Entre los arrestados estaban los alcaldes de Hoboken, Secaucus y Ridgefield, dos legisladores estatales, el presidente del Consejo de Ciudad Jersey y el vice-alcalde. Los rabinos enviaron parte de sus mal habidas ganancias a los yeshivas (seminarios) israelíes vinculados al súper ortodoxo Partido Shas y a su Rabino mayor Ovadia Yosef.
Funcionarios federales descubrieron que parte del dinero lavado por estos pilares de la ley y ética judaicas provenía de la venta de riñones humanos por parte de un judío ortodoxo de Brooklyn llamado Levi Izhak Rosenbaum.
Este soborno a los políticos, el asunto de la venta ilegal de órganos y los rabinos lavando dinero ilícito –supuestamente para apoyar a sus iguales súper ortodoxos en Israel– presentaban nuevos aspectos de la lógica talmúdica. En esta retorcida narrativa, el principal sospechoso de lavar dinero, el buen amigo en Israel del Rabino Eliyahu Ben-Haim, el Rabino David Yosef, es también el hijo del jefe de Shas, Ovadia Yosef. Ellos pertenecían a un centro de estudios talmúdicos avanzado en Jerusalén, encabezado por la familia de Ovadia Yosef. Ben-Haim hizo que judíos ricos de Nueva York financiaran el Instituto. Debido al escándalo, el reportero Zvi Zeahiya, del periódico Haaretz, llegó a la conclusión de que “Se espera que estas donaciones cesen”. Él también reportó que unos bancos (no nombrados) aparentemente están implicados en el escándalo. (Haaretz, 07/26/2009) ¡Qué vergüenza!
Cuando yo era niño acompañaba a mi abuelo a interminables ceremonias de los sábados en su sinagoga ortodoxa del este del Bronx. Después de horas murmurando en hebreo, los hombres con chales de oración y casquetes se acercaban a una mesa repleta de bizcochos y tortas de miel junto a vasos de whisky. Mientras ellos compartían, uno de los colegas de oración de mi abuelo inevitablemente me ofrecía un trago de whisky y se ponía a mirarme junto a los otros, la manera en que un niño de siete años imitaba a sus piadosos mayores. Yo me quedaba mareado durante horas mientras los mayores reían: “El cabroncito está borracho.”
Abuelo también me presentó a algunos rabinos de largas barbas, extremadamente piadosos, vestidos con el negro tradicional y casquete o sombrero negro. Solo unos pocos años después, a inicios de la década de 1950, algunas de estas autoridades en la ley y la ética judías encontraron su nombre en los periódicos de Nueva York acusados de ser propietarios de casas en barrios bajos en Harlem, donde se negaban a suministrar calefacción en el invierno, hacer reparaciones elementales o llevar a los exterminadores a los edificios que poseían, llenos de ratas y cucarachas.
Es más, periódicamente tales escándalos estallaban con la hipocresía de los predicadores fundamentalistas de la fe judía, como se refería a ellos la texana abuela metodista de mi esposa. Pero la familia se escandalizó cuando el primo Harry fue atrapado en un sórdido fraude monetario en la Florida y enviado a prisión. “¿Cómo es que un buen muchacho judío (¿los hay?) puede hacer algo tan terrible?”
Después que murió mi abuelo y reconocí a uno de los propietarios de casas de vecindad como un rabino amigo de mi abuelo, pregunté a mi abuela cómo un hombre tan religioso podía haberse negado a suministrar calefacción a familias negras pobres y no llevar a los exterminadores para que eliminaran las ratas y las cucarachas. Ella se encogió de hombros con indiferencia.
“No son gente nuestra”, dijo mi abuela en yiddish.
En octubre de 1964, una noticia estalló de nuevo. Manifestantes judíos protestaron frente a las oficinas de la Junta de Rabinos de Nueva York en contra de los judíos propietarios de las casas de vecindad. Los manifestantes, en su mayoría jóvenes –adolescentes y de poco más de veinte años– argumentaban que una lista publicada de propietarios de casas de vecindad en Nueva York contenía una gran proporción de nombres judíos y solicitaban “a los rabinos de Nueva York que buscaran a los casatenientes en sus congregaciones y los amenazaran con denunciarlos desde el púlpito, e incluso con la excomunión, si no reparaban y daban mantenimiento a sus propiedades”. Más de 250 propietarios judíos poseían más de 500 edificios de viviendas destartaladas solamente en Manhattan.
Los manifestantes trataron de reunirse con el Rabino en Jefe Harold Gordon, pero él se negó. Los piqueteros distribuyeron volantes que decían que “la mayoría de los 600 edificios cuyos arrendatarios se han quejado a ‘clínicas’ de viviendas y consejos de ‘vecinos’ del comienzo del East Side de Nueva York, tienen caseros judíos”, que “74 de los 80 edificios del inicio del East Side golpeados por las huelgas de alquileres tienen propietarios judíos”.
