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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: De nuevo esa fecha

El 11 de septiembre, esa fecha siempre tan grabada en todos los que la vivimos, el día que marcó el término a un período de sueños y esperanzas y que en cambio marcó el punto de partida para otro, de horror, dolor y profundos quiebres. Mucho de esto aun perdura. Si bien es cierto, las memorias de ese día permanecen vívidas en mi mente, como creo que en todos los que estábamos sufriendo ese episodio de la historia de Chile, hay cosas que quisiera que se recordaran de otro modo.

Que conste, no estoy ni podría estar contra mantener viva la memoria de ese día y del oscuro período que con el 11 de septiembre de 1973 se inauguró en Chile. Lo que sí me gustaría cambiar es ese excesivo énfasis en la victimización que algunos hacen. Nosotros perdimos esa batalla ese día, batalla más en un sentido metafórico que otra cosa, combates de real envergadura no los hubo, la resistencia – incluyendo la muy heroica del propio presidente Salvador Allende en La Moneda – fueron más bien gestos simbólicos, muy honorables por cierto, pero la desigual correlación de fuerzas entre el aparato armado del estado contra las escasos y mal equipados contingentes de militantes de la Izquierda que esa mañana y algunos días después intentaron oponerse al golpe, no podían arrojar sino el resultado que dio. Eso sin restar mérito ni honor a los que valerosamente combatieron con las pocas armas que había.

La cuestión es otra, y tiene relación un poco con algo que una vez escuché decir a Clotario Blest, “en esto de la lucha de clases la pelea va a ser dura y no se puede andar lamentando cada vez que nos pegan, porque eso es como si un boxeador en medio de la pelea empezara a reclamar que le están pegando…” Que el golpe de estado iba a ser brutal y destructor era obvio, era la única manera de demoler un movimiento que había alcanzado una enorme magnitud y peso político, aunque nunca llegó a desarrollar o siquiera a plantearse un respaldo armado comparable. Ese entendimiento básico no fue muy claro, como lo demuestra que muchos militantes, incluso algunos con experiencia, creyeron lo que decían los militares y concurrieron – ingenuamente – a entregarse cuando eran llamados por bando. Otros continuaron viviendo en sus casas donde fueron fácilmente encontrados o denunciados por vecinos vengativos. No estoy diciendo que haya que culpar a quienes fueron víctimas de la represión por su suerte, pero sí, en unos cuantos casos el sufrimiento pudo al menos minimizarse si se hubiera tenido mayor claridad política y sobre todo una mayor comprensión sobre la naturaleza del fascismo, entendido en este caso no necesariamente como doctrina política, sino más bien como actitud de vida.

Lo que sucedió por cierto es que las fuerzas de la Derecha y los intereses de Estados Unidos en ese caso decidieron traspasar todos los límites en lo que a combatir a su enemigo se refiere. No hubo reglas, fue la represión más brutal que se podía imaginar. Lo malo es que hubo muchos de entre nosotros mismos que ese día no lo entendieron, simplemente porque hasta ese momento era imposible de imaginar tal grado de violencia. Cierto, en nuestras consignas usábamos entonces expresiones como que “hay que darle duro a los momios” o incluso cosas más agresivas, pero la verdad es que eso era el nivel de la consigna, que es un discurso simplista, reducidor y figurativo, más que real. En estricto sentido creo que en nuestras mentes nunca estuvo la idea de “juntar odio”, como grupos fascistas llamaban a los chilenos en sus volantes en los días previos al golpe. No era ese el lenguaje de la política chilena a pesar de la gran polarización que se había producido. Diría que en gran medida eso era porque mal que mal, todos nosotros teníamos a algún pariente que estaba en el otro lado de la barricada, por así decirlo, o por último conocíamos a algún amigo, algún colega de trabajo o compañero de estudios, a algún conocido o simplemente a un vecino que era “momio”, pero seriamente ¿a quién de nosotros entonces se le hubiera pasado por la mente que hubiera que arrestar a ese gente por pensar distinto? Y por cierto a nadie de nosotros se le hubiera ocurrido torturarlos por ese motivo, o violar a sus esposas e hijas. Plantear tal cosa hubiera sido considerado una perversión, ciertamente incompatible con nuestros ideales de cambiar el mundo. ¡Pero cuán poco conocíamos de la capacidad de maldad que encarna el fascismo como actitud de vida!

