{mxc}Una persona fue ubicada mediante “cámaras de vigilancia” instaladas en la calle luego de cometer un acto delictivo, lo que nos parece muy bien y refuerza el anhelo de seguridad al que todos aspiramos. No obstante, estamos frente a una “moneda de dos caras” que preocupa y hace temer.La oferta de seguridad lleva a constatar que ya no tenemos libertad en muchos sentidos y parece que el asunto recién comienza. Ingresamos a “Google”, escribimos el nombre de cualquiera y encontramos sus antecedentes personales, con detalles que ni siquiera el detectado recuerda.
Recurriendo al Rut, sistema de control que no se acepta en otros países, se sabe si una persona está inscrita en los registros electorales y, si conocemos qué tecla apretar, accedemos al monto de sus deudas en “el sistema”, entre otros muchos antecedentes como indicación de capital, domicilios y lugares de trabajo. Es posible que nos detecten en las carreteras, señalando cuándo y por dónde pasamos, informándose también quién nos acompaña. Para qué hablar de los “radares” que revelan nuestra velocidad de desplazamiento.
No obtenemos privacidad si no levantamos el aparato telefónico, sin que sea necesario recurrir al ¿de parte de quién? porque nos ubican por “celular”, incluso si estamos en los sitios más privados. Es difícil negarse, ya que el aparatito “vibra” y suena con estridencia imposible de ignorar. Si apagamos esta maravilla tecnológica, la señora nos reclama y viene la pregunta ¿por qué tenías apagado tu celular? Para qué reparar en que si decidimos alejarnos en el desierto o al medio de un lago o en el mar en busca de privacidad, el resultado puede no ser el deseado, porque si quien nos busca recurre al computador, con muy pocos antecedentes nos ubicará en tiempo real y “en vivo” por medio de lentes que nos miran, detectando y espiando desde el espacio, vía satélite, todo lo que hacemos y lo que no hacemos.
En el Reino Unido, se han instalado más de cuatro millones de aparatos espías -en proporción de uno por cada 15 habitantes- permitiendo que una persona pueda ser filmada hasta 300 veces al día. Las nuevas cámaras de ultra alta resolución permiten, en una sola imagen y por un vertiginoso efecto de zoom, el fichaje biométrico del rostro de cada uno de los miles de espectadores presentes en un estadio, en una manifestación o en un mitin político. Si nos disfrazamos o cambiamos de apariencia, las maquinitas nos reconocen por nuestros rasgos antropométricos, pudiendo determinarse con un simple enfoque si somos portadores de enfermedades o de estados febriles.
Julio Verne y Aldous Huxley han sido largamente superados por la realidad. Hasta dónde llegará la tecnología no se sabe. Sólo cabe prepararse para que lo privado deje de serlo, sin que nadie nos defienda ni obligue a que se respete el más mínimo derecho que podemos pretender: no ser espiados haciendo pública nuestra vida privada, terminando con la libertad personal como la entendemos desde siempre.
Por: Leonardo Aravena Arredondo, profesor de Derecho de la Universidad Central.
En el Reino Unido, se han instalado más de cuatro millones de aparatos espías -en proporción de uno por cada 15 habitantes- permitiendo que una persona pueda ser filmada hasta 300 veces al día. Las nuevas cámaras de ultra alta resolución permiten, en una sola imagen y por un vertiginoso efecto de zoom, el fichaje biométrico del rostro de cada uno de los miles de espectadores presentes en un estadio, en una manifestación o en un mitin político. Si nos disfrazamos o cambiamos de apariencia, las maquinitas nos reconocen por nuestros rasgos antropométricos, pudiendo determinarse con un simple enfoque si somos portadores de enfermedades o de estados febriles.
Julio Verne y Aldous Huxley han sido largamente superados por la realidad. Hasta dónde llegará la tecnología no se sabe. Sólo cabe prepararse para que lo privado deje de serlo, sin que nadie nos defienda ni obligue a que se respete el más mínimo derecho que podemos pretender: no ser espiados haciendo pública nuestra vida privada, terminando con la libertad personal como la entendemos desde siempre.
Por: Leonardo Aravena Arredondo, profesor de Derecho de la Universidad Central.
