Una de las cosas que se puede ver cuando se apunta el telescopio desde la lejanía hacia Chile, es cómo por comparación, allí tratan su propia historia, en particular la que pudiéramos llamar la historia popular, la más informal, la que se manifiesta de un modo concreto, porque en general para el ciudadano común y corriente la historia es más bien una formulación abstracta, a veces – depende de cómo la haya aprendido – puede ser una mera sucesión cronológica de eventos o peor aun, una sucesiva entrada en escena de variados personajes: héroes, próceres, tribunos, como se los quiera llamar. La mayoría, personajes de una clase con la que tienen muy poca identificación personal.
Pero la historia tiene una expresión concreta también y es allí donde a veces se encuentran esos dos niveles, el de la abstracción y el de los hechos y personajes de carne y hueso. Una de esas expresiones concretas, donde diariamente la gente convive con pedazos de la historia, es lo que se denomina la toponimia: los nombres que se le han asignado a los lugares. En el pasado fueron nombres simplemente dados por la costumbre, por ancestrales denominaciones. Aunque de algún modo algo de eso aun permanece en lo que pudiéramos llamar una toponimia popular o folklórica, la verdad es que en una sociedad crecientemente urbana esa toponimia ha escapado de las manos de la gente común y corriente para ir a dar a las de burócratas municipales, y en algunos casos de quienes representan variados intereses políticos.
Generalmente cuando burócratas y dirigentes políticos asignan nombres a calles, parques y otros lugares públicos no consideran para nada el sentir popular por esos nombres. ¿Cuánto tiempo hace que la antigua y tradicional Alameda se la rebautizó como Bernardo O’Higgins (a la que la dictadura, pomposos como sus dirigentes eran, le agregaron además lo de Libertador)? Sin embargo toda la gente en Santiago aun se refiere a la principal avenida de la ciudad y del país como la Alameda. Bueno, no es mi intención aquí atraerme la furia de los admiradores de don Bernardo, pero quizás – en este caso al menos – una salida de compromiso sería simplemente denominarla “Alameda Bernardo O’Higgins”. Ese compromiso se aplicó al nombre del otro héroe mayor de Chile, la Gran Avenida José Miguel Carrera, aunque la verdad es que la mayoría de la gente omite el nombre del prócer para referirse a esta importante avenida. En todo caso este héroe tenía otra calle honrando su nombre con anterioridad.
Arturo Alessandri no tuvo suerte cuando alguien tuvo la mala idea de querer darle su nombre a la emblemática calle Estado, el nombre simplemente no prosperó y es bueno que así haya sido y oficialmente no se insistió en el inconsulto cambio de nombre. Mejor suerte tuvo su hermano José Pedro, cuyo nombre se le asignó a la avenida Macul en Ñuñoa, aunque – afortunadamente – todo el mundo sigue usando el hermoso nombre indígena en lugar del de ese opaco hermano de un presidente cuyo único mérito fue ser dueño de un fundo en ese sector (la Chacra Santa Julia, situada un poco al oriente de esa avenida).
Para prueba de cómo nuestra oligarquía terrateniente perpetuaba su poder incluso dando a sus grandes propietarios un lugar en la historia urbana, basta señalar algunos pocos ejemplos: José M. Infante, una avenida que cruza las comunas de Providencia y Ñuñoa no honra a José Miguel Infante, figura de la independencia y redactor de una constitución liberal en 1828, sino a José Manuel Infante, dueño de un fundo en lo que ahora es la comuna de Providencia.
En los años 50 se cambió el hermoso nombre indígena de Peñalolén a la que entonces era la principal avenida o camino que llegaba hasta la antigua casona que fue de Juan Egaña y luego de su hijo Mariano, y donde hasta hace poco estaba una universidad privada y ahora creo que hay un museo de la moda. Aunque el nombre de la comuna permanece, el del camino que se remontaba a tiempos coloniales fue rebautizado como José Arrieta, que como don José Pedro Alessandri, no tenía mérito propio alguno – este oligarca ni siquiera tenía un hermano presidente – aparte claro está, de haber sido dueño del fundo Peñalolén.
