| 20.30 horas, domingo. Cerca de 300 personas gritan excitados, como si el mundo se les terminara en un par de minutos más. El frío no escatima piedad y golpea con fuerza. Hacía media hora habían llegado voces de que algo sucedía en el Servicio Electoral. Hacía media hora, había sonado el teléfono que nos llevó al sitio del suceso. No demoramos mucho en llegar y en ser aplaudidos, como si fuéramos los héroes de una revolución entre esas 4 paredes. |
La avenida Irarrázaval guarda al Servel de Nuñoa. Durante toda la semana, el director del organismo, Juan Ignacio García, había manifestado que en el último día para la inscripción electoral – que motivó una campaña fracasada del gobierno – las oficinas iban a seguir funcionando hasta las 9 de la noche, como lo establece la ley, en caso de que la gente que sigue en fila no haya alcanzado a ser atendida a las 19:00 horas, el horario de término de jornada. Ni uno, ni lo otro. Ese centenar de personas, haciendo cola desde por lo menos 4 horas, de un momento se les informó que no iban a ser inscritos en los registros electorales, que no iban a poder votar, y que el cansancio de las horas en pie haciendo la cola era en vano. Gente que había entrado a ese edificio a las 14:00 horas, salía a las 20:00 sin la misión cumplida. “Vaya manera de motivar la inscripción”, relata un improvisado líder de la rebelión de los no votantes.
Lo peor, en todo caso, no llegaba aún. La gente, como establece la lógica, comenzó a reclamar. Las oficinistas del Servel simplemente cerraron las ventanillas, sin comentar nada, sin informar el contexto, y fuera de lo que se había prometido durante la semana. Y ahí comenzó la rabia, era que no.
Visiblemente molestos, los frustrados ‘no ciudadanos’ empezaron a vociferar la injusticia a la que se sometieron. Más si, según contaron después, veían un gesto burlesco de las oficinistas que comenzaron a disfrutar de una exquisita once, mientras que las 300 cabezas esperando inscribirse para votar, aún seguían de pie. Todo esto en un agitado ambiente que desnudó la incompetencia del servicio público.
Mucho tiempo no pasó hasta que llegaron los soldados, a petición del Servel. El autobús estacionado afuera del recinto amenazó con prepotencia. La policía, cubiertos con protecciones hasta la cabeza, inició la ofensiva agresiva y mal educada que nos tiene acostumbrado. Este periodista insistió a lo menos por 5 veces entablar diálogo con algún efectivo, para lograr dar con el nombre del jefe a cargo y tener la versión del capitán. Silencio, ironía, golpes, fueron las respuestas, aún cuando mi representación era de un importante y conocido medio de comunicación nacional. Mientras, los no votantes se rebelaron, se defendieron, gritaron desesperados una ayuda imperiosa a nosotros, la prensa, para hacer público tal atropello, mostrar el incumplimiento del Servel y la torpeza de Carabineros, algo que ya no sorprende.
“De aquí no nos movemos, hasta que nos inscribamos”. Esa fue la consigna de todos los que se ilusionaron con poder acceder al voto en diciembre. Y así fue. Nadie se movió… hasta un desalojo cuasi forzado. Empujones, forcejeos, fue el método democrático con el que se les invitó a salir a los frustrados ciudadanos, sin estar en la lista de los electores.
La prensa no pudo entrar a las oficinas. Los centenares de no votantes echados a la calle, y las oficinistas aún encerradas, fueron el saldo. El show había terminado, con las personas sin tener aun una versión oficial del servicio electoral, y con Carabineros celebrando la operación. Desde afuera, los gritos no cesaron, había una furia latente, que no se cansó durante rato después del desalojo. No había más, habría que guardarse la furia, tomar el troncal más cercano y agachar la cabeza, resignado, viendo cómo la participación que les venden sus adorados políticos, no es más que una estúpida y retórica palabra.
Julio Sánchez Agurto / Director Periódico La Diagonal
