| Los radioteatros históricos de Jorge Inostroza, que trataban de distintos temas de la historia de Chile, colaboraron al desarrollo de mi imaginación infantil y, aun cuando parezca mentira, me condujeron al gusto por la historia y que no me ha abandonado hasta nuestros días; me imaginaba a José Miguel Carrera, interpretado por Justo Ugarte, montado en su caballo provocando la admiración de las mujeres de su época y ocupando el primer congreso nacional. |
En las historias de Inostroza siempre había héroes y villanos: Portales era el héroe y el villano Florín; doña Javiera Carrera era la heroína y Rosa O´Higgins la vieja dominada por el tirano; Manuel Blanco Encalada era un imbécil y, para más remate, traidor, y el huamasaco Manuel Bulnes un héroe, con barriga y todo; Rafael Sotomayor, un gran ministro civil, despreciado por el milico tartamudo y un poco ramplón, Manuel Baquedano, que tartamudeaba más que una metralleta. Ese era mi mundo ideal de las radionovelas que, a diferencia de las actuales series televisadas, al menos incentivaban la imaginación.
El Séptimo de línea era el Regimiento Esmeralda representaba, según Inostroza, a los valientes “pijes” que se jugaron por Chile en la estúpida guerra imperialista contra Perú y Bolivia; como era un regimiento de latifundistas y de nuevos ricos poseían, según Inostrosa, tanto valor y capacidad guerrera como los “rotos”; en cada víspera de batalla surgía la famosa “tomatina de la chupilca del diablo” – mezcla de alcohol puro mezclada con pólvora-. Confieso que con mi inocencia infantil creía que ese cóctel era posible. Todas esas hazañas bélicas, miradas a luz de la verdad, no son más tonterías y mitos, algo así como el ejército jamás vencido.
Concuerdo plenamente con mi amigo Paul Walder que resucitar para el Bicentenario esa mitología de Adiós al séptimo de línea sólo sirve para replantear un chauvinismo ramplón, cuyo mejor cultor, hoy por hoy, es el diputado Jorge Tarud. Si vemos históricamente, el ejército de Chile ha tenido distintas posturas políticas: al comienzo fue “pipiolo” y perseguido por el tirano Portales; posteriormente el ejército es responsable del genocidio del pueblo mapuche, deuda de sangre que Chile aún no paga; luego, la ocupación de Lima no es más que un repugnante saqueo y violación. En el siglo XX, el ejército no es ni oligárquico, ni popular y, finalmente, con la “doctrina de la seguridad nacional” es responsable del genocidio contra los chilenos que pensaban distinto.
El valor del artículo de Paul Walder es denunciar a tiempo el peligro de que el balance del Bicentenario se convierta en un siútico himno de un miserable chauvinismo autocomplaciente, tal cual presentaba a Chile El Mercurio, del 18 de septiembre de 1910. No sería mejor que aprovecháramos las fiestas para realizar una crítica profunda al Chile que continúa siendo segregado y condenando a los ciudadanos más pobres a una faramalla de democracia, a hospitales que conducen a la muerte y escuelas que preparan para sacar la mierda a los ricos.
Para empezar, el nombre de “guerra del Pacífico” es completamente falso, más adecuado sería denominarla como la “guerra del impuesto de diez centavos” o “la guerra del salitre”. Su origen y desarrollo es meramente económico: el gobierno de Aníbal Pinto estaba sufriendo la peor crisis económica del siglo XIX y, para evitar el default tuvo que terminar con el patrón oro y reemplazarlo por el papel moneda; el Perú también estaba en crisis por lo cual se vio obligado a nacionalizar el salitre; los bonos peruanos estaban completamente devaluados. Es cierto que, además, existían intrigas diplomáticas con los vecinos, en especial el Tratado secreto entre Perú y Bolivia.