Ser dueño de fundo era entonces una de las principales maneras como alguien podía ver perpetuar su nombre en la historia urbana, especialmente en la capital del país, donde los nombres tradicionales se van borrando como si fueran vergonzosos recuerdos de otros tiempos cuando “no se era moderno”. Nombres indígenas como Macul, Peñalolén, Apoquindo (en algún momento la Municipalidad de Las Condes lo quiso cambiar por Avenida de las Américas, en un ridículo intento de ser como Nueva York, donde también hay una avenida de ese nombre), Tobalaba, Vitacura, Ñuñoa tienen por cierto una sonoridad especial y sobre todo, hablan de un pasado anterior incluso a la creación de la república, que aquellos con mentalidad colonizada quisieran borrar llevados por ese arribista deseo de sonar “internacional” (nombres con la letra “ñ” no pueden ser pronunciados bien por los turistas y empresarios extranjeros…)
Lo curioso es que esta actitud de remover los nombres que reflejan la historia popular es en gran medida un reflejo de conductas propias de las elites burocráticas y políticas chilenas. Visitando Madrid, en una ocasión estuve alojado en una residencial situada en la calle de las Botoneras, cerca de donde estaba la calle de la Lechuga, aunque lejos del barrio de Lavapiés. Todos ellos, nombres dados sin duda por el pueblo mismo (el porfiado afán de la dictadura franquista de llamar al tradicional paseo de la Castellana, Paseo del Caudillo, fue felizmente abandonado al retornar la democracia). En muchas otras ciudades uno encuentra también referencias a nombres populares: la Boca (por la boca del Riachuelo) y el Caminito en Buenos Aires, la Colmena en Lima, para nombrar sólo algunos; pero en Chile los pintorescos nombres que la gente dio a sus barrios se los hace desaparecer, al menos de modo oficial. La estación de metro Pila del Ganso se cambió por San Alberto Hurtado en esa suerte de carnaval que la declaración de santo por parte del Vaticano causó en Chile, donde tener un santo alcanzó casi la envergadura de ganarse un campeonato mundial de fútbol. Y tampoco es mi intención desconocer los méritos del buen Padre Hurtado, pero resulta que ya había una avenida en el barrio alto de la ciudad que honraba su nombre ¿por qué no dejar el pintoresco y simpático nombre de Pila a ese barrio popular en la comuna de Estación Central?
Como en el caso del Padre Hurtado, tampoco podría objetar a que se quisiera honrar al prócer uruguayo José Artigas, pero intentar hacerlo cambiando el nombre de la emblemática avenida Los Leones hace unos años, fue un error.
En cambio sí apoyaría cambiar el nombre de la avenida 11 de Septiembre, que la mayoría edilicia de Providencia obstinadamente y contra gran parte de la opinión de sus propios vecinos, mantiene como provocación contra los que sufrieron el golpe militar (la avenida había sido primeramente llamada Nueva Providencia, y algunos vecinos aun usan ese nombre en oposición al nombre impuesto por el municipio pinochetista).
La historia urbana reflejada en su toponimia debe defenderse, incluso – o más bien especialmente – en sus nombres más peculiares (nombres simpáticos como Tropezón, el barrio Matadero, el barrio Pila, el Blanqueado o Las Rejas). Posiblemente los políticos municipales tengan muchas otras tareas a las que le asignan prioridad sobre este tema, pero si se lo examina más profundamente al fin de cuentas tiene también todo un sentido de reivindicación popular el que una avenida lleve un nombre indígena como Macul (“Mano derecha” en quechua) o Peñalolén (“Reunión de hermanos” en mapudungún), en lugar de los de terratenientes como José Pedro Alessandri o José Arrieta, que al final lo único que hicieron fue explotar a los campesinos que trabajaban para ellos. A ver si en algún momento los letreros cambian y restablecen aquellos nombres históricos y populares en lugar de los de latifundistas que por lo demás no le han ganado a nadie. Ah, y como pregunta curiosa en este breve pasaje por la toponimia y la historia urbana: ¿Cuál fue el resultado del partido de fútbol que a mi parecer recuerda el incongruente nombre de la avenida Chile-España en mi ex comuna de Ñuñoa?
