{mxc}En los países de cultura anglosajona la crítica de libros es una actividad cultural de gran envergadura, traduciéndose por ejemplo en los suplementos dominicales de los mayores diarios dedicados a ella. Esta tradición de crítica, que no es solo literaria, porque incluye a libros de ciencia, política, economía, cine, jardinería, cocina y un sinnúmero de otras actividades, es sin lugar a dudas una invaluable herramienta de desarrollo cultural.
Porque, además de ser una manifestación democrática, enriquecedora del dialogo social, ayuda además a los lectores separar la charlatanería del grano; obligando a los autores a respetar ciertos cánones mínimos de seriedad intelectual en sus obras.
En nuestro país, desgraciadamente, esta tradición cultural ha tenido escaso impulso y una gran variedad de libros después de ser “lanzados” con cierta pompa, constituyen a lo más acontecimientos fugaces de vida social, desapareciendo en la oscuridad sólo con un análisis superficial de ellos. Análisis que no pasan más allá de ciertas hermosas frases de algún novicio e ignaro periodista que los describe como creativas innovaciones hacedoras de época. Influenciado su juicio más por el pretendido nivel intelectual y poder político de los autores que por un examen acabado de la obra. De esta manera estos libros a lo más logran engrosar quedamente, y a menudo inmerecidamente, el currículo de los autores, que generar debate. El silencio benévolo de los autores sobre el destino menguado de su quehacer intelectual indica que tal vez el objetivo primario de la obra era más bien social, y tenia como objetivo posicionarlos en un mercado laboral con acceso cada vez más estrecho y competitivo.
Es por estas razones que obras, que de acuerdo a sus autores y comentadores pretenden explicar la realidad política y social chilena pasan en general inadvertidas, sin que se haga un estudio acabado de ellas a pesar de su supuesta relevancia. Soy de la opinión que la ausencia de evaluación de estas obras tiene un impacto negativo sobre el desarrollo político y cultural del país, ya que permite a sus autores un arbitrario privilegio y una autoridad aparentemente incontestada, basada en obras de precaria calidad y que nadie ha leído y ha analizado seriamente. De esta manera los delirantes ensayos sobre la modernidad producida por la dictadura militar de Don Sergio Melnick y de Don Joaquin Lavin y los estrafalarios, pedestres y farragosos libros sobre postmodernidad, política, educación y ciencia de Don José J. Brunner cementan sus carreras como pretendidos intelectuales y consejeros áulicos de nota y au courant en la problemática nacional e internacional. Similarmente, los triviales mamarrachos pseudo sociológicos y literarios de Don Eugenio Tironi tienden una cortina de humo sobre los tenebrosos ángulos de sus indecorosas actividades propagandísticas y de relaciones publicas. En honor a la verdad, la insalvable brecha existente entre la disminuida calidad del trabajo de estos supuestos pensadores de la política nacional y de su infundada influencia pareciera ser una constante de la vida política actual. Por ejemplo, en el parlamento diputados y senadores con honrosas excepciones, compiten y hacen gala para hablar de cómo la biotecnología, los alimentos transgénicos, la acuicultura, la computación y la informática solucionarán todos los problemas del país, con alocuciones que demuestran una incomprensión básica de los elementos primigenios de estas tecnologías, de sus proyecciones y de sus significativas limitaciones.
