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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: El “18”, nuestro carnaval

Fiestas Patrias en Chile, 18 de septiembre, pero en verdad fin de semana largo, además semana de vacaciones, el “mes de la patria” y ya estamos hablando de septiembre completo. Es curioso observar con la perspectiva de la distancia, el significado del día nacional en Chile. Me atrevo a decir que no otro país o comunidad dedica tanto tiempo a la celebración de su fiesta nacional ni con tanto entusiasmo.
 

Un país altamente nacionalista como Estados Unidos da a su día nacional (4 de julio) un tono más bien familiar y de conmemoraciones oficiales sea a nivel nacional, de cada estado o de cada condado, pero es un día y eso es todo, a la mañana siguiente todo el mundo al trabajo, y no hay excusas de que se le pasó la mano celebrando. Aquí en Canadá el día nacional (1º de julio) es un feriado de un carácter que va más bien de lo familiar a lo comunitario; como es pleno verano, un asado al aire libre parece ser la parte cumbre del festejo a nivel familiar. Naturalmente celebraciones también tienen lugar a nivel provincial y local, pero igual, al otro día todo el mundo debe estar en su trabajo y sobrio… Lo que es más interesante, al menos aquí en Montreal, es que en lugar de un desfile militar, en la fiesta de Canadá hay una parada celebratoria que incluye a los regimientos de la ciudad ciertamente, pero que es más que nada una parada cívica, con participación de organizaciones de la comunidad y cuando el último grupo pasa todo el que quiera sumarse al desfile puede hacerlo, yo mismo me he agregado al desfile unas tantas veces. Me gustaría que en Chile fuera algo así en lugar del militarista y ultraformal desfile del 19.

Sólo cuando por razones de exilio tuve que irme a otras tierras, el tema de las fiestas patrias vino a mi mente en comparación con lo que ocurre en otras latitudes. Ni Argentina, donde viví por dos años, ni Canadá, donde vivo ahora hacen lo que en Chile se hace para su fiesta nacional. Mi explicación sobre el tema es que las sociedades necesitan tener un momento de desahogo, de festejos y de abandono de la rutina y las demandas de la vida cotidiana. En la mayor parte de América Latina – con excepción de Chile – esa válvula de escape la provee cada año el carnaval. Esa es la ocasión en que se dejan de lado formalidades, se desata la sensualidad en todas sus formas, y la gente se prepara para gastar en su disfraz y en todo lo que las fiestas le van a demandar. En ausencia de tal arranque colectivo, el 18 y todo lo relacionado a las fiestas patrias viene a ser esa válvula de escape, el 18 es nuestro carnaval en otras palabras (Chile no tiene carnaval y lo más cercano que tuvo fue la Fiesta de los Estudiantes en que todos se disfrazaban y que desapareció a comienzos de la década de los 50s).

Como todo aquel que creció en Chile y que por lo tanto adquirió en esa experiencia de niñez y juventud su identidad nacional, las celebraciones de fiestas patrias eran un importante hito en el calendario. Aunque por un lado nunca me entusiasmó mucho el discurso patriotero que se derramaba abundantemente en esta fecha, por otra parte había cosas que apelaban a los sentimientos y a los sentidos en estas celebraciones: la música folklórica que desde mis tempranos tiempos de niño aprendí a querer (aunque confieso que nunca aprendí a bailar cueca) e incluso – aunque esto puede chocar a algunos – mis experiencias de observar paradas militares me hizo apreciar la música marcial. Admito que aun me gustan las marchas militares por lo que no dejo de pensar que en una sociedad utópica ideal, en la cual no hubiera fuerzas militares, debería haber una excepción para las bandas militares…

El 18 es así una institución en el imaginario popular chileno, aunque – curiosamente – si uno va a examinar la historia, en estricto sentido el 18 de septiembre de 1810 no fue una  ocasión propicia para los ideales de la independencia, más bien fue todo lo contrario: la primera junta de gobierno, formada en esa ocasión a la usanza de las “juntas de notables” formadas en España luego de la invasión napoleónica de 1808 y que también se sucedieron en las principales ciudades de la América española, no tenía por objeto independizar a Chile sino todo lo contrario, “guardar estas tierras para el soberano, Don Fernando VII” como indican las actas del Cabildo santiaguino. El origen mismo de estas juntas se remontaba a la antigua tradición española del llamado “derecho de fueros” por el cual, en ausencia del rey, el derecho a gobernarse revertía a las ciudades, las que designaban juntas de sus súbditos más notables o importantes, para esa tarea que se consideraba terminada una vez que el monarca volviera a ejercer su cargo.

Los planes de los buenos señores del Cabildo de 1810 se vieron estropeados al año siguiente cuando un entonces joven líder, José Miguel Carrera, lanzó una sublevación que efectivamente puso en la orden del día de las aspiraciones criollas, el derecho a la independencia: “Quien fue el primero que dijo / libertad en nuestra tierra / sin reyes y sin tiranos / Don José Miguel Carrera…” escribió Pablo Neruda. El algún momento debería hacerse justicia a quien fue el más talentoso y progresista (revolucionario incluso) de nuestros líderes independentistas.

Así como el 18 de septiembre evoca esa primera junta que tuvo más bien propósitos conservadores, monárquicos incluso, lo cierto es que por la acción decidida de Carrera y otros líderes efectivamente patriotas, esa fecha puede considerarse como la del inicio de un proceso que culminó con la declaración de independencia, el 12 de febrero de 1818. Incongruentemente esta última fecha es largamente ignorada, ni siquiera es feriado, como lo es el 9 de julio en Argentina, conmemoración de su propia declaración de independencia (por el congreso de Tucumán en 1816).

A todo esto en Chile se empieza a vivir la fiebre del bicentenario, pese a que ese aniversario sólo se alcanzará el próximo año. Una prueba más del entusiasmo patriótico o debe decir, “patriotero” con que se aborda la ocasión. No cabe duda que desde el punto de vista del fervor popular esta es una fecha a celebrar y no tendría ningún sentido tratar de ir contra la corriente celebratoria (aunque Luis Emilio Recabarren en 1910 tuvo palabras condenatorias muy fuertes para la celebración del centenario, era una celebración de la burguesía, dijo el fundador del movimiento obrero y del primer partido marxista del país), quizás lo único que valdría la pena hacer es ponerla más en su contexto: no es el bicentenario de todo Chile como ahora se lo concibe geográfica o políticamente porque ni las regiones de Antofagasta, Tarapacá ni Arica eran parte del país entonces; tampoco es el bicentenario de los mapuches y otras etnias minoritarias pues ellos estaban en el territorio desde mucho antes y su incorporación a Chile distó mucho de ser voluntaria…

También se la debe contextualizar en otros sentidos: los arranques de nacionalismo y chauvinismo deben dejarse de lado, son más bien una fuente de vergüenza y bochorno: por cierto Chile no es el mejor país del mundo, sólo lo es para los que allí viven o lo añoran desde lejos; es un país único, pero no más que como lo es cada uno de los países que existen en el mundo…

Y para terminar con el agotador tema del bicentenario, el hecho que se empiece a celebrar con un año de anterioridad hace sospechar que algunos en la Concertación temen que cuando la real fecha bicentenaria venga en 2010 ellos ya no estén en el gobierno, por eso el adelantamiento. Puede ser, aunque por otro lado también sería un contrasentido que estuviera instalada en el gobierno una Derecha cuyos antepasados políticos eran los que querían “guardar estas tierras para Don Fernando VII”.