Cuando torpedean la ratificación de Unasur, los conservadores chilenos se mueven por sus temores a los “bolivarianos”, pero se olvidan del nuevo contexto hemisférico, en el que Washington debe dar seguridades de no agresión a gobiernos “moderados” como los de Lula da Silva y Bachelet.
Tal como ocurriera con el Tratado de la Corte Penal Internacional, la derecha chilena tiene en ascuas al gobierno con la ratificación del que crea la Unión de Naciones Suramericanas. La iniciativa ingresó hace un año al Congreso y hoy los senadores de la Alianza han reavivado sus cuestionamientos, a la luz de los dichos del Presidente Chávez de que vientos de guerra” pueden desatarse en la región y del rol del ecuatoriano Rafael Correa como nuevo Presidente pro tempore del organismo.
Michelle Bachelet, que acaba de dejar ese puesto, se propone obtener a más tardar en septiembre la entrada a plenitud a la nueva instancia de integración. Unasur está, en los hechos, configurando un rol activo en las controversias que se han desatado en América Latina, principalmente en la cuestión de las bases militares estadounidenses que se instalarían en territorios fronterizos de Colombia.
Aunque en la última Cumbre no hubo resolución al respecto, se citó a una reunión de seguridad en el mismo mes de agosto, la que tendrá lugar finalmente el 28 en Bariloche. Si bien todos los presidentes de los países miembros de la Unión firmaron los estatutos de la organización en mayo de 2008, es cierto que sólo los han ratificado los parlamentos de Venezuela y Bolivia. Las razones son distintas en cada caso.
En Chile lo que se advierte es una renuencia de La derecha a estas inserciones en el mundo, que le despiertan sospechas de izquierdismo y progresismo. Le asusta la proclama bolivariana de gobernantes como Chávez proyectada a un “socialismo del siglo XXI”, así como la jurisdicción internacional para los crímenes de lesa humanidad hace rebrotar el apoyo histórico de los conservadores a la dictadura militar. Ellos olvidan su reclamo de superar el pasado y, al no mirar hacia delante, comprometen los procesos de integración a todos los niveles y de creciente pluralismo democrático.
¿Por qué se asusta si tres, cuatro gobernantes, enarbolan una actitud crítica frente a acuerdos militares con EEUU y muestran virulencia en contra de los golpistas hondureños?
Esto al margen de que la Democracia Cristiana al interior del moderado gobierno de Bachelet, con un hombre de sus filas al frente de la Cancillería, puede ofrecerle garantías de que no son los “vientos de guerra” lo que Santiago alienta, sino la integración, la cooperación y el entendimiento, y que seguirá alentando sin duda.
Es importante no sólo ver qué fuerzas se mueven dentro de Unasur, también el contexto en que se da su acción. Las bases estadounidenses despiertan tantas suspicacias que hasta el Presidente Obama y la Secretaria Clinton han debido aclarar que no buscan instalaciones militares y otros personeros dar seguridades de que no agredirán a ningún país, despues que el también moderado Lula hiciera ver sus aprensiones al respecto.
Los vientos no son necesariamente de guerra, pero sí son nuevos y eso deberán asumirlo -en septiembre o después- los sectores más conservadores de América Latina, entre los cuales la derecha chilena se distingue siempre por ser contracíclica.
(Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio 102.5 FM).
Michelle Bachelet, que acaba de dejar ese puesto, se propone obtener a más tardar en septiembre la entrada a plenitud a la nueva instancia de integración. Unasur está, en los hechos, configurando un rol activo en las controversias que se han desatado en América Latina, principalmente en la cuestión de las bases militares estadounidenses que se instalarían en territorios fronterizos de Colombia.
Aunque en la última Cumbre no hubo resolución al respecto, se citó a una reunión de seguridad en el mismo mes de agosto, la que tendrá lugar finalmente el 28 en Bariloche. Si bien todos los presidentes de los países miembros de la Unión firmaron los estatutos de la organización en mayo de 2008, es cierto que sólo los han ratificado los parlamentos de Venezuela y Bolivia. Las razones son distintas en cada caso.
En Chile lo que se advierte es una renuencia de La derecha a estas inserciones en el mundo, que le despiertan sospechas de izquierdismo y progresismo. Le asusta la proclama bolivariana de gobernantes como Chávez proyectada a un “socialismo del siglo XXI”, así como la jurisdicción internacional para los crímenes de lesa humanidad hace rebrotar el apoyo histórico de los conservadores a la dictadura militar. Ellos olvidan su reclamo de superar el pasado y, al no mirar hacia delante, comprometen los procesos de integración a todos los niveles y de creciente pluralismo democrático.
¿Por qué se asusta si tres, cuatro gobernantes, enarbolan una actitud crítica frente a acuerdos militares con EEUU y muestran virulencia en contra de los golpistas hondureños?
Esto al margen de que la Democracia Cristiana al interior del moderado gobierno de Bachelet, con un hombre de sus filas al frente de la Cancillería, puede ofrecerle garantías de que no son los “vientos de guerra” lo que Santiago alienta, sino la integración, la cooperación y el entendimiento, y que seguirá alentando sin duda.
Es importante no sólo ver qué fuerzas se mueven dentro de Unasur, también el contexto en que se da su acción. Las bases estadounidenses despiertan tantas suspicacias que hasta el Presidente Obama y la Secretaria Clinton han debido aclarar que no buscan instalaciones militares y otros personeros dar seguridades de que no agredirán a ningún país, despues que el también moderado Lula hiciera ver sus aprensiones al respecto.
Los vientos no son necesariamente de guerra, pero sí son nuevos y eso deberán asumirlo -en septiembre o después- los sectores más conservadores de América Latina, entre los cuales la derecha chilena se distingue siempre por ser contracíclica.
(Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio 102.5 FM).
