Cualquier experto en el negocio del teatro y la entretención sabrá que Catalina Saavedra -la actriz que encarna a la compulsiva Raquel- posee dotes innatas e insuperables para amalgamar la comedia, el fulgor y la histeria en un solo personaje sin caer en atiborrados lugares comunes, apelando sólo a la excentricidad interpretativa menos visible. Por lo mismo, la historia como eje potente multiplica su valor en el libreto.
Porque no transforma a la protagonista en ese cliché absurdo del eslabón subyacente dentro de un hogar acomodado, como suele encasillarse a las empleadas domésticas. La resalta situándola en el centro de un universo tan real como patético. Desde una perspectiva marginal y aceptada por todos, la misma que en mayor escala nos esclaviza a nosotros como parte de un mundo competitivamente cruel y carente de emotividad.
Sin apelar a los excesos y olvidándose de aspavientos fílmicos de mayor producción, “La Nana” revierte la vieja mala costumbre de pensar al cine criollo como vehículo de identidad nacional que llevará majaderamente sobre sus hombros un peso político e ideológico que clama por ser contado. Todo lo contrario. Acentúa la trama en el sometimiento que este Chile, ad portas de cumplir 200 años en la liga de los independientes fue validando incluso al interior de la institución más sagrada: la familia. Como buen heredero del subyugo más aberrante desde la era colonial.
Un mea culpa sostenido a la imperecedera lucha de clases, una crítica abstracta al quimérico mundo de la pretensión y el arribismo, condimentado con latentes toques de comedia y tomas intimistas, de esas que transportan eficazmente al espectador a un sitial de actor secundario o testigo en primera persona. Entonces, más allá del casting soberbio, del tratamiento sutil y sobrio o del constante viaje entre lo risible y lo sombrío, la película trasciende por su constante axioma acerca del absurdo como motor de vida en una sociedad donde la idea de pertenencia es tan errada como cruda.
Imposible no homologar con esos sentimientos de ira, perversión, debilidad y competencia que transita Raquel. Es verse uno, corriendo por la vereda capitalista obsesiva que inventa zancadillas para no dejarte avanzar. Que te obliga a renegar de la envidia cuando forma parte central de tu conducta cotidiana y nos insta a generar más trabas al del lado, todo por conservar un lugar que ni siquiera nos toca.
Finalmente, peleamos en este valle de titanes para el beneplácito de los que jamás repararán en ello. Y estamos condenados a terminar el día, como Raquel, en un paraíso intrínseco de cuatro paredes que apenas nos ayuda a encontrarnos sigilosamente con el miedo propio, con las privaciones, con la sumisión frente a un plasma que transmite la vida de otros más, acrecentando así ese círculo vicioso.
“La Nana” puede ser vista como un ejercicio de autodefinición, como una terapia de reflejo sugerente o un momento grato que ahondará en la necesidad de salir del fuero constipado y ver al resto como personas símiles, ayudarlos a ser felices, sacudiéndonos con eso a nosotros mismos. O en el peor de los casos, la entenderás como el cúmulo de sensaciones que jamás pensaste se generarían en la cabeza de alguien, cuyo esmero constante va en directa devoción de un pequeño grupo de individuos, los mismos que jamás serán parte de su entorno aunque lo compartan a diario.
Con “nana” o sin ella en tu casa, seguro eres uno más del proletariado mayor en un país latifundista como este, somos esclavos de unos pocos y víctimas de un sistema al que nunca podremos corromper del todo.
