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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: No exactamente un juego de “Paco-ladrón”

Fuera del país y conectado al servicio internacional de Televisión Nacional, ya sé que los primeros diez a quince minutos del noticiero van a estar consagrados a los hechos delictivos ocurridos en la jornada. Muchos de esos hechos envuelven violencia y una gran parte de ellos son protagonizados por menores. Uno de los más impactantes recientemente, el del niño de diez años conocido como “Cisarro”.

¿Qué es lo que pasa en Chile? ¿Es que la gente – incluyendo a los niños – se está poniendo más mala? ¿Las desigualdades sociales, acompañadas de un tentador consumismo, contribuyen a que muchos jóvenes e incluso niños vean en el crimen el camino para conseguir lo que desean tener, de manera fácil? ¿O es este insistente enfoque sobre el crimen, parte de la agenda de los grandes conglomerados mediáticos en conjunción con la derecha, para hacer de la criminalidad un tema central frente al cual el gobierno puede ser pintado como “suave” e ineficiente?

Durante una conversación de chilenos aquí en Montreal hace unos días, llamaba la atención el hecho que el fenómeno criminal fuera tan resaltado. Se tiende a una exageración y en esto los medios controlados por la derecha juegan un gran rol. El argumento de que hay exageración aparece por lo demás respaldado por los datos estadísticos: Chile y su ciudad capital, tienen índices de criminalidad no mayores que otros países en la región. En los hechos – siempre según estadísticas – Santiago es bastante más seguro que otras ciudades del continente como México, Bogotá o Sao Paulo.

Claro está, una cosa son las estadísticas y otra las vivencias personales de la gente. Como señala el psicólogo social Elliot Aronson en su libro The Social Animal, cuando hay una contradicción entre la información estadística y las experiencias vivenciales de uno o de alguien cercano, tendemos a dar más crédito a las segundas. Los datos estadísticos después de todo, son abstracciones que no se traducen necesariamente en experiencias de la vida diaria o que en ciertos casos incluso pueden ser fuente de confusión (recuérdese el chiste aquel en que un sujeto había leído el dato estadístico según el cual de cinco niños que nacen en el mundo, uno es chino; por lo que el individuo en cuestión, que esperaba un quinto hijo, creía que este iba a ser chino…)

Algo así sucede cada vez que se nos repite: comparado con otros países de la región Chile tiene un bajo índice de criminalidad, lo dicen las estadísticas. Pero ¡zas! que en mi penúltimo viaje a Chile, acompaño a una pareja de amigos mexicanos a eso de las 10 de la noche hacia su hotel en la primera cuadra de la calle Serrano y al cruzar la Alameda mi amigo es tirado al suelo por un sujeto que quiere robarle un bolso, intento que fracasa, afortunadamente, pero que en todo caso fue un duro choque para él. Un hecho excepcional en el plano estadístico podría decirse. Pero en mi último viaje hace un año y medio, observo poco antes de bajar de un bus como a pleno día un turista que filmaba en la Alameda y MacIver de pronto vio arrebatada su cámara por un ladrón que corrió rápidamente, afortunadamente no tanto como para que no fuera detenido por transeúntes a unas pocas cuadras e incluso fuera reducido a puntapiés por la muchedumbre que se juntó en su torno, gente enfurecida por el hecho que la víctima era además un turista (y por algo Chito Faró escribió en su famosa canción que “verás cómo quieren en Chile al  amigo cuando es forastero…” no es cosa de quedar mal y faltar a esa tradición).

Datos anecdóticos contra las frías estadísticas. Pero entonces ¿dónde está la verdad en torno a la criminalidad en Chile? Por cierto que el tema de la delincuencia es uno de los favoritos de la derecha en todo el mundo a la que le encanta las soluciones fáciles (George W. Bush dijo una vez comentando una balacera masiva – fenómeno muy típico en EE.UU. – que tal cosa no hubiera ocurrido si todos los presentes hubieran estado armados…), por lo demás el crimen y la sensación de inseguridad que conlleva es un tema por el que se puede captar fácilmente las simpatías y votos de la clase media.

¿El crimen un tema que sólo afecta las sensibilidades de la gente de derecha? Bueno, eso hasta cuando el “cogoteado” o al que le desvalijan la casa es una persona de izquierda, podría decirse con algún cinismo, pero con mucha verdad también.

Lo que sucede es que la criminalidad es un tema con el cual la derecha se siente más cómoda, porque sus respuestas a él corresponden de un modo más arquetípico a su propia manera de ser, de ahí que – aunque pueda haber matices – la respuesta de la derecha es en última instancia más castigo, más represión. No es de sorprender que ante la supuesta ola de criminalidad en Chile, surjan respuestas tan simplistas como la proposición de restablecer la pena de muerte por ejemplo.

En el mundo de la izquierda o el progresismo por otro lado, como que hay más “atados” en esto de lidiar con el tema criminal. Sin embargo, también aquí – hay que admitirlo – existe cierta tendencia a dar respuestas simplistas: “los criminales son productos de la sociedad (capitalista, consumista, neoliberal, etc.)”. Bueno, tampoco esta aseveración es cien por ciento cierta. El hablar de “producto” implica una suerte de resultado inmediato, mecánico. Probablemente este simplismo se deba  a la facilidad con que muchos sectores progresistas adoptaron una modalidad de pensamiento psicológico sumamente reaccionario como es el conductismo (Behaviourist theory) originada en los trabajos de los norteamericanos John Watson y B.F. Skinner en el siglo 20 y, curiosamente, muy similar a la visión pavloviana abrazada por Stalin. Básicamente estas concepciones de la conducta humana la ven como un mero proceso de condicionamiento en el cual la conciencia no juega ningún papel. Por conciencia en este caso no me refiero a su connotación moral, sino en un sentido existencial, a la capacidad de razonar y poder elegir entre opciones, por inciertas o improbables que algunas de esas opciones puedan parecer.