La obra “Después de la Quimera” de los autores Ernesto Ottone y Sergio Muñoz Riveros (Random House Mondadori) publicada hace unos meses atrás (2008), que de acuerdo a sus autores tiene un ambicioso y loable objetivo que es analizar cómo “progresan verdaderamente los pueblos y como se crean condiciones para que la vida sea mejor para todos”. El libro, escrito en forma de diálogo entre los dos autores, es difícil de analizar porque los autores han filtrado a través de su experiencia personal y de sus naturales prejuicios la historia de Chile, la de algunos países europeos, y la de los países socialistas, especialmente en el Siglo XX. Esto, la ausencia de datos concretos y estadísticas económicas y sociales, el uso de referencias superficiales a la historia chilena y a la europea, las abundantes pero breves glosas al pensamientos de filósofos y políticos de moda y, especialmente, el uso de un lenguaje metafórico, renuente a describir la realidad de manera directa, le dan a la obra el carácter de un folletín literario. Lo cual produce desconcierto en el lector ya que después de todo la obra tiene por objeto guiarnos en el laberinto histórico de cómo progresan verdaderamente los pueblos y por supuesto el progreso de los pueblos puede ser medidos con diversos indicadores sociales y económicos que los autores no presentan, ni aún cuando discuten a Chile. Sin embargo, pareciera ser que este objetivo establecido por los autores para su obra fuera a lo mejor irrelevante y una pantalla, ya que la obra constituye más una dilatada y ardua apología para el viraje político de ellos, que un serio análisis histórico y político. El libro está empapado por una corriente muy antigua del pensamiento político conservador que desaparece y aflora con el flujo de la historia. Esta corriente postula que los cambios sociales, políticos y económicos radicales son dañinos pera el progreso de los pueblos y ha sido usada por diversos políticos e historiadores desde antiguo para descalificar los logros de la Revolución Inglesa, de la Revolución Francesa, de la Independencia de EE. UU. y cualquier otro movimiento político que tenga como objetivo producir cambios sociales radicales que menoscaben los privilegios de grupos reducidos de la sociedad que monopolizan el poder y la riqueza.
La hipótesis de lo pernicioso de la radicalidad de los cambios sociales y económicos fue originalmente fundamentada con ideas de aspecto religioso como la sacralidad y la eternidad del poder y su origen divino y más tarde en la aparente inmovilidad del entorno físico y biológico que nos rodea. A medida que las diversas disciplinas científicas fueron penetrando con su análisis el mundo material, fue quedando claro, por ejemplo, que transformaciones cataclismicas de la materia y la energía eran la base de la creación del universo y que estas se suceden ininterrumpidamente cada segundo en el, incluyendo en la Tierra . Similarmente, la geología y la teoría de la Evolución han demostrado que eventos dramáticos le han dado y continúan dándole forma a la Tierra y que cambios biológicos acelerados y extinciones violentas han resultado en la actual composición de la flora y la fauna en ella. Estos hallazgos en la esferas físicas y biológicas, acompañados de radicales cambios políticos como las revoluciones sucesivas en los diversos países europeos, las guerras de la Independencia en América, la Depresión de los años 30 y la instauración del fascismo en Europa y del New Deal en EE. UU., el colapso económico presente han indicado claramente que la radicalidad de los cambios también es una condición inherente del mundo social y económico y han estado en la raíz de cambios que ya sea estimulan u obliteran el progreso de los pueblos.
En la obra los autores recurren a interpretaciones parciales, rígidas y antojadizas de la historia de países europeos que ellos deberían conocer bien como Holanda e Inglaterra, para justificar su tesis de la putativa malignidad de los cambios socio económico radicales. Ignorando oportunamente cómo la Holanda moderna fue iniciada con una cruenta rebelión y una guerra de 80 años contra el absolutismo y la intolerancia religiosa del Imperio Español y que este país por 350 años mantuvo un imperio colonial gobernado con una violencia y rapacidad extraordinarias, responsables en parte de su actual bienestar y del cual uno de los autores se beneficiara. Similarmente, la historia moderna de Inglaterra, otro país mencionado en la obra, comienza con la rebelión en contra del poder real, la decapitación del hasta entonces divino Carlos I, y su progreso se ha debido de gran manera al dominio de un imperio colonial en cuatro continentes e Irlanda. Imperio donde se sucedieron ininterrumpidamente por casi 500 años, lo que alguien ha llamado con razón los Holocaustos y Gulags Victorianos del Siglo XIX. Es lamentable, percatarse cómo los autores, que en parte gracias a su actividad política, tuvieron el privilegio de estudiar y trabajar en Europa y con un acceso ilimitado a fuentes de información originales, terminen teniendo una visión tan rancia, ideologizada, caricaturizada e incompleta de la historia europea. Esto podría atribuirse a una deficiencia de la dedicación, la curiosidad y el profesionalismo académico de los autores. O tal vez al hecho de que al poner aspectos de estas sociedades como arbitrarios modelos a imitar en Chile, para justificar sus posiciones personales, es necesario ignorar arteramente que muchos de los cambios que los países europeos han experimentado han sido radicales y ya sea tremendamente negativos o positivos para los sujetos bajo sus gobiernos.
