virtuales situaciones de esclavitud en muchos casos, retroceso en las ocho horas como jornada laboral universal, aumento del trabajo infantil, sobreexplotación de la mano de obra femenina. Los éxodos internos de población rural que huye de la pobreza crónica de su medio hacia las grandes ciudades son cada vez más grandes. El resultado, son mega-ciudades que no dejan de crecer con cinturones de pobreza cada vez mayores. Actualmente, aproximadamente el 60 % de la población económicamente activa del mundo labora en condiciones de informalidad, en la calle, por su cuenta, sin protecciones, sin sindicalización, sin seguro de salud, sin aporte jubilatorio, peor de lo que se estaba décadas atrás, ganando menos y dedicando más tiempo y/o esfuerzo a su jornada laboral. El obrero industrial, entrevisto como el artífice de la revolución socialista un siglo y medio atrás, parece hoy una especie en extinción.
Ese contexto general y sus inmediatas repercusiones lo explica perfectamente Atilio Borón, cuando dice que el esquema neoliberal “precipitó el surgimiento de nuevos actores sociales que modificaron de manera notable el paisaje sociopolítico en varios países, ya que el neoliberalismo dio paso a la aparición de un voluminoso subproletariado que Frei Betto ha denominado “pobretariado” del cual hacen parte desempleados, subempleados y trabajadores precarizados e informales.”
Ahora nos preguntamos ¿quién es hoy el sujeto de la revolución luego de estos cambios dramáticos en que los trabajadores han perdido tanto terreno? Quizá no sin cierto esquematismo, años atrás se podría haber considerado a los sectores informales como parte de lo que se llamaba “lumpen”. Y nunca, tanto en un esquema de revolución proletaria industrial con base urbana o de proceso campesino-agrario, esa “marginalidad”, se lo pensaba como un factor de cambio. Ahora, la marginalidad ya no es circunstancial sino estructural. Actualmente, hay, “zonas rojas”, que en muchas ciudades latinoamericanas representan más de una cuarta parte de su población. Si bien nadie lo dice en voz alta, la lógica que está en la base de esta nueva exclusión parte del supuesto de “gente que sobra”. Estamos ante un mundo dual: uno oficial, el integrado, y otro que sobra, marginal, excluido de raíz.
Ahora bien: ¿de qué manera ese “pobretariado”, puede constituirse en la nueva clase revolucionaria? Muchas veces, esas masas empobrecidas toman la palabra, y quizá sin una dirección clara, producen respuestas insurreccionales que si no terminaron en procesos revolucionarios fue, por la ausencia de conducción, por la desorganización imperante.
Todo lo cual plantea ¿la duda? respecto a las reales posibilidades de transformar todo ese potencial de disconformidad en una construcción efectiva de alternativas superadoras en términos socioeconómicos. Ese “pobretariado” disperso, sin mucha cohesión como clase, más desesperado por la sobrevivencia cotidiana, en principio se ve como bastante disperso, desunido. Al respecto no puede dejarse de considerar que, ante tanta dispersión/desesperación y falta de proyecto, esas masas pueden terminar siendo fácilmente clientelas de las fuerzas políticas demagógicas y populistas de las derechas. Por eso, el trabajo político en el campo popular debe intentar recomponer una unidad entre los trabajadores. Transformar revolucionariamente la sociedad, es permitir abrir nuevas actitudes, nuevas visiones de lo humano, buscando mayores cuotas de justicia para todas y todos.
Y si la estrategia que anida en los planes maestros del gran capital, es un mundo para una pequeña cantidad de población y la consecuente eliminación de todos los que “sobran”, los que no “se integran”, los “pobretarizados” del mundo que consumen recursos pero no pagan por estar excluidos del sistema económico, por razones de sobrevivencia elemental de nuestra especie no podemos permitirlo.