En el fondo, los soldados eran cazados por las famosas levas forzosas, y dudo que estarían dispuestos a ir a morir, dirigidos por los ineptos generales. Es sabido que Manuel Baquedano tenía menos vocabulario que George Bush. La oligarquía ha sido muy inteligente para inventar sus propios héroes: en la guerra del salitre lo fueron los ministros civiles Rafael Sotomayor, padre del carnicero de la matanza de Santa María de Iquique; posteriormente lo fue José Francisco Vergara, radical, masón millonario y dueño de la Quinta que lleva su apellido. Mario Rivas, un periodista famoso y mordaz, escribió una monstruosa obra de teatro, cuya trama consistía en el abrazo entre Juan Verdejo( representa al pueblo Chileno en la revista satírica Topaze el barómetro de la política Chilena) y un aristócrata; según el autor, estos dos personajes habían ganado la Guerra del Pacífico. La oligarquía inventó el personaje Patricio Lynch, una especie de virrey británico, que dirigió la ocupación de Lima. Los soldados se dedicaron, brutalmente, a violar a cuanta niña peruana encontraron y, hasta hoy, no hemos devuelto los tesoros artísticos y literarios, robados a la capital del Rimac y, como en Chile todo es falso, la famosa estatua de Baquedano, en la Plaza Italia, corresponde al general Foch, héroe francés de la Primera Guerra Mundial. ( El recuerdo de estas brutalidades y abusos han quedado grabados en la memoria popular
Según el escritor Genaro Prieto, Arturo Prat perteneció a la cofradía de los rotarios, personas muy buenas para comer; miren que al héroe de Iquique se le ocurrió, nada menos, que preguntar que si había almorzado la gente, cuando sabía muy bien que luego iban ante la presencia del tata Dios, quien es muy reputado como un aficionado a los ayunos.
La mayoría de los críticos chilenos del Centenario culparon a la guerra del salitre de todas las desgracias del Chile de comienzos de siglo pasado: para MacIver, en su discurso Crisis moral de la República, culpa a la “peste” de la riqueza fácil del salitre de todas las corrupciones del Chile parlamentario. Para el profesor Alejandro Venegas, fue la Guerra del Pacífico y la contrarrevolución de 1891, las causantes de la corrupción de los banqueros y de la oligarquía campesina. Carlos Vicuña Fuentes fue partidario de abandonar el patrioterismo y entregar las cautivas Tacna y Arica al Perú.
¿Quiénes ganaron con la Guerra del nitrato? En primer lugar, la oligarquía, los banqueros y los especuladores, que no pagaron nunca más impuesto a la renta y vivieron del ocio que permitían los millones, producto de este regalo del desierto; en segundo lugar, el imperialismo inglés, representado por los reyes de la especulación de fines del siglo XIX, entre quienes se cuenta a John Thomas North, llamado el rey del salitre; North era un genio de la publicidad: inventó su origen pobre y que, a fuerza de trabajo, había llegado a la cima de la riqueza. Los inversionistas le creían a pie juntillas; sus acciones en la bolsa de Londres pagaban enormes dividendos y, como North no era nada de tonto, sabía muy bien que la riqueza del salitre era efímera y que sus precios subían y bajaban. Al morir North, había vendido todas sus acciones, dejando en la estacada a los ingenuos que le dieron fama de gurú.
North construyó, en Tarapacá, un verdadero imperio y, como sabía relacionarse muy bien, se hizo amigo de Robert Harvey, quien estaba a cargo, nombrado por los chilenos, de la administración de las Oficinas salitreras de Tarapacá y Antofagasta. North fanfarroneaba que sabía, por adelantado, el triunfo de los chilenos en la Guerra, por eso compró bonos peruanos, que estaban a precio de huevo; como el presidente Federico Santamaría reconoció la deuda del Perú, los activos de North se fueron a los cielos.
