Pero la presente versión, al margen de este magno acontecimiento, se ha caracterizado, una vez más, por la polémica y la controversia, exacerbada por dos hechos fatídicos, la aciaga corneada que terminó con la vida de un joven y experimentado “mozo” de 27 años en el cuarto encierro y por la aparatosa e irrisoria corneada dos días después, a otro. Los toros terminaba con la vida y el pudor de dos “mozos”, en este último caso, afortunadamente, sin consecuencias fatales aunque de suyo morales: El “mozo” terminó, tragicómicamente, exhibiendo todas sus desvergüenzas al mundo entero, en medio de la sangre, el sudor y las babas del toro. Quedó malherido y como ¡Dios lo echó al mundo!
Si bien es cierto desde Catalunya, tierra madura, tolerante y cívica, como dijera Roberto Bolaño, las “fiestas taurinas” -pese a su fuerte influjo y herencia romana- son vistas como un inaceptable acto de barbarie con un fuerte tufillo a símbolos del más rancio nacionalismo español de cuño franquista, del tipo “¡España, única, grande y libre!”. No obstante, el debate se abrió por todo el territorio y sirvió para ver enfrentados, una vez más, los dos bandos que subsisten en España -como en Chile- al alero de la imperfecta democracia representativa-parlamentaria y el sistema bipartidista. Las dos caras o “sensibilidades” de España, sus dos miradas de mundo.
El conservadurismo, los amantes del statu-quo, la tranquilidad, la paz y el sosiego versus los rebeldes promotores de la sempiterna revuelta y el jolgorio. Lo dionisiaco y los apolíneo, los azules y los rojos, como quiera que se les llame. En cualquier caso, están los que defienden a “capa y espada” la “privatización” del espacio público, su vaciamiento y su militarización, al que conciben como peligroso, fóbico; lugar agreste en donde acecha “el otro”, el peligroso el delincuente, el extranjero, la prostituta y el yonqui. Bogan por más dotación, patrullaje y control policial, por más cámaras de vigilancia, por el cierre de bares, discotecas y demás lugares de ocio.
Y los que lisa y llanamente, defienden el “espacio público” diverso, plural, amigable, un lugar que facilita el diálogo y el vínculo social, visto como ámbito privilegiado para el encuentro y el re-encuentro de la gente, resaltando la importancia de la dimensión y el habitar humano de la ciudad. La ciudad hecha por y para el hombre. Y más allá de la pulcritud, la asepsia de las calles y piletas de estilo, los boulevard, de los edificios de cristal, de las plazas duras y de las circundantes grandes arterias y avenidas.
Ahora bien, resulta más o menos evidente que la fiesta de los Sanfermines de Pamplona ha sufrido una importante mutación, un grave deterioro, si se quiere, en tanto patrimonio cultural inmaterial de la ciudad. No son ni pariente a lo que el viejo, depresivo y alcohólico escritor yanqui vio hace exactamente cincuenta años atrás. Se ha desvirtuado la corrida, su calidad y cantidad de los corredores, la seriedad y el rigor del rito ha sucumbido claramente ante la industria del turismo masivo y barato, que tiene como protagonistas hordas etílicas de “guiris” (gringos), robustos, sonrosados e ignorantes que invaden las estrechas callejuelas del casco antiguo de Pamplona en busca de adrenalina y emoción barata y desbocada.
Ha claudicado la fiesta ante “el turismo de bajo standing”, que sólo condice a todo tipo de excesos a bajo coste, la misma claudicación que ha sufrido toda la Costa del Mediterráneo, el Cantábrico, la España Mora, Andalucía, Extremadura, etcétera, todo el turismo Español, de la mano de los especuladores y los corruptos que promovieron el boom inmobiliario y el ladrillazo, ante la complicidad de una débil clase política que se dejó “embaucar”. Esta es la verdadera causa de la destrucción de una enorme riqueza de este país, de su patrimonio natural, ecológico y cultural.
Por ello, podemos cuestionar y, muy francamente, la calidad estética y ética de esta mística, sacrosanta y atávica corrida de toros. Añorar lo que fue, la vorágine, la mística, el vértigo y el temple de los corredores y su proeza, la emoción y el estupor de sus espectadores, todo es plausible y legítimo. Asimismo, mejorar su estricto reglamento -¡que no lo respeta ni Dios!- ampliar el control policial -pese a los cerca de tres mil efectivos policiales destinados a cautelar el orden de la fiesta- reducir la cantidad y calidad de los participantes de la corrida e incluso restringir la participación sólo a “los que saben correr”. Todo ello es posible, ¿por qué no?
Pero si se trata de mejorar de verdad, el asunto pasa, necesariamente, a nuestro juicio, por empoderar a sus participantes, por generar mayores niveles de involucramiento de la gente en la corrida, en sus aspectos organizativos y logísticos. Y no por su castración, su cercenamiento, ni por su metamorfosis en corridas con “vacas mansas” -para que puedan correr mujer y niños, como han dicho. Ni pasa, tampoco, por extenuar y reprimir a los participantes ni restringir la participación con excesivos controles policiales y sanitarios (alcotest, narcotest, etc…). El real sentido de la fiesta es precisamente, lo contrario de todo ello, es promover, junto al consabido entrecruzamiento ciudadano, las libertades civiles, individuales y culturales. Ese es el real sentido de la fiesta en una sociedad, su sentido profundo (y cívico) de la fiesta en una sociedad que se presume democráticamente madura.
Anoche, 13 de julio, quitándose los pañuelos rojos al son de “Pobre de mí”, se puso fin a los nueve días de fiesta, de encierro, corridas, botellón, excesos, polémicas y embestidas. Hasta la próxima de corrida de 2010. ¡Viva San Fermín!, ¡Gora San Fermín!, “por los siglos de los siglos”…
Fco-javier alvear, desde Tarragona, España
