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Agosto 18, 2026

Impunidad, derechos humanos y justicia ética

En el Caracol de Morelia y con el aval de las Juntas de Buen Gobierno se desarrolló el primer encuentro Continental Americano contra la impunidad. Su objetivo,  poner de relieve aquello que las élites políticas  de los años ochenta del siglo pasado consensuaron para hacer posible las transiciones de las dictaduras, el pacto  de punto final consistente en  amnistiar las violaciones a los derechos humanos.

Esta política sobrevoló las negociaciones  a la hora de formalizar la retirada de las fuerzas armadas del poder.   
 
Si era previsible que los golpistas se aferrasen a una política de amnistía para  salvaguardar sus intereses y regresar con el uniforme inmaculado a los cuarteles, pocos explican la actitud complaciente  de los interlocutores para acceder a sus demandas. Tal vez  los implicados estaban de acuerdo en desarrollar una estrategia de perdón  y olvido.  Atrás debían quedar los detenidos desaparecidos, los torturados, los secuestrados, los exiliados.  Había que soltar lastre y nada mejor que  mostrar un espíritu conciliador. Los responsables de  imponer gobiernos de facto, ya no rendirían cuentas ante la justicia. Los cuerpos de miles de personas arrebatados a la vida bajo las más cruentas formas de practicar el asesinato político se transformaban en un problema estético sin repercusiones en la agenda del nuevo orden social. Un pecado del cual, sus autores,  se podían redimir considerando el éxito del modelo económico implantado. En fin, los muertos fueron pocos si consideramos los resultados obtenidos, argumentaron. Sin embargo,  para evitar suspicacias, habría  chivos expiatorios. Los elegidos asumirían la pesada carga de años cometiendo crímenes de lesa humanidad.  Así, ninguna de las partes negociadoras se sentiría perjudicada. Emergía un tiempo  nuevo, la globalización., y el fin de la guerra fría. Se lavaba la cara a las instituciones militares y su honor quedaba inmaculado. Una sesión de maquillaje,  facilitaba deshacerse de incómodos   subordinados  ligados a los centros de tortura y de represión. A los generales y altos mandos se les llamaba a retiro,  se les reubicaba en embajadas como agregados militares o les buscaban una nueva identidad.  Y para los civiles que habían participado del genocidio  como ministros, subsecretarios o funcionarios de confianza, se les cubrirían las espaldas con un trato de favor. En síntesis, todos quedaban al margen de posibles acusaciones de violación de los derechos humanos.  La ley del punto final tuvo como fin  crear un muro de contención evitando la ola de imputaciones que llenarían los juzgados pidiendo justicia. Y claro, la vergüenza pública de verse en los tribunales  era motivo suficiente para cerrar filas, obstaculizando cualquier acción de la justicia.
 
 
Para justificar esta política de impunidad  se recurrió a una interpretación espuria  de las ordenanzas  militares,   la obligación de someter las violaciones de derechos humanos  a la “ley” de obediencia debida, aunque conlleven acciones criminales. Este ha sido  el manto protector para eximir de responsabilidades a los militares implicados en crímenes de lesa humanidad. Jurídicamente, la mayoría de los casos de secuestro,  detenidos desaparecidos y torturas  han sido contrarrestados  con  dicho argumento. Sin olvidar otro principio esgrimido por los verdugos y sobre el cual se han parapetado los abogados defensores de los   victimarios. Me refiero  a la ruptura de la cadena de mando.  Así,  los miembros de las juntas militares y de estado mayor niegan haber dado  órdenes  para asesinar o torturar a los detenidos en estado de guerra, de sitio o de lucha anticomunista. Ellos se reclaman libres de tales actos,  condenando a sus autores. Los subordinados que así procedieron  obraron por cuenta propia, al margen de la institución militar.
    
Este pacto del punto final, compromete igualmente a jueces, fiscales y abogados. El sistema de justicia opera bajo sus principios, evitando cualquier enfrentamiento con el sistema. Es la excusa para dar carpetazo a  los crímenes cometidos durante los años de las dictaduras. Salvo excepciones, nada sugiere una ruptura. Muchos casos son sobreseídos o archivados  para mantener el equilibrio de poderes y no enfadar a los militares. Ante esta ignominia, los sobrevivientes de torturas y los familiares de detenidos desaparecidos han buscado  otras formas de hacer justicia. Los desagravios públicos  conocidos como Funas, contra los torturadores en sus domicilios es un punto de partida. Se busca concitar el rechazo comunitario a los torturadores. Esta experiencia sustituye, en parte,  el silencio de los tribunales.
 
Por otro lado, los medios de comunicación no prestan atención o callan. Igualmente, muchos de los intelectuales que se comprometieron con el reestablecimiento de las libertades, cuando se trata de condenar las violaciones de los derechos humanos cometidas durante los gobiernos de facto, y del presente se escaquean. Su compromiso se diluye mirando hacia otro lado. Es el caso de las matanzas de los pueblos indígenas o la represión generalizada en caso de protesta popular. Los ejemplos pueden ser  Acteal, Guerrero, Oaxaca, Perú, Colombia y el sur de Chile.
 
Por ello,  este primer encuentro es un punto de inflexión. Busca poner fin a las políticas de impunidad, llamando la atención al necesario componente ético presente a la hora de aplicar  justicia. Los sobrevivientes deben ver reparados los daños, solo así, la  sociedad podrá quitarse esa loza  bajo el ejercicio democrático de los derechos civiles. Mientras no suceda, la ofensa pervive con el peligro subyacente  que nuevos militares tomen el relevo bajo el pretexto de luchar contra el terrorismo internacional, el narcotráfico o como  en Honduras, contra el chavismo. La alarma se dispara. Es obligatorio acabar con las leyes del punto final y la impunidad. Los responsables deben ser juzgados. La verdad debe salir a la luz frente a la mentira y la amnesia política