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Agosto 18, 2026

La amnesia de Pedro

Una primavera que nacía herida y los pájaros no cantaban. Recuerdo que en mi ciudad, ese año, los duraznos y manzanos no dieron frutos. Corría el año de 1973, septiembre, y eran tiempos difíciles. En medio de ese dolor colectivo la Iglesia Católica, representada por el Cardenal Silva Henríquez, se convirtió en la “voz de los sin voz” y en un gran asilo contra la opresión.

¡La Iglesia salvó vidas!, unido a los testimonios de fe que dieron curas y monjas como Joan Alsina, José Aldunate, Ita Ford, por nombrar algunos, le dio un gran prestigio y quedó en la memoria popular como una Iglesia junto al pueblo, pero no una Iglesia del Pueblo y para el Pueblo. Una Iglesia junto al pueblo. Pasaron los años y el país volvió a retomar cauces de vida institucional. La imagen de una iglesia comprometida con el evangelio popular se fue desdibujando. El cardenal Fresno no representó lo mismo que el cardenal Silva Henríquez y Oviedo fue distinto a Fresno. El cardenal Errázuriz terminó de regresar a la institucionalidad formal a esta Iglesia de excepción. En el pueblo se afianzó la idea que las instituciones, si bien son permanentes como estructura, tienen la impronta de quienes la dirigen.

Nos hemos acostumbrado a que la Iglesia, cada cierto tiempo, tenga una voz nacional y opine. El país siente el peso de sus opiniones cuando las quiere hacer llegar más allá de sus fronteras. El Concilio Vaticano II dijo que la Iglesia Católica es “experta en Humanidad” y como tal, curiosamente, a diferencia de otras iglesias,  se opuso a la legislación que dio la igualdad de los hijos ante la ley, luego se opuso al divorcio. También retardó el Proyecto de Ley de Cultos, que buscaba un tratamiento igualitario para todas las iglesias en nuestro país. El mundo evangélico, con razón, protestaba que en nuestro país no podían existir iglesias de primera y de segunda. Algo así como los antiguos trenes, con vagones de primera, segunda y tercera clase. Luego vino el tema de la píldora del día después. Aún estamos en eso.

La Iglesia de Pedro, aquella que defendió los derechos humanos en Chile, que llevó consuelo a las poblaciones populares, la que presentó los primeros recursos de amparo y denunció casos como Lonquén, nos sorprende con una especie de “presente griego”. Con motivo de la proximidad del Bicentenario solicitó al Gobierno que conceda un indulto masivo. Fue la oportunidad que esperaban los sectores que quieren poner un manto de impunidad. El tema de los indultos generales se acerca peligrosamente a las fronteras de estas marejadas, que cada cierto tiempo buscan una Ley de Punto Final. Una ley que termine con la pretensión punitiva del Estado y la esperanza que las víctimas tengan la reparadora justicia.

Cuando se invocan, para solicitar la aplicación de esta facultad presidencial, razones como la misericordia, puede dudar hasta el más claro en este tema. Es ahí cuando los voceros de los violadores de los DD.HH.  interpretan que los indultos deberían favorecer  no sólo al ladrón de gallinas y al ladrón de bicicletas, sino que  deben extenderse a los violadores de DDHH que cumplen penas de cárcel.

Hace unos días escuché a un representante de la Iglesia Católica, quién reforzaba la solicitud de indulto citando la historia. Nos recordaba que Cristo, crucificado, en medio de los sufrimientos más extremos, tuvo el coraje y la fuerza para decir  “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” También quiero citar la historia y ésta nos narra el caso del legionario que, turbado por sus crímenes, pidió perdón a sus víctimas. ¿Algunos de ustedes conoce a un torturador arrepentido? Yo no conozco. ¿Quién conoce de un arrepentimiento, un mínimo acto de humildad de los que violaron los DDHH? Lo que he visto, que cada vez que se puede regresa el odio e incluso aquellos que quebraron la historia se jactan de que volverían a hacer lo mismo.

Preocupa que una genuina actitud de misericordia sea aprovechada como una ventana para nuevas felonías. Hay voces que invitan a olvidar, que invitan a dar vuelta la página. Hay voces que nos invitan a olvidarnos de nuestros muertos. Nos invitan a la amnesia. Sin embargo, cuando Cristo, crucificado, en medio de dos bandidos, y uno de ellos mostró arrepentimiento, Jesús le dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” El arrepentimiento y el perdón van unidos. El pueblo que perdió  a sus seres queridos no tiene un lugar físico donde llevarles una flor. A los cientos de hombres y mujeres que pasaron por la tortura sus victimarios no les han pedido perdón. Los que exiliaron y humillaron campesinos no se han arrepentido. La misericordia es un aporte del cristianismo a construir humanidad. El perdón es un acto individual y el Estado no puede arrogarse perdonar por el soberano. ¡Justicia, nada más pero nada menos! es lo que esperan los familiares de las víctimas de la represión. Justicia es lo que esperamos como pueblo. Que la amnesia no vuelva a confundir a Pedro, antes que el gallo cante tres veces.

Por Rodrigo De Los Reyes Recabarren
                           
rodrigodlr@patagoniachile.cl