North se apropió, de muy mala manera, de la propiedad de las aguas que venían del valle de Pica. Su primera empresa estuvo destinada a vender agua potable – lo de potable es muy discutible, pues el agua era de muy mala calidad y cara, como lo asevera el profesor Venegas, en su visita a Iquique -. Posteriormente, creó un banco, dirigido por su amigo Dawson, un famoso banquero de Valparaíso, que había proporcionado créditos blandos a North; además, inventó una empresa que abasteciera las pulperías y sólo le faltaba el ferrocarril que llevara el salitre a los puertos de Iquique y Pisagua. A causa del monopolio del transporte del salitre explotó el conflicto con el presidente José Manuel Balmaceda, que quería chilenizar los ferrocarriles. El Consejo de Estado dio razón a Balmaceda, a pesar de las presiones de la oligarquía.
North tenía competidores, por cierto, entre ellos la famosa casa Gibbs y Hermanos, que también querían construir un ferrocarril. Ambas empresas habían comprado a sendos abogados y parlamentarios de la oligarquía, entre los más conocidos se cuenta a Julio Zegers y su hijo; los hermanos Enrique y David MacIver, Carlos Walker y Eulogio Altamirano, entre otros, todos enemigos de Balmaceda. En ese tiempo, como hoy, la política estaba completamente mezclada con los negocios.
El debate sobre los intereses económicos comprometidos en la contrarrevolución de 1891 se ha extendido hasta nuestros días. Alejandro Venegas, Julio César Jobet y Hernán Ramírez Necochea sostienen la tesis del papel preponderante de la alianza entre el imperialismo inglés y sus servidores oligarcas chilenos en la contrarrevolución de 1891. Blakemore, al criticar la tesis de Ramírez Necochea, sostiene que había un verdadero conflicto de intereses entre la casa Gibbs y North, por lo demás, Balmaceda no tuvo, según este autor, una verdadera política nacionalista y su pedestal se debe a un mito posterior, levantado por Arturo Alessadri Palma, Eduardo Frei Montalva y, sobretodo, Salvador Allende. García de la Huerta plantea la hipótesis de la multicausalidad del conflicto civil de 1891. Encina, Vial Correa y Edwards Vives sostienen que la guerra civil de 1891 tuvo como causa una colisión entre el autoritarismo presidencialista de Balmaceda y su ministro, Bañados Espinoza, y la mayoría parlamentarista del Congreso. Dejo al lector las ideas planteadas para que recurra a los múltiples textos sobre el tema, que existen en bibliotecas y tome su propia posición.
*A propósito de lúcido artículo de Paul Walder
El Séptimo de línea era el Regimiento Esmeralda representaba, según Inostroza, a los valientes “pijes” que se jugaron por Chile en la estúpida guerra imperialista contra Perú y Bolivia; como era un regimiento de latifundistas y de nuevos ricos poseían, según Inostrosa, tanto valor y capacidad guerrera como los “rotos”; en cada víspera de batalla surgía la famosa “tomatina de la chupilca del diablo” – mezcla de alcohol puro mezclada con pólvora-. Confieso que con mi inocencia infantil creía que ese cóctel era posible. Todas esas hazañas bélicas, miradas a luz de la verdad, no son más tonterías y mitos, algo así como el ejército jamás vencido.
Concuerdo plenamente con mi amigo Paul Walder que resucitar para el Bicentenario esa mitología de Adiós al séptimo de línea sólo sirve para replantear un chauvinismo ramplón, cuyo mejor cultor, hoy por hoy, es el diputado Jorge Tarud. Si vemos históricamente, el ejército de Chile ha tenido distintas posturas políticas: al comienzo fue “pipiolo” y perseguido por el tirano Portales; posteriormente el ejército es responsable del genocidio del pueblo mapuche, deuda de sangre que Chile aún no paga; luego, la ocupación de Lima no es más que un repugnante saqueo y violación. En el siglo XX, el ejército no es ni oligárquico, ni popular y, finalmente, con la “doctrina de la seguridad nacional” es responsable del genocidio contra los chilenos que pensaban distinto.