Un rabino conservador dijo a un reportero de The Village Voice –aunque negó dar su nombre o el de su congregación– que los piqueteros eran “más exóticos que eficaces”. Cuando le preguntaron acerca de lo que habían hecho los rabinos, dijo: “Hicieron lo que pudieron”. Cuando le insistieron qué habían hecho los rabinos, respondió: “Específicamente, no sé”. (Stephanie Gervis Harrington, Village Voice, 7 de mayo de 1964.)
Cuarenta y cinco años después, otro escándalo con rabinos implicados y dudosas prácticas comerciales provocó este comentario de uno de mis primos: “Pero por lo menos no le hacen la prueba de hemorroides o de hernia a los niños, como hacen los sacerdotes católicos”.
Durante siglos rabinos, al igual que sacerdotes y ministros protestantes en abundancia, han participado en juegos de manos sexuales, así como en el robo tradicional. A menudo tratan de encubrir sus fechorías con simulación de fanatismo religioso –manteniendo abiertos esos yeshivas hambrientos de dinero o financiando otras organizaciones de caridad. Pero el escudo invisible de la ética no evitó que esos hombres supuestamente santos se dedicaran al crimen flagrante.
Un Fiscal del estado de Nueva Jersey dijo: “parecía que todos querían participar. La corrupción estaba generalizada y omnipresente”. Los políticos vendieron sus servicios a los rabinos, “los que ocultaron su amplia actividad delictiva tras una fachada de rectitud”.
El dinero lavado llegó desde Israel, por la vía de bancos suizos, y luego fue llevado a Nueva Jersey. Los delincuentes compraban los riñones a “personas vulnerables” en Israel por $10 000, los embarcaban a sus asociados rabínicos que los vendían en Estados Unidos por $160 000, dijo. (AP, 25 de julio de 2009.)
Al igual que el primo Harry, Levy Izhak Rosenbaum de Brooklyn se consideraba un “casamentero”. En una conversación grabada secretamente, Rosenbaum se vanagloriaba de emparejar a los donantes de riñones con receptores. “Yo le traigo a un individuo lo que yo creo, él le viene bien a tu tío”. Rosenbaum, de 58 años, un judío ortodoxo de Brooklyn, se parece a Tony Soprano que estaba (TRABAJABA) en “administración de desechos”. Rosenbaum aseguraba que él estaba en la “construcción”. ¡Criminales que viven tradicionalmente!
A diferencia de los tradicionales shotchen (casamenteros en yiddish), Rosenbaum promovía los trasplantes ilegales de riñón, no las bodas, como explicó a un informante del gobierno y a una agente del FBI que se hizo pasar por secretaria del informante. La agente dijo que tenía un tío en diálisis, en una lista de espera para trasplante en un hospital de Filadelfia. Pero la carencia de riñones podía costarle la vida. El año pasado 4 540 personas murieron en EE.UU. mientras esperaban un riñón, según la Red Unida para Compartir Órganos. De ahí la existencia de un mercado negro de riñones.
En 2002, Nancy Scheper-Hughes, de la Universidad de California en Berkeley, alertó al FBI de que Rosenbaum era un agente de una pandilla internacional de traficantes de riñones. Él usaba como donantes a aldeanos de Moldavia. Les prometía empleo en Estados Unidos, luego los coaccionaba para que “donaran” un riñón a receptores que se hacían pasar por familiares, y luego los amenazaba a punta de pistola si se resistían. Rosenbaum les enseñaba su pistola real y luego apuntaba con un dedo a la cabeza del donante, como si fuera un arma. (Somatosphere: Science, Medicine and Anthropology. 27 de julio de 2009, http://www.somatosphere.net/)
Algunos trasplantes de riñón que usaron a donantes de Rosenbaum se realizaron en el Hospital Monte Sinaí en Nueva York. En grabaciones secretas hechas por el FBI a Rosenbaum se le escucha decir que él tuvo que repartir mucho dinero porque hay que shmear (sobornar) todo el tiempo”, según una cita de AP del 25 de julio de 2009.
Al igual que el primo Harry, Rosenbaum alardeaba: “Hasta ahora, no he tenido ni un fracaso”.
Harry iba a la sinagoga en las festividades importantes y rezaba. Rosenbaum iba más a menudo. Los rabinos rezaban todos los días. En ninguna parte de los textos sagrados ni uno solo de ellos encontró la cita: “La religión es acerca de volverse rico, no importa cómo, y se puede usar a Dios para cubrir las huellas”. O “Es corrector cometer un delito para ayudar a los yeshivas israelíes”, porque los fervientes sionistas norteamericanos –incluso los criminales endurecidos– tienen una relación emocional con Israel.
Saul Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política. Sus DVD están disponibles en roundworldproductions@gmail.com
