google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

“Pague con sencillo”: un viaje al interior de la ciudad

Fue un Domingo en la tarde. Un manto de humo, viento y una que otra gota de lluvia aislaba al sol de los habitantes. Paseábamos junto a mi hijo por las calles de la ciudad. Le contaba de los trenes en los que viajé en mi infancia. Rodrigo José me dijo “Papá, ¿por qué no andamos en micro?” Me pareció una buena idea. Una alternativa a la falta de lugares de entretención para los cientos de niños que pueblan este sur maravilloso.

En el paradero que está frente al BCI, en calle Prat, nos sentamos a esperar la micro. No eran muchos los peatones que paseaban a esa hora y uno que otro perro hurgaba en  los tachos de basura. Los remolinos de viento con su característico silbido daban un aire de lejanas tierras al paisaje. Una bizarra micro –línea 5-  se detuvo y la abordamos. Su  conductor  nos indicó que atrás había asientos. Escogimos uno con hermosa vista a las vitrinas de la calle y cómodamente iniciamos nuestro viaje.
 
Fue como haber entrado a un cine de provincia. Era un Domingo de tarde y no había prisa. La micro siguió por calle Prat, cruzó Avda. Simpson, tomó Ogana y dobló en I. Serrano para llegar a Los Coigues. Esta calle transversal tiene un tráfico endemoniado, por su pista camionetas cargadas con leña se entreveran con camiones y autos. Esta calle encierra la impronta del Coyhaique antiguo. Muchas de sus casas construidas en madera y con segundo piso y una ventana ovalada bajo el arco de su techumbre, deben guardar la historia del poblamiento original. Ahí duerme el Coyhaique pretérito. El almacén de barrio, con bandera roja incluida, que ofrece capón y vaquillita, no ha sucumbido al híper centro comercial. La vecina de colorido pañuelo en la cabeza, falda negra y botas de media caña, camina lenta con la bolsa del pan recién horneado. En calle Los Coigues quedan en pie un par de casas que son un canto al esfuerzo de otros tiempos, ya lejanos y perdidos en la memoria. La micro llegó a la calle A. Serrano y dobló a la derecha para nuevamente doblar por calle Los Cipreses llegar a Victoria y seguir por  Avenida Simpson, una de las avenidas emblemáticas de la ciudad, que cruza como una saeta solitaria el nervio histórico de Coyhaique.
 
Rodrigo José con su carita iluminada, pegado a la ventana, miraba maravillado el tráfago de la ciudad, su ciudad natal, que espero crezca orgulloso de ella. Para hacer más entretenido el viaje, de por sí novedoso, iniciamos un juego de reconocer en voz alta los colores de las casas que mirábamos -como quien mira un gran acuario- por los cristales de la micro. El azul daba paso al verde nilo y éste al amarillo. El damasco no se quedaba atrás compartiendo con el naranjo. La gama de colores engalanaba las casas de madera o lata. La micro, que ya iba con más gente, subió, subió y subió. Todo un mundo en aquellos territorios del “desarrollo”. En el llamado sector Alto de Coyhaique, está el vivo y lacerante testimonio del despoblamiento del interior regional. Es la marca de las migraciones de los hijos de pioneros. El sello de la adoración a la estética metropolitana, que copiamos y aplicamos sin misericordia, se expresa en las vitrinas de botillerías y almacenes. Es en esos sectores urbanos donde se vive el fracaso del neoliberalismo como receta para dar felicidad al ser humano. Pero en aquellos lugares comienza a emerger una subcultura, mezcla del gaucho y el chilote. Sincretismo del citadino poblador y el patagón  migrante de las comunas rurales. El joven habitante, cuyos abuelos y tíos viven en Caleta Olivia y Pico Truncado, tal vez Comodoro Rivadavia se pregunta hoy ¿quién es? ¿Cuál es su identidad? También emerge la aguerrida cultura de “la pobla” fenómeno que hace algunos años no existía en la Trapananda, que es algo más que pararse en las esquinas, pedir peaje y vaciar un “cartonet” o la siempre salvadora chela cuneteada. Es organizarse para que los cabros chicos tengan una Plaza de Juegos y la línea de colectivos llegue hasta la última casa. Llegamos a Campos de Hielo con Bilbao, el límite con el futuro. La micro comenzó a bajar, bajar, bajar,  al centro de la ciudad. A esa hora el sol había logrado doblegar al viento y las nubes, bañando de un dorado intenso el paisaje de montañas nevadas. Mirar Coyhaique desde las alturas de Campos de Hielo con calle Bilbao es realmente hermoso y nos recuerda la inmensidad de Dios. Regresamos al punto cero, junto a varias familias que bajaban al centro urbano. Rodrigo José se durmió dulcemente en mis brazos. Con un beso lo desperté. Andar en micro un día domingo, en una Región que no conoce de la magia de los trenes, es una feliz alternativa  para movilizarse y viajar al interior de nosotros mismos.
 

                   Por Rodrigo De Los Reyes Recabarren