“…Un muerto, uno golpeado / como jamás nunca creí / se podría golpear a un ser humano…” escribió Víctor Jara en su última canción que el cantautor creara en medio del infierno desatado por los militares en el improvisado campo de prisioneros del Estadio Chile. Esa frase retrata muy bien nuestra incapacidad en ese momento para captar toda la dimensión del fascismo desatado. Si bien yo mismo acabo de decir que tenía un entendimiento racional de que el golpe y el accionar que siguiera, tenía que ser de extrema brutalidad, el detalle de esa caracterización iba más allá de toda elaboración teórica que uno hubiera podido hacer.

Lo cual me devuelve al punto del fascismo como actitud de vida. No voy a entrar aquí al trasnochado debate retórico de exilio de si el régimen pinochetista era fascista o no (los puristas dirán que no porque no había un partido o movimiento fascista, otros dirán que la existencia de un partido o movimiento no es lo esencial del fascismo). Más bien me quedo con una comprensión de fascismo como actitud de vida, difícil de definir en verdad, aparte de sus aspectos más salientes que son casi más psicológicos que políticos: extrema brutalidad, falta de toda consideración por otros seres humanos, una suerte de veneración por la violencia en todas sus formas, etc.

Como decía, lo que los militares hicieron con otros seres humanos que eran de Izquierda y que por eso eran sus prisioneros, era inconcebible para nosotros como exponentes del proyecto de la UP. Simplemente no hubiéramos podido hacerlo a nuestros adversarios, básicamente porque hubiese sido una negación de la idea que queríamos hacer un mundo mejor. Ciertamente uno no da inicio a una mejor sociedad usando los mismos métodos sanguinarios de la sociedad vieja que se quiere reemplazar.

No había tales escrúpulos del otro lado, y en eso la caracterización de “fascistas” es correcta. Mientras para nosotros el lazo de familia, de amistad, por último de humanidad, nos inhibía actuar como el fascismo lo hizo, en el otro bando nada de eso era obstáculo para sus propios designios. Se ha dicho que por ejemplo, al momento del inicio de la represión o cuando ésta se planeaba, los altos mandos involucrados habrían hecho una suerte de juramentación que en la persecución y en la “extracción del cáncer del marxismo” (términos usado por Gustavo Leigh) no iba a haber contemplaciones ni siquiera con sus propios familiares. Y lo más seguro es que lo cumplieron o lo hicieron cumplir mediante presiones e intimidaciones entre ellos. Pinochet mismo en una oportunidad, se vanaglorió que entre los detenidos había habido algún “primo lejano”. El primer canciller de la Junta, el almirante Ismael Huerta tuvo a su propio hijo como exiliado. El general Gabriel Van Schouwen de la fuerza aérea no había ni siquiera podido averiguar detalles de su sobrino el dirigente del MIR Bautista Van Schouwen, salvajemente torturado y ultimado por la DINA, según me contara una vez aquí en Montreal, Don Bautista, padre del dirigente mirista. Aspectos centrales de la convivencia humana se quebraron esa mañana hace treinta y seis años, y lo que es peor, nunca se reparó ese quiebre de modo pleno. Porque para que tal cosa ocurra tiene que haber una exhaustiva mirada a lo que ocurrió y los perpetradores de tanta barbaridad aun se resisten a que tal cosa se haga. Entretanto, los fascistas – entendido el concepto como “actitud de vida” – siguen caminando tranquilamente por las calles de Chile y de vez en cuando siguen mostrando su carencia de humanidad, como cuando en los días de la muerte del ex dictador y en respuesta a las manifestaciones de la gente de Izquierda, en una ocasión lanzaron a un grupo de mujeres unos restos de huesos de carnicería: “Ahí tienen a los desaparecidos”, dijeron en un tono de burla que los volvió a retratar como la escoria humana que son.

“Junten odio chilenos” decían los fascistas antes del golpe, pero ese no es ni fue nunca nuestro lenguaje. A treinta y seis años esperamos sin embargo que algo se haga como respuesta a tanta ignominia. Ciertamente no por revancha, el humanismo que nuestro proyecto representó no permitiría que se buscara una suerte de “ojo por ojo, diente por diente”. Los que vivimos y recordamos ese tiempo nos conformamos con una meta más sencilla y a la vez más imperecedera: justicia. Para vergüenza de la sociedad chilena, en este nuevo aniversario del sangriento golpe de estado, aun esa modesta aspiración es negada a muchas de las víctimas y sus familiares.