Respecto de la historia de Chile los autores también presentan una serie de interpretaciones de ella tendientes a demostrar su tesis de que el reformismo y los cambios graduales son la única y verdadera manera de alcanzar el bienestar de los pueblos. El formato de este ensayo impide analizar cada uno de estas caprichosas y frívolas interpretaciones como sería deseable, para demostrar su relativa y dudosa validez y su fruslería. Me detendré solamente en algunos de los comentarios sobre el Presidente Allende. A mi juicio estos comentarios plasman la importante escualidez y bastedad intelectual que junto con el conservadurismo impregnan a esta obra. La consistencia de la vida y la actividad política del presidente Allende representa el polo opuesto a la vida y a la actividad política de los autores. Por esta razón, uno habría esperado de ellos un detallado análisis de cómo los cambios políticos y económicos radicales propuestos por su gobierno atentaban contra el bienestar del pueblo o de cómo la adhesión duradera a principios es una característica incorrecta e indeseable en un político. En vez de elegir este camino lógico para sustentar la tesis de su obra, los autores prefieren precavernos de paternal manera respecto de lo peligroso que puede ser mitificar la figura del Presidente Allende. Asegurando además, con insensible e iletrado desparpajo que el Presidente Allende fue un político pragmático, más que un teórico o un intelectual. La dicotomía entre lo práctico y lo intelectual es también una característica del pensamiento político conservador que le atribuye cualidades superiores a la actividad teórica e intelectual que operaría en el incontaminado mundo del espíritu sobre aquellas actividades que tocarían el mundo vil y sucio de lo material. Aún si aplicáramos esta arbitraria clasificación al trabajo político del Presidente Allende veríamos que desde muy joven fue capaz de demoler las artificiales barreras entre lo teórico y lo pragmático con gran creatividad, energía, e ingenio. Por ejemplo, el Presidente Allende a los 29 años y sin haber tenido el privilegio de vivir en Europa o haber tenido diplomas de universidades europeas, hizo una síntesis del conocimiento universal de salud pública y lo aplicó a la situación chilena de una manera original y novedosa, con un impecable uso del más moderno método científico. En esta novedosa síntesis, La Realidad Médico Social Chilena, el Presidente Allende estableció los lineamientos teóricos de cómo alcanzar el progreso y el bienestar del pueblo chileno teóricamente incontestados hasta hoy día. Este análisis teórico resultó en la creación de numerosas instituciones chilenas que fueron fundamentales en el mejoramiento de la salud pública entre los años 1940 y 1970 y constituyeron, sin lugar a dudas, la base de su programa de gobierno.
