en el condado de Manhattan,
donde perro come perro,
y por un peso te matan…”
Así canta Henry Fiol, al ritmo endiablado del son montuno al lado del cual la cumbia y el guateque parecen deutsche volkslieder en tiempos de funeral. Y mientras mis cañuelas se mueven solas, -al compás-, servidor siente que le sube el “¡azúca!” desde el fondo del gaznate, cosa rara porque otras cosas sí pero el bailongo y bibí nada, absolutamente nada que ver.
El maestro Henry Fiol le canta al personal, se aleja de la “salsa rosa”, él, el “blanco que canta como negro”, él, que no olvida que en su Manhattan natal “hispano” es un color vecino del tinte “latino”, cobrizo, bronceado, mulato, mestizo, jabao, pardo, aceitunado, terroso, espaldamojada.
Hijo de un socioasociadoensociedad y de una joven de origen calabrés, Henry Fiol sintió el son cubano como suyo y le agregó sus propias letras de nobleza. Junto con mearle en la glotis a las american record companies que solo juran por los hits.
Gracias Henry. Thanks Fiol. Porque en tu excepcional versión de “Ahora me da pena” te acuerdas de los tuyos:
“Qué pena me da
de mi gente abusada
víctima de injusticia
esto no puede seguir
pronto todo cambiará
no pierdas fe…”
Y que sin entrar en la política que no te parece tener cabida en la música que afeccionas, te las arreglas de todos modos para desenterrar la esperanza:
“También espero el grito
Que romperá las cadenas…”
Y llamas a los condenados de la tierra a la resistencia, a un sobresalto de dignidad, a levantar el puño:
“Oye boricua,
no pierda el orgullo,
despierta mi pana,
defiende lo tuyo…”
Para que no nos sigan cagando con “la jugada, el truquito, la maroma…” y el “Ay bendito” que es el equivalente caribeño del vernáculo “es lo que hay”.
Para que paremos con eso de que cierta gente…
“se come el jamón,
y a mí me tiran un hueso,
como si yo fuera un ratón,
me tiran un cantito de queso”.
¡Aí na’ má!
Thanks Henry. Gracias Fiol. ¡Azúca!
