Rusia es la que ha mostrado una mayor agresividad en reclamar soberanía sobre el Ártico, incluso el año pasado en una publicitada acción, uno de sus submarinos plantó la bandera rusa sobre el suelo oceánico reclamando para sí el Polo Norte. Un hecho que provocó la protesta canadiense.
Hay que recordar que al revés de la Antártica, bajo los hielos árticos no hay un continente, es sólo mar, el que la mayor parte del año tiene su superficie congelada, sin embargo—producto del llamado cambio climático—en los últimos años gran parte de esos hielos han desaparecido lo que ha abierto el apetito de las grandes corporaciones que ven que puede ser factible la exploración y eventual extracción de petróleo y otros minerales que se sabe existen bajo las gélidas aguas árticas.
Naturalmente Estados Unidos y Rusia, ya desde los tiempos de la Guerra Fría tenían interés en la región y se teme que simplemente actuando de hecho, las dos potencias simplemente se apoderen de esos recursos, algo que por cierto preocupa a Canadá y a los otros socios árticos de menos poderío militar.
Estados Unidos en especial ha sido muy firme en plantear lo que considera sus derechos territoriales en la región, que en verdad los tiene, dado que Alaska, uno de sus estados, es efectivamente una región limítrofe al Ártico. Para Washington no hay ninguna duda que tiene todo el derecho a un pedazo del Ártico simplemente como extensión de su propia ubicación geográfica. Por cierto en teoría, si la proyección geográfica es ajustada, la de Estados Unidos debería ser menor que la de Canadá o Rusia. Pero dudo que el Tío Sam se satisfaga con poco…
Muy bien, a pesar de los ajustes que sería necesario hacer, uno podría decir: fair enough. Lo curioso es que si quiero trasladar mi telescopio al otro extremo del globo, por algún extraño mecanismo allí Estados Unidos no argumenta el principio de soberanía como extensión de la geografía, el principio que utiliza en el Ártico, sino recurre a la figura de la “internacionalización”. El Polo Norte, cercano a Estados Unidos puede ser adquirido por extensión geográfica pero los estados cercanos a la Antártica no pueden reclamar soberanía sobre ese territorio. En efecto, si bien Chile y Argentina, para mencionar sólo a las dos naciones latinoamericanas con más credenciales para reclamar soberanía antártica por cercanía y proyección, incluyen a esos territorios como parte de sus respectivos países (la 12ª región chilena por ejemplo se llama Magallanes y la Antártica), lo cierto es que en el contexto internacional esa no es más que una declaración unilateral sin mayor valor, por lo menos para países como Estados Unidos y Rusia, ambos con bases científicas y militares en ese continente y que han expresado muchas veces que no reconocen ningún reclamo territorial sobre ese continente. En estricto sentido, desde el Año Geofísico Internacional de 1957-58, los reclamos territoriales han quedado congelados, en una suerte de limbo, por lo que de acuerdo al derecho internacional en verdad la Antártica no es de nadie o es de todo, como prefieren presentarlo los voceros de Estados Unidos.
Al revés de lo ocurrido con el tema ártico estos días, de la Antártica rara vez se habla, pero es quizás por eso destacar esta doble posición de Washington: derechos soberanos cuando le conviene (EE.UU. efectivamente está en el norte y en verdad puede extender al menos cierta soberanía hasta el Polo Norte a partir de Alaska), mientras en el Polo Sur y la Antártica (porque no puede reclamar extensión de su propia geografía) levanta el argumento de la “internacionalización”.
Por cierto hay que conceder que el hecho que se considere a la Antártica como internacional le ha traído importantes beneficios: un tratado que prohíbe su uso militar por ejemplo y más recientemente otros tratados destinados a proteger su medio ambiente, incluyendo su fauna. Pero no hay que ser muy mal pensado para darse cuenta que bajo los hielos antárticos se hallan también importantes recursos minerales que, tarde o temprano, las grandes corporaciones querrán explotar. Para entonces seguramente argumentarán que han desarrollado tecnologías avanzadas que no causarán daño ambiental. Y no faltarán los que les crean.
El tema antártico está congelado, si se me permite la expresión, pero el interés por mantener su status de no explotación es algo que no puede sostenerse indefinidamente especialmente cuando los apetitos por los recursos que allí hay, ejerzan una presión muy grande. De acuerdo, ello a lo mejor puede ocurrir de aquí a veinte años, pero no por ello el tema debe olvidarse y dejarse dormir completamente.
En lo que respecta a la región antártica hay esencialmente tres tipos de criterios utilizados por los países que tienen intereses allí: los de países como Chile, Argentina, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelandia que utilizan el argumento de su extensión o proyección geográfica. Si por ejemplo uno ve el mapa no cuesta darse cuenta que la península antártica aparece como una continuación de la parte sur de Sudamérica, incluso los Andes prosiguen en el continente helado. En el mismo criterio estarían los reclamos territoriales de Gran Bretaña y Francia. La primera porque puede hacer una proyección de sus territorios coloniales de las Malvinas o Falklands, Georgias del Sur y Sándwich del Sur; que a pesar que sus títulos sean cuestionados por la Argentina, en la práctica ejercía soberanía efectiva sobre ellos al momento de hacerse los reclamos antárticos. La segunda por proyección de sus territorios coloniales en el Pacífico Sur, como Tahiti y otras islas. Hay un segundo criterio utilizado por Noruega que hace un reclamo histórico por el hecho de que exploradores de su nacionalidad fueron los primeros en el territorio. Por último están los otros que no pueden hacer reclamo basado en proyección geográfica ni en antecedentes históricos, pero que igual se sienten como dueños allí: Estados Unidos y Rusia.
Como señalaba el tema de la soberanía antártica está congelado por tratados internacionales en los cuales todos los interesados han concurrido, pero no hay que olvidar que esa “internacionalización” de la Antártica en última instancia va a ser más favorable a las grandes potencias que a los países que por geografía tendrían derecho a ese territorio. Recuérdese que hace unos años se echó a volar una propuesta (en verdad nunca oficializada por Estados Unidos) de querer internacionalizar la Amazonía, pretextando que su legítimo dueño no podía hacer buen uso de ella y estaba permitiendo su destrucción. El noble argumento de la protección ambiental puede usarse a veces para objetivos más oscuros: asegurarse el control de áreas ricas en recursos naturales.