Los métodos racionales de los que Allende hiciera gala para proponer soluciones para alcanzar el progreso del pueblo chileno con el uso de los conceptos de la ciencia y la técnica modernas son indudablemente los que escasean en esta obra. Por ejemplo, cuando se excusa con ofuscaciones incoherentes el costoso error tecnológico y político que significó la implementación prematura del Transantiago, en la cual, uno de los autores parece haber tenido alguna responsabilidad. Creo, que como los autores lo dicen, refiriéndose a otros en su obra, la inmerecidamente privilegiada elite política chilena y sus progresistas intelectuales cum autores tienen serios “problemas en lidiar con la realidad”, ya pareciera que son incapaces de contender de manera sensata con los conceptos racionales de la ciencia y de la tecnología moderna. Esta ausencia de familiaridad con la racionalidad de la ciencia y la tecnología modernas no sólo es manifestada en el error del Transantiago que aparentemente le costara la reelección al héroe de esta accidentada narrativa, el Presidente Lagos. Esta deficiencia es también manifestada por un Estado totalmente incapaz de prevenir el colapso de la salmonicultura, la desertificación del país, el agotamiento de los recursos naturales, la criminal polución atmosférica de la mayores ciudades de Chile, las deficiencias decimonónicas en salud, educación y previsión social y la conversión del litoral chileno en un gran basural. Para estos y otros múltiples urgentes problemas como aquellos provocados por el cambio climático, los autores de la obra y su programa político carecen de soluciones por las razones arriba mencionadas, a pesar de ser el tratamiento radical de estos problemas fundamentales para el progreso del pueblo chileno. La obra pareciera indicar que los autores han reemplazado de manera automática, sin gran reflexión original o justificación histórica, la llamada quimera de los cambios políticos radicales por la quimera del reformismo gradual, el cual como era de esperar beneficia a los poderes establecidos, a pesar de la dudosa legitimidad y lo lesivo que esto sea para la mayoría de la población. Dicho de una manera jocosa, pareciera que los autores han movido el locus de su peregrinaje buscando el Edén imaginario en la Tierra desde la Europa oriental a la Europa occidental. A pesar del colapso, también en esta última de las corrientes políticas y filosóficas que los inspiran, lo cual está favoreciendo el retorno político en ella de un conservadurismo radical.
A despecho de las limitaciones de la obra y de sus conclusiones, que fracasan, a mi juicio, en analizar los problemas de Chile y sus potenciales soluciones de manera racional, los autores también expresan sus opiniones y temores acerca del presente y el futuro de otros países latinoamericanos de una manera santimoniosa y prejuiciada. Ella contrasta, con el respeto tímido y sin examen que le confieren a los individuos e ideas originadas en Europa. De esta manera, con la impertinencia propia de cierto provincialismo intelectual que hace recordar la manida frase “los ingleses de Latino América”, se permiten cuestionar a la constitución de otros países sin percatarse que la constitución chilena es una de la menos democrática del continente. La palabra quimera, también tiene además de la acepción usada por los autores, como una proposición a la imaginación de algo posible y verdadero no siéndolo, la de un monstruo compuesto de varios animales incluyendo el león, la cabra y la serpiente. En el vocabulario biológico moderno la palabra quimera tiene también la acepción de un hibrido compuesto de células de diverso origen genético. Al terminar de leer este texto tan estrambótico en el cual se unen de una manera híbrida y disparatada experiencias personales, parciales interpretaciones históricas de diverso origen, citas desorganizadas de los más variados autores con exégesis subjetivas de la realidad, uno no puede dejar de pensar que los autores de alguna manera han engendrado un documento que es una monstruosidad metafísica y política.