Llevado tal argumento hasta sus últimas consecuencias, los criminales no serían responsables de sus actos, su conducta antisocial habría sido determinada por la sociedad, en definitiva la verdadera culpable.

Al simplismo de “más represión” levantado por la derecha, algunos en la izquierda levantan la bandera del criminal como “un ser que no es responsable de sus actos”, igualmente un argumento simplista porque si fuera verdad que todos los que viven en condiciones sociales de pobreza son empujados inexorablemente a una conducta criminal, entonces todos los pobres serían delincuentes… Como tal argumentación es evidentemente falsa (estadísticamente sólo una minoría de los pobres realmente delinque) entonces el problema es más complejo, o en otras palabras, hay una correlación entre desigualdad o inequidad social y criminalidad, pero como toda correlación, no es necesariamente una de causa-efecto.

Pero si más allá de las exageraciones de la derecha y sus voceros mediáticos, en realidad hay un problema de criminalidad en Chile ¿cómo se lo explica y qué respuestas se le puede dar?

La premisa básica de los sectores progresistas respecto al crimen como un fenómeno social – más que una cuestión moral, de gente que se esté poniendo “más mala” como argumenta la derecha – tiene un real asidero, pero no en el esquema simplista de pobreza-crimen. Las raíces hay que buscarlas más profundamente en las transformaciones que se llevaron a cabo durante la implantación del modelo neoliberal de la economía el cual prácticamente destruyó la mayor parte de la industria manufacturera chilena. Con ello vino también una drástica reducción y en algunos casos desaparición de la clase obrera que conocimos hasta los años 70. Hasta ese tiempo las llamadas poblaciones, fueran estas de construcción sólida o las más precarias, eran habitadas básicamente por trabajadores. Se hablaba incluso de “poblaciones obreras”, cierto es que en ellas también vivían trabajadores ocasionales y de oficios precarios, más unos cuantos que hacían trabajos de baja productividad como los vendedores ambulantes; y ciertamente no faltaba elemento del lumpen. Su carácter como barrio o población sin embargo era dado por el elemento obrero, su capacidad de organización y su conciencia política. Se daba incluso un orgullo de ser un hombre o mujer de trabajo. Pero con la desaparición de la clase obrera tradicional hay poblaciones, barrios y hasta comunas enteras que se han “lumpenizado”. En uno de mis viajes tuve ocasión de visitar Puente Alto, en cuyo instituto comercial yo había empezado a dar clases de filosofía por allá por 1971. Un sector urbano de clase obrera en ese tiempo, con la Papelera como el mayor empleador, pero con una serie de otras industrias menores también. Un ambiente muy diferente reina en sus calles hoy en día: vendedores ambulantes por doquier, mendigos, jóvenes en las esquinas que parecen no hacer cosa alguna. Similares transformaciones se han dado en otros sectores de la capital: la Población La Victoria debe su nombre a haber sido resultado de la primera toma de terrenos a inicios de los años 50, un glorioso pasado de adhesión al Partido Comunista, que fue el que dirigió esa toma cuando aun estaba en la ilegalidad. Hoy algunos hijos y nietos de aquellos combatientes se dedican al micro-tráfico de drogas. Lo Espejo y La Pintana, hasta los 70 áreas aun semi-rurales, hoy albergan a decenas de poblaciones donde es el lumpen el que está a cargo. El lumpen ha llegado incluso a apoderarse de fechas emblemáticas como el “día del joven combatiente” que más que una ocasión para conmemorar la lucha anti-dictatorial se convierte en una ocasión para atacar a otros pobladores y para cometer acciones de vandalismo.

Naturalmente no hay respuestas fáciles a la interrogante de qué hacer. Es evidente que un cambio drástico del modelo neoliberal de la economía se requiere para que las nuevas generaciones encuentren trabajo productivo, estable y mejor remunerado que el crimen o la prostitución, pero aun cuando ese modelo se cambiara mañana, pasarán décadas en las que las actuales generaciones de delincuentes seguirán actuando simplemente porque no conocen otra forma de vida y a esta altura – aparte de algún inhumano procedimiento de modificación de conducta al estilo del que le hacen al protagonista de La naranja mecánica –  no hay mecanismos para cambiar a esa gente. Un niño como “Cisarro”, por más que haya asistentes sociales que puedan tratar de rehabilitarlo, lo más probable es que siga aumentando su prontuario y termine encarcelado, si es que antes no muere en algún enfrentamiento entre pandillas. Esa es la triste realidad.

La rehabilitación es un tardío remedio que trata de curar el mal social de la delincuencia, las medidas preventivas junto a la lucha por un cambio social profundo sin duda serían más eficaces, pero a largo plazo. Mientras tanto, la criminalidad, que no es juego de “paco-ladrón”, seguirá llenando las portadas de los diarios y los primeros minutos de los noticieros televisivos. Gran parte puede ser exageración, pero tampoco puede negarse que el problema existe.