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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Los pobres, los ricos y la honradez

En la que es seguramente la más emblemática de las manifestaciones de la cultura popular chilena, la historieta Condorito, el diario del pueblo de Pelotillehue, El Hocicón, utiliza como lema la frase “diario pobre, pero honrado”. Esta idea de tener que calificar la pobreza, insinuando que “a pesar de ella” un diario o – agregaría – cualquier individuo, puede ser honrado, es por cierto algo que merece un mayor examen.

En los hechos es más bien la riqueza la que requeriría de aclaraciones y calificaciones, la riqueza, en especial la súbita, debería estar mucho más expuesta a la sospecha de deshonestidad, antes que la pobreza. Pero por esas cosas de dominio de clase, son los pobres los que están siempre obligados a andar dando explicaciones. Si uno examina bien las cosas, deberían ser los ricos los que tuvieran esa obligación. Imagínense que el principal diario del país tuviera que llevar un lema como éste: “El Mercurio, diario rico pero honrado”.  Bueno, la verdad es que es un mal ejemplo, la segunda condición no se cumple… En todo caso el punto que quiero dejar en claro es que en estricta justicia debería ser los que han hecho montón de dinero los que tendrían que explicar cómo amasaron tales fortunas.
 
El tema de la riqueza y su íntima asociación con el mundo de los negocios da para mucho y en variados campos, por cierto el de la política es uno de los principales, en especial cuando ese entramado negocios-política se da de un modo tan patente, como en el caso del candidato-empresario Sebastián Piñera. Pero este tema de la riqueza y su encuentro o desencuentro con la honradez tiene también otras ramificaciones. A lo mejor hay casi una incompatibilidad de raíz entre la riqueza y la honradez. En un curso de ética que dicto en semestres alternados aquí en Montreal, uno de los ejercicios para debate que le doy a mis alumnos contiene una serie de citas sobre el tema, a la cual he agregado la siguiente: “Los únicos millonarios honestos son aquellos que han ganado la lotería”. Un golpe de suerte es probablemente la única forma de llegar a hacerse de fortuna sin haber engañado o explotado a nadie.
 
La verdad es que resulta difícil – por no decir imposible – triunfar en los negocios sin haber incurrido en por lo menos alguna falta a principios éticos. A veces estafando o derechamente robando a sus propios socios, como ha sido el caso de uno de los más notables barones de la prensa del mundo, el canadiense Conrad Black, una suerte de versión aumentada de Agustín Edwards, que en su momento controló los más influyentes diarios de Canadá y de  Gran Bretaña, aparte de un buen número en Estados Unidos. Black – que en su arribismo incluso llegó a adquirir un título de nobleza británico – ha terminado condenado a seis años de prisión por estafa en Estados Unidos. El expediente que este empresario caído en desgracia utilizó, fue el de desvalijar los fondos del propio conglomerado de prensa que presidía, sin mayor consideración por los accionistas de la empresa, además de otras actividades que los fiscales norteamericanos consideraron y lograron probar como delictivas. Cosa no siempre fácil ya que en todas partes la ley tiende a dar más facilidades a los “criminales de cuello blanco” como se llama a quienes cometen esta clase de delitos en las altas esferas de las finanzas, que a los criminales de menos status social.
 
Muy comúnmente también, las faltas cometidas por hombres de negocios son menos obvias al punto que muchas de ellas pasan como “prácticas comerciales aceptables”. ¿Cómo diferenciar entre una “buena oportunidad comercial” y una operación ilícita o simplemente inmoral? Tómese el caso del candidato-empresario antes nombrado. Su prominente rol como accionista en empresas como Lan o Chilevisión puede ser presentado por sus defensores como signo de capacidad e incluso algunos pueden llegar a elogiar su sagacidad para los negocios. Eso independientemente de que en verdad la sagacidad demostrada por Piñera ha sido mucho más de un carácter especulativo que de un carácter creador de riqueza. No estamos viendo aquí en acción al “empresario emprendedor” que tanto exaltaban los economistas de pensamiento liberal a comienzos del siglo 20, admiradores de esos emprendedores norteamericanos como Carnegie, Edison o Ford, individuos que –al margen de sus roles como capitalistas—efectivamente crearon empresas, introdujeron innovaciones tecnológicas o inventaron nuevos aparatos.
 
En el caso de Piñera y muchos otros no sólo en Chile sino en la mayor parte de América Latina cuando se desató la obsesión privatizadora, se ha tratado de sujetos con sagacidad para los negocios, sí, pero también con los contactos, una red de apoyo en los círculos de poder de entonces, y un buen sentido para aprovechar sin miramientos las condiciones de carencia de libertad y de debate para hacerse dueños a precios muy convenientes de instalaciones y recursos industriales y técnicos, que habían sido creados con el esfuerzo de toda la población, en el caso de la otrora Lan Chile por ejemplo, una empresa estatal que –contrariando el discurso neoliberal a propósito del “estado empresario”—había sido generalmente bien administrada y con un buen record de seguridad en sus operaciones a través de toda su historia bajo gobiernos de distinto signo político, que entendían que una aerolínea no era sólo un negocio sino también un instrumento de integración nacional. Algo parecido, en otro orden de cosas, con la televisión, introducida en Chile a comienzos de la década de los 60 y originalmente entregada a las universidades con la idea (cuán ingenuos deben sonar esas palabras ahora) de que el nuevo medio sirviera como mecanismo educativo y se evitara los excesos del comercialismo de otros países. El primer canal fue el de la Universidad Católica de Valparaíso y en Santiago el primero fue el de la Universidad de Chile, que iniciaba sus transmisiones con una foto de su casa central y como fondo musical un singular motivo que parecía hecho de silbidos, eficaz como tema “pegajoso” pues hasta hoy mismo lo recuerdo. Las transmisiones se hacían desde la facultad de Ingeniería y como estudiante del Liceo Manuel de Salas en ese tiempo me tocó observar algunos de los primeros programa de televisión educativa en Chile. Quien podría haber imaginado entonces que el canal universitario donde mi profesora de entonces presentaba sus experimentos de física y el de francés sus lecciones enfrente de una foto de la torre Eiffel, iba a terminar siendo un vehículo más de embrutecimiento cotidiano cuando no de divulgación de la vulgaridad más rampante. La oportunidad la pintan calva, clama ese extraño dicho, ciertamente lo fue para los empresarios que se hicieron de cuanto pudieron y que alguna vez perteneció a todos los chilenos. En aquellos lejanos tiempos cuando sí, éramos más pobres posiblemente, más honrados quizás, y más ingenuos también.