Monstruosidad que ayuda a entender en parte la inhabilidad de los últimos gobiernos progresistas en Chile para disminuir drásticamente y eliminar de manera efectiva el impacto negativo que las políticas económicas y sociales del gobierno militar han tenido sobre el progreso de la nación chilena. En este contexto, a esta obra se le puede aplicar también la máxima del aquel gran pintor ilustrado, demócrata rebelde que muriera en el exilio sin retractarse, Goya, quien dijera “El sueño de la razón produce monstruos”. Sin lugar a dudas, los autores tienen todo el derecho y la libertad para mudar los aires de sus lealtades políticas y para criticar y tratar de evitar en Chile las manifiestas, perniciosas y claras limitaciones de los antiguos países socialistas en la Europa oriental. Sin embargo, creo, que como individuos con continuas y privilegiadas responsabilidades políticas y como autoproclamados progresistas, deberían tener la seriedad, la dedicación y el respeto hacia sus lectores para alejar de sus análisis el oscurantismo y la irracionalidad de la que ellos por lo menos vocalmente abjuran. Para terminar, este libro y otros como los mencionados al comienzo de este ensayo, hacen recordar al genial y perspicaz Roberto Bolaño, que en su burlesca sátira “Literatura nazi en América” con gran sutileza y humor, critica a los desacertados rasgos comunes de los libros escritos por algunos imaginarios escritores fascistas en América. Porque este libro y las otras obras mencionadas, que indudablemente comparten aberrantes características comunes, podrían servir de reales modelos a una obra ahora seria, similar a la de Bolaño, potencialmente titulada “Literatura progresista de los últimos 25 años en Chile”. La cual sería un instrumento útil para entender las limitaciones de esta defectiva corriente de pensamiento y de sus infundadas y adversas influencias para el verdadero progreso del pueblo chileno.
En nuestro país, desgraciadamente, esta tradición cultural ha tenido escaso impulso y una gran variedad de libros después de ser “lanzados” con cierta pompa, constituyen a lo más acontecimientos fugaces de vida social, desapareciendo en la oscuridad sólo con un análisis superficial de ellos. Análisis que no pasan más allá de ciertas hermosas frases de algún novicio e ignaro periodista que los describe como creativas innovaciones hacedoras de época. Influenciado su juicio más por el pretendido nivel intelectual y poder político de los autores que por un examen acabado de la obra. De esta manera estos libros a lo más logran engrosar quedamente, y a menudo inmerecidamente, el currículo de los autores, que generar debate. El silencio benévolo de los autores sobre el destino menguado de su quehacer intelectual indica que tal vez el objetivo primario de la obra era más bien social, y tenia como objetivo posicionarlos en un mercado laboral con acceso cada vez más estrecho y competitivo.
Es por estas razones que obras, que de acuerdo a sus autores y comentadores pretenden explicar la realidad política y social chilena pasan en general inadvertidas, sin que se haga un estudio acabado de ellas a pesar de su supuesta relevancia. Soy de la opinión que la ausencia de evaluación de estas obras tiene un impacto negativo sobre el desarrollo político y cultural del país, ya que permite a sus autores un arbitrario privilegio y una autoridad aparentemente incontestada, basada en obras de precaria calidad y que nadie ha leído y ha analizado seriamente. De esta manera los delirantes ensayos sobre la modernidad producida por la dictadura militar de Don Sergio Melnick y de Don Joaquin Lavin y los estrafalarios, pedestres y farragosos libros sobre postmodernidad, política, educación y ciencia de Don José J. Brunner cementan sus carreras como pretendidos intelectuales y consejeros áulicos de nota y au courant en la problemática nacional e internacional. Similarmente, los triviales mamarrachos pseudo sociológicos y literarios de Don Eugenio Tironi tienden una cortina de humo sobre los tenebrosos ángulos de sus indecorosas actividades propagandísticas y de relaciones publicas. En honor a la verdad, la insalvable brecha existente entre la disminuida calidad del trabajo de estos supuestos pensadores de la política nacional y de su infundada influencia pareciera ser una constante de la vida política actual. Por ejemplo, en el parlamento diputados y senadores con honrosas excepciones, compiten y hacen gala para hablar de cómo la biotecnología, los alimentos transgénicos, la acuicultura, la computación y la informática solucionarán todos los problemas del país, con alocuciones que demuestran una incomprensión básica de los elementos primigenios de estas tecnologías, de sus proyecciones y de sus significativas limitaciones.