El valor del artículo de Paul Walder es denunciar a tiempo el peligro de que el balance del Bicentenario se convierta en un siútico himno de un miserable chauvinismo autocomplaciente, tal cual presentaba a Chile El Mercurio, del 18 de septiembre de 1910. No sería mejor que aprovecháramos las fiestas para realizar una crítica profunda al Chile que continúa siendo segregado y condenando a los ciudadanos más pobres a una faramalla de democracia, a hospitales que conducen a la muerte y escuelas que preparan para sacar la mierda a los ricos.
Para empezar, el nombre de “guerra del Pacífico” es completamente falso, más adecuado sería denominarla como la “guerra del impuesto de diez centavos” o “la guerra del salitre”. Su origen y desarrollo es meramente económico: el gobierno de Aníbal Pinto estaba sufriendo la peor crisis económica del siglo XIX y, para evitar el default tuvo que terminar con el patrón oro y reemplazarlo por el papel moneda; el Perú también estaba en crisis por lo cual se vio obligado a nacionalizar el salitre; los bonos peruanos estaban completamente devaluados. Es cierto que, además, existían intrigas diplomáticas con los vecinos, en especial el Tratado secreto entre Perú y Bolivia.
En el fondo, los soldados eran cazados por las famosas levas forzosas, y dudo que estarían dispuestos a ir a morir, dirigidos por los ineptos generales. Es sabido que Manuel Baquedano tenía menos vocabulario que George Bush. La oligarquía ha sido muy inteligente para inventar sus propios héroes: en la guerra del salitre lo fueron los ministros civiles Rafael Sotomayor, padre del carnicero de la matanza de Santa María de Iquique; posteriormente lo fue José Francisco Vergara, radical, masón millonario y dueño de la Quinta que lleva su apellido. Mario Rivas, un periodista famoso y mordaz, escribió una monstruosa obra de teatro, cuya trama consistía en el abrazo entre Juan Verdejo( representa al pueblo Chileno en la revista satírica Topaze el barómetro de la política Chilena) y un aristócrata; según el autor, estos dos personajes habían ganado la Guerra del Pacífico. La oligarquía inventó el personaje Patricio Lynch, una especie de virrey británico, que dirigió la ocupación de Lima. Los soldados se dedicaron, brutalmente, a violar a cuanta niña peruana encontraron y, hasta hoy, no hemos devuelto los tesoros artísticos y literarios, robados a la capital del Rimac y, como en Chile todo es falso, la famosa estatua de Baquedano, en la Plaza Italia, corresponde al general Foch, héroe francés de la Primera Guerra Mundial. ( El recuerdo de estas brutalidades y abusos han quedado grabados en la memoria popular
Según el escritor Genaro Prieto, Arturo Prat perteneció a la cofradía de los rotarios, personas muy buenas para comer; miren que al héroe de Iquique se le ocurrió, nada menos, que preguntar que si había almorzado la gente, cuando sabía muy bien que luego iban ante la presencia del tata Dios, quien es muy reputado como un aficionado a los ayunos.
La mayoría de los críticos chilenos del Centenario culparon a la guerra del salitre de todas las desgracias del Chile de comienzos de siglo pasado: para MacIver, en su discurso Crisis moral de la República, culpa a la “peste” de la riqueza fácil del salitre de todas las corrupciones del Chile parlamentario. Para el profesor Alejandro Venegas, fue la Guerra del Pacífico y la contrarrevolución de 1891, las causantes de la corrupción de los banqueros y de la oligarquía campesina. Carlos Vicuña Fuentes fue partidario de abandonar el patrioterismo y entregar las cautivas Tacna y Arica al Perú.
