google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

La pena de muerte y el deceso de las ideas

Un señor de apellido Ahumada -con más medallas que el vino chileno- escribe una columna tan crítica como sectaria y prepotente, se gasta párrafos citando teorías de Santo Tomás de Aquino sobre el bien común -Woody Allen decía lo mismo en una sola frase y con mayor sarcasmo- y dispara gracias a que el diario más transversal del país lo publica casi en portada.

Mientras, Evelyn Matthei levanta la voz y golpea la mesa en el horario prime del cable haciendo que Guillier asiente como entrevistador sumiso.

Hay más. Lily Pérez ocupa cuanta red social maneja para gritarle al mundo que encabezará mociones de última hora, Marcelo Forni se agarra con el concertacionista de turno que pilló en el pasillo enfrentando a full sus discursos populistas, Laura Soto se apunta al debate con tono visceral y los personeros de gobierno hacen la de siempre. Hablar despacito, cuidar la imagen ante la chusma radicalizada y como reza la táctica del murciélago, colgarse todos del horizontal y esperar que el partido termine sin una goleada en contra. Da risa. Y también algo de rabia.

Bastó que un antisocial de la más baja calaña abusara y asesinara sin piedad a una niña en Valparaíso –algo que en Chile pasa más seguido de lo que podríamos llegar a pensar- para que de golpe aparezca lo peor de lo nuestro en la palestra psicosomática, esa que desemboca en la lengua hiperventilada. Por arte de magia, el litigio especulador, moral, sesgado y pobre de argumentos termina encontrándole hasta seis patas al gato, se come las tratativas de base y apunta a sacarle provecho partidario –tal cual aconsejan los asesores comunicacionales más limitados- al cúmulo de arrebatos facilistas.

De golpe y porrazo la pena de muerte surge cuál materia pendiente. Lo discutido hace algunos años queda tapado con tierra ante la eventualidad de la barbarie, las decisiones de ayer parecen estar nuevamente avaladas por el descontento o la memoria de corto plazo. Ya nadie recuerda a Ricardo Lagos inflando el pecho por gobernar una nación más consciente y evolucionada al momento de derogar los resquicios legales del castigo capital. Ahora, el Chacal de Nahueltoro y su ilusa historia de reconversión por la nada misma se esfumaron sin dejar huella. Como cada espasmo que de vez en cuando nos desnuda socialmente, el instinto vuelve a ganarle por paliza al criterio formado e inteligente.

Yo no estoy por los absolutismos. Sí por los lineamientos consecuentes. Cuando la solución adoptada es no matar a un tipo que atenta criminalmente contra lo más básico de la sociedad toda –los menores en este caso- no pueden andar con vueltas de carnero, esto bajo los cánones éticos que sean. Demás estará que cite a Kant y su imperativo categórico universal –de respeto por los demás y por el orden global- en una era tan individualista, donde el concepto “utopía” de Tomás Moro parece más acorde a los tiempos que corren. Sino, pregunten a los vecinos de la menor, los mismos que brillaron por su ineficacia cautelar y ahora dan hasta perfiles psicológicos del asesino. No por nada, Kant y Moro eran harto más contemporáneos que Tomás de Aquino…

Porque si vamos a discutir con silogismos de peso, concordemos que el debate valórico siempre dio paso a la ley natural más elemental, a defender la conservación de la existencia. Que ponderó más el pensamiento cristiano-católico aunque su propia historia de colonización los condene al absurdo, que la eterna discordia acerca de privar o no de vida a un vil criminal la terminó ganando el pensamiento neoliberal, cuyos principios condenaban los bajos instintos delictivos empezando por no propenderlos –y no matar en nombre de la sociedad, por tanto-, que asimilamos los países donde se practican ejecuciones como de tercer orden civil, cuya obediencia a tradiciones milenarias rozan el salvajismo y la incultura, o en el mejor de los casos –algunos estados norteamericanos- los observamos propensos a regímenes internos sumidos en el conservadurismo político anticuado.

Los números indican nula relación entre la aplicación de esta pena y la incidencia en disminuir los delitos graves, su origen y justificación viene de la mano con el temor y la cohibición del ser social que deja todo en manos del estado. Su aplicación empírica tiene serios  vicios asociados a incapacidad de los jueces, inviabilidad formal de algunos procesos condenatorios –por demencia o irracionalidad temporal en la ejecución de quebrantamientos- o la poca especificación de las leyes que les cobijan afectando directamente las penas respectivas.

El sistema no sirve, es débil y manipulable –vea “The Life of David Gale” (2003, Alan Parker) y aprenderá didácticamente mejor que con los pelícanos que hablan inglés o los jingles del Tío Memo-, cada cierto tiempo recibe ataques de grupos étnicos, religiosos o de poder, se hermana más con los absolutistas que con las democracias. Atenta contra el respeto de la especie tratando de reivindicar ese mismo fervor por la esencia humana. Una incoherencia que la propia historia se ha encargado de juzgar.

Pero acá da igual si yo pienso que la pena de muerte es la muestra más patente de la inmadurez cívica de una nación, no importa si aplaudo la frase “no quiero asesinos, menos de niños, pero tampoco una sociedad asesina por completa” o si me río y condeno a los que, de un día para otro se acordaron de resucitar el patíbulo o discuten por twitter si daba lo mismo matar o no a la precoz cuando violarla ya era indicio de expiación capital…

Una sociedad mejor se construye con una lógica seria, perseverante y perfectible.  Con altura de miras y asumiendo la responsabilidad por la decisiones tomadas ayer. La chacota, como decía mi profesora jefe en el colegio, dejémosla para el recreo. ¿Ya?