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Agosto 18, 2026

Así quisiera a Michelle

Justa y muy comprensible es la satisfacción de la presidenta Bachelet a quien las encuestas le señalan más de un setenta por ciento de adhesión popular, mientras que el nivel de reprobación de la política y de los políticos alcanza prácticamente los mismos índices. Hasta donde existen registros, `parece ser que ningún otro mandatario ha probado tan alto grado de aceptación, aunque en la historia universal  otros gobernantes y caudillos en algún momento superaron, incluso, las cifras de confianza  en nuestra jefa de estado.

Michelle le cae bien a todo el mundo y en sus viajes al extranjero apreciamos cómo su personalidad encanta todavía más que en su país, donde no faltan los que la critican y hasta interpelan con fiereza.

Pero la historia nos señala que la popularidad política no siempre valora a los mejores. Grandes líderes espirituales fueron repudiados por sus contemporáneos o no obtuvieron más que un discreto apoyo mientras vivieron. Sócrates, Cristo, Lincoln, Luther King,  Simón Bolívar y nuestros propios libertadores y padres de la Patria fueron traicionados, ultimados o condenados al exilio. Sin embargo, Hitler, Stalin y el mismísimo Pinochet despertaron grados de adhesión e incondicionalidad popular que hablan  de nuestra terrible condición humana. Sin ir más lejos, el propio antecesor de nuestra Presidenta terminó ovacionado por oficialistas y opositores, pero en menos de 3 años ni siquiera retuvo el respaldo de quienes habían sido sus principales colaboradores al querer repostularse como candidato presidencial. La nominación concertacionista la obtuvo, curiosamente, aquel ex mandatario que terminó su período presidencial con menos reconocimiento en las encuestas.

Pienso que en el deporte,  las  artes y otras actividades humanas la popularidad puede ser  tan extendida como prolongada. En nuestro propio medio, tenemos cantantes, futbolistas y otros personajes que, pese a sus desaciertos, son siempre queridos y reconocidos por la amplia mayoría de los chilenos. Una torpe identificación publicitaria de Iván Zamorano con el fracasado Transantiago, casi lo derribó estrepitosamente del pináculo de su justa fama de goleador.

Para ser grande y perdurable en la política, se me ocurre que hay que tener muchos detractores. Si quieres cambiar el mundo tienes que tocar intereses y derribar de sus privilegios a los poderosos. Si lo que necesitas es la complacencia de los que mandan, de la prensa que controlan y de los historiadores más obsecuentes, en menos de lo que crees agotarás la confianza de los pobres y los humildes que creyeron en ti y apreciaron tu simpatía.  Cuídate todavía más de los que siempre te adulan y merodean a tu alrededor porque pueden ser los primeros en abandonarte y revelar hasta tus más íntimas flaquezas.

Vaya que puede ser importante la popularidad política para imponer los cambios, desafiar los obstáculos y dejar sembrado el futuro de realizaciones y esperanzas. Más que adhesión general, lo que se requiere efectivamente es de liderazgo político. Es decir, de aquella cualidad que tienen los arietes de la historia y nunca se rinden a la autocomplacencia y aplauso general. Es perfectamente humano que los dirigentes políticos busquen fama y honores, sin embargo los más dilectos son aquellos que buscan el reconocimiento de la posteridad. Como Nelson Mandela, en Sudáfrica, o nuestro Juan Bosch, cuyo natalicio hace 100 años se recuerda en todo nuestro continente.

Nada puede ser más ofensivo para nuestra popular mandataria que la adhesión de los llamados “aliancistas bacheletistas”, el aplauso de las cúpulas patronales, el beneplácito de los poderes fácticos y el informe de las entidades financieras que velan por el equilibro de la desigualdad planetaria y la placentera vida de los burócratas internacionales del más amplio pelaje. Me gustaría que en sus últimos meses de gobierno, nuestra carismática Michelle impusiera las reformas institucionales que duermen por la complacencia de los partidos y legisladores, resuelva generosamente el problema de los deudores habitacionales, desaloje ejemplarmente de su gobierno a los ineptos y corruptos y nos herede, por ejemplo, una reforma educacional realmente comprometida con la igualdad de oportunidades que se merecen todos los niños y jóvenes de nuestro país. Me gustaría verla renunciar a tan horizontal y feble constatación de las encuestas y apostar más al veredicto de los nuevos ciudadanos y las generaciones venideras.