La derecha pide mano dura en el sur y quiere explicaciones del ministro del Interior por lo obrado en territorio mapuche. Piñera, torpemente se suma al baile y declara que lo que no hay ahí es estado de derecho, y clama por imponer la ley de defensa de la propiedad de tierras usurpadas, y a todo lo demás palos, o balas, porque sabemos que ha habido balas de Carabineros y muertos mapuche.
Torpemente, porque un candidato presidencial que se limita a clamar por la intervención del séptimo de caballería en un tema de suyo complejo, con grandes dificultades para encontrar soluciones verdaderas, y por lo tanto duraderas, se está auto descalificando en su capacidad para ejercer el cargo al que ilusamente aspira.
El Mercurio, como siempre, ladra desde sus páginas pidiendo represión y fin de políticas de entendimiento y reparación al daño infringido a comunidades mapuche. Lo mismo hace su émulo, La Tercera.
Con mercurios y terceras a lo largo de todo Chile, en todas las esquinas, no hay un llamado a la razón, o un llamado a la libertad, como canta Congreso, sino un llamado al miedo, a estigmatizar, a instalar la imagen definitiva de que en territorio mapuche hay unos revoltosos a los que hay que poner entre rejas para que se acabe el problema, dejando establecido que el asunto es de carácter policial y no político.
El tema fundamental evidentemente es la existencia de las comunidades mapuche, y no sólo su existencia o sobrevivencia, sino la necesidad de hacer realidad aquello que los pueblos ancestrales de América llaman el buen vivir. Es lo que la sociedad chilena tiene la obligación de facilitar y procurar a la brevedad al Pueblo Mapuche, para bien de todos.
Se necesitan comunidades mapuche no sólo para hacer respetar derechos ancestrales pisoteados por el afán adquisitivo y de codicia muchas veces, o mediante las armas del estado. Ante la fragmentación en que se encuentran hoy personas y sociedades en el mundo entero, el deseo y la voluntad de vivir o seguir viviendo en comunidad que tienen los pueblos antiguos, vale oro, más que el oro del Perú, como dice otra canción.
Y a propósito de Perú, vergüenza da ver a funcionarios que tienen la palabra en su poder y le hacen un daño inconmensurable a Chile y a los pueblos hermanos de América del Sur.
Ejemplo de lo anterior son las actuaciones de dos diputados, uno de la UDI y otro del PPD, Iván Moreira y Jorge Tarud, miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara, a los que jamás hemos escuchado, en su condición de voceros, una sola palabra a favor de la unión e integración, hermandad y paz entre nuestros países.
El diputado Moreira, se pasó sí esta vez de la raya. No se limitó, como de costumbre, a pedir al gobierno que proteste por algún motivo puntual ante su par limeño. El domingo pasado, haciendo gala de machismo y ausencia de amor fraterno propio de una jornada dominical, llamó al gobierno, no se atrevió a hacerlo a la propia presidenta, “a ponerse los pantalones ante los peruanos”.
Peruanos en general. Moreira no llamó a protestar ante el gobierno del Perú. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta que Moreira, cuando llama a actuar ante los peruanos en general, está aludiendo a los inmigrantes peruanos en Chile. Xenófobo, está alimentando desde su condición de diputado y miembro de la citada comisión a la xenofobia contra los inmigrantes, en una clara conducta delictiva.
Si me imbuyera del estado de ánimo, sentimientos e ideas del protegido del tirano, que eso es ante todo Moreira, tendría que declarar la guerra a mis amables vecinos peruanos aquí en el barrio Yungay, donde vivo.
Comos integrantes de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, Iván Moreira y Jorge Tarud me imagino que tienen la obligación de trabajar a favor de la integración de los inmigrantes peruanos en Chile, reconociendo su presencia como un valor que abre la posibilidad en pequeño de impulsar desde ya la impostergable profundización de la amistad e integración entre nuestros países y pueblos.
De fondo tenemos entre nosotros la carrera armamentista, que en rigor a la verdad ha existido siempre, y que a mayor o menor velocidad han practicado cada uno de nuestros países desde que para desgracia compartida se constituyeron en estados-naciones, acontecimiento nefasto que como verdaderos estúpidos nos aprestamos a celebrar individualmente por todo lo alto.