¿Quiénes ganaron con la Guerra del nitrato? En primer lugar, la oligarquía, los banqueros y los especuladores, que no pagaron nunca más impuesto a la renta y vivieron del ocio que permitían los millones, producto de este regalo del desierto; en segundo lugar, el imperialismo inglés, representado por los reyes de la especulación de fines del siglo XIX, entre quienes se cuenta a John Thomas North, llamado el rey del salitre; North era un genio de la publicidad: inventó su origen pobre y que, a fuerza de trabajo, había llegado a la cima de la riqueza. Los inversionistas le creían a pie juntillas; sus acciones en la bolsa de Londres pagaban enormes dividendos y, como North no era nada de tonto, sabía muy bien que la riqueza del salitre era efímera y que sus precios subían y bajaban. Al morir North, había vendido todas sus acciones, dejando en la estacada a los ingenuos que le dieron fama de gurú.
North construyó, en Tarapacá, un verdadero imperio y, como sabía relacionarse muy bien, se hizo amigo de Robert Harvey, quien estaba a cargo, nombrado por los chilenos, de la administración de las Oficinas salitreras de Tarapacá y Antofagasta. North fanfarroneaba que sabía, por adelantado, el triunfo de los chilenos en la Guerra, por eso compró bonos peruanos, que estaban a precio de huevo; como el presidente Federico Santamaría reconoció la deuda del Perú, los activos de North se fueron a los cielos.
North se apropió, de muy mala manera, de la propiedad de las aguas que venían del valle de Pica. Su primera empresa estuvo destinada a vender agua potable – lo de potable es muy discutible, pues el agua era de muy mala calidad y cara, como lo asevera el profesor Venegas, en su visita a Iquique -. Posteriormente, creó un banco, dirigido por su amigo Dawson, un famoso banquero de Valparaíso, que había proporcionado créditos blandos a North; además, inventó una empresa que abasteciera las pulperías y sólo le faltaba el ferrocarril que llevara el salitre a los puertos de Iquique y Pisagua. A causa del monopolio del transporte del salitre explotó el conflicto con el presidente José Manuel Balmaceda, que quería chilenizar los ferrocarriles. El Consejo de Estado dio razón a Balmaceda, a pesar de las presiones de la oligarquía.
North tenía competidores, por cierto, entre ellos la famosa casa Gibbs y Hermanos, que también querían construir un ferrocarril. Ambas empresas habían comprado a sendos abogados y parlamentarios de la oligarquía, entre los más conocidos se cuenta a Julio Zegers y su hijo; los hermanos Enrique y David MacIver, Carlos Walker y Eulogio Altamirano, entre otros, todos enemigos de Balmaceda. En ese tiempo, como hoy, la política estaba completamente mezclada con los negocios.
El debate sobre los intereses económicos comprometidos en la contrarrevolución de 1891 se ha extendido hasta nuestros días. Alejandro Venegas, Julio César Jobet y Hernán Ramírez Necochea sostienen la tesis del papel preponderante de la alianza entre el imperialismo inglés y sus servidores oligarcas chilenos en la contrarrevolución de 1891. Blakemore, al criticar la tesis de Ramírez Necochea, sostiene que había un verdadero conflicto de intereses entre la casa Gibbs y North, por lo demás, Balmaceda no tuvo, según este autor, una verdadera política nacionalista y su pedestal se debe a un mito posterior, levantado por Arturo Alessadri Palma, Eduardo Frei Montalva y, sobretodo, Salvador Allende. García de la Huerta plantea la hipótesis de la multicausalidad del conflicto civil de 1891. Encina, Vial Correa y Edwards Vives sostienen que la guerra civil de 1891 tuvo como causa una colisión entre el autoritarismo presidencialista de Balmaceda y su ministro, Bañados Espinoza, y la mayoría parlamentarista del Congreso. Dejo al lector las ideas planteadas para que recurra a los múltiples textos sobre el tema, que existen en bibliotecas y tome su propia posición.
*A propósito de lúcido artículo de Paul Walder