Lo que podríamos hacer, aprovechando la ocasión de los cumpleaños, es cuestionar a fondo lo que hemos hecho y estamos haciendo, y rectificar profundamente, partiendo por poner fin a la compra de armas, que es además el camino más corto para terminar con la corrupción secundaria del pago de coimas a delincuentes carroñeros.
El Mercurio, como siempre, ladra desde sus páginas pidiendo represión y fin de políticas de entendimiento y reparación al daño infringido a comunidades mapuche. Lo mismo hace su émulo, La Tercera.
Con mercurios y terceras a lo largo de todo Chile, en todas las esquinas, no hay un llamado a la razón, o un llamado a la libertad, como canta Congreso, sino un llamado al miedo, a estigmatizar, a instalar la imagen definitiva de que en territorio mapuche hay unos revoltosos a los que hay que poner entre rejas para que se acabe el problema, dejando establecido que el asunto es de carácter policial y no político.
El tema fundamental evidentemente es la existencia de las comunidades mapuche, y no sólo su existencia o sobrevivencia, sino la necesidad de hacer realidad aquello que los pueblos ancestrales de América llaman el buen vivir. Es lo que la sociedad chilena tiene la obligación de facilitar y procurar a la brevedad al Pueblo Mapuche, para bien de todos.
Se necesitan comunidades mapuche no sólo para hacer respetar derechos ancestrales pisoteados por el afán adquisitivo y de codicia muchas veces, o mediante las armas del estado. Ante la fragmentación en que se encuentran hoy personas y sociedades en el mundo entero, el deseo y la voluntad de vivir o seguir viviendo en comunidad que tienen los pueblos antiguos, vale oro, más que el oro del Perú, como dice otra canción.
Y a propósito de Perú, vergüenza da ver a funcionarios que tienen la palabra en su poder y le hacen un daño inconmensurable a Chile y a los pueblos hermanos de América del Sur.
Ejemplo de lo anterior son las actuaciones de dos diputados, uno de la UDI y otro del PPD, Iván Moreira y Jorge Tarud, miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara, a los que jamás hemos escuchado, en su condición de voceros, una sola palabra a favor de la unión e integración, hermandad y paz entre nuestros países.
El diputado Moreira, se pasó sí esta vez de la raya. No se limitó, como de costumbre, a pedir al gobierno que proteste por algún motivo puntual ante su par limeño. El domingo pasado, haciendo gala de machismo y ausencia de amor fraterno propio de una jornada dominical, llamó al gobierno, no se atrevió a hacerlo a la propia presidenta, “a ponerse los pantalones ante los peruanos”.
Peruanos en general. Moreira no llamó a protestar ante el gobierno del Perú. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta que Moreira, cuando llama a actuar ante los peruanos en general, está aludiendo a los inmigrantes peruanos en Chile. Xenófobo, está alimentando desde su condición de diputado y miembro de la citada comisión a la xenofobia contra los inmigrantes, en una clara conducta delictiva.
Si me imbuyera del estado de ánimo, sentimientos e ideas del protegido del tirano, que eso es ante todo Moreira, tendría que declarar la guerra a mis amables vecinos peruanos aquí en el barrio Yungay, donde vivo.
Comos integrantes de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, Iván Moreira y Jorge Tarud me imagino que tienen la obligación de trabajar a favor de la integración de los inmigrantes peruanos en Chile, reconociendo su presencia como un valor que abre la posibilidad en pequeño de impulsar desde ya la impostergable profundización de la amistad e integración entre nuestros países y pueblos.
De fondo tenemos entre nosotros la carrera armamentista, que en rigor a la verdad ha existido siempre, y que a mayor o menor velocidad han practicado cada uno de nuestros países desde que para desgracia compartida se constituyeron en estados-naciones, acontecimiento nefasto que como verdaderos estúpidos nos aprestamos a celebrar individualmente por todo lo alto.
Lo que podríamos hacer, aprovechando la ocasión de los cumpleaños, es cuestionar a fondo lo que hemos hecho y estamos haciendo, y rectificar profundamente, partiendo por poner fin a la compra de armas, que es además el camino más corto para terminar con la corrupción secundaria del pago de coimas a delincuentes carroñeros.