La obra “Después de la Quimera” de los autores Ernesto Ottone y Sergio Muñoz Riveros (Random House Mondadori) publicada hace unos meses atrás (2008), que de acuerdo a sus autores tiene un ambicioso y loable objetivo que es analizar cómo “progresan verdaderamente los pueblos y como se crean condiciones para que la vida sea mejor para todos”. El libro, escrito en forma de diálogo entre los dos autores, es difícil de analizar porque los autores han filtrado a través de su experiencia personal y de sus naturales prejuicios la historia de Chile, la de algunos países europeos, y la de los países socialistas, especialmente en el Siglo XX. Esto, la ausencia de datos concretos y estadísticas económicas y sociales, el uso de referencias superficiales a la historia chilena y a la europea, las abundantes pero breves glosas al pensamientos de filósofos y políticos de moda y, especialmente, el uso de un lenguaje metafórico, renuente a describir la realidad de manera directa, le dan a la obra el carácter de un folletín literario. Lo cual produce desconcierto en el lector ya que después de todo la obra tiene por objeto guiarnos en el laberinto histórico de cómo progresan verdaderamente los pueblos y por supuesto el progreso de los pueblos puede ser medidos con diversos indicadores sociales y económicos que los autores no presentan, ni aún cuando discuten a Chile. Sin embargo, pareciera ser que este objetivo establecido por los autores para su obra fuera a lo mejor irrelevante y una pantalla, ya que la obra constituye más una dilatada y ardua apología para el viraje político de ellos, que un serio análisis histórico y político. El libro está empapado por una corriente muy antigua del pensamiento político conservador que desaparece y aflora con el flujo de la historia. Esta corriente postula que los cambios sociales, políticos y económicos radicales son dañinos pera el progreso de los pueblos y ha sido usada por diversos políticos e historiadores desde antiguo para descalificar los logros de la Revolución Inglesa, de la Revolución Francesa, de la Independencia de EE. UU. y cualquier otro movimiento político que tenga como objetivo producir cambios sociales radicales que menoscaben los privilegios de grupos reducidos de la sociedad que monopolizan el poder y la riqueza.
La hipótesis de lo pernicioso de la radicalidad de los cambios sociales y económicos fue originalmente fundamentada con ideas de aspecto religioso como la sacralidad y la eternidad del poder y su origen divino y más tarde en la aparente inmovilidad del entorno físico y biológico que nos rodea. A medida que las diversas disciplinas científicas fueron penetrando con su análisis el mundo material, fue quedando claro, por ejemplo, que transformaciones cataclismicas de la materia y la energía eran la base de la creación del universo y que estas se suceden ininterrumpidamente cada segundo en el, incluyendo en la Tierra . Similarmente, la geología y la teoría de la Evolución han demostrado que eventos dramáticos le han dado y continúan dándole forma a la Tierra y que cambios biológicos acelerados y extinciones violentas han resultado en la actual composición de la flora y la fauna en ella. Estos hallazgos en la esferas físicas y biológicas, acompañados de radicales cambios políticos como las revoluciones sucesivas en los diversos países europeos, las guerras de la Independencia en América, la Depresión de los años 30 y la instauración del fascismo en Europa y del New Deal en EE. UU., el colapso económico presente han indicado claramente que la radicalidad de los cambios también es una condición inherente del mundo social y económico y han estado en la raíz de cambios que ya sea estimulan u obliteran el progreso de los pueblos.
En la obra los autores recurren a interpretaciones parciales, rígidas y antojadizas de la historia de países europeos que ellos deberían conocer bien como Holanda e Inglaterra, para justificar su tesis de la putativa malignidad de los cambios socio económico radicales. Ignorando oportunamente cómo la Holanda moderna fue iniciada con una cruenta rebelión y una guerra de 80 años contra el absolutismo y la intolerancia religiosa del Imperio Español y que este país por 350 años mantuvo un imperio colonial gobernado con una violencia y rapacidad extraordinarias, responsables en parte de su actual bienestar y del cual uno de los autores se beneficiara. Similarmente, la historia moderna de Inglaterra, otro país mencionado en la obra, comienza con la rebelión en contra del poder real, la decapitación del hasta entonces divino Carlos I, y su progreso se ha debido de gran manera al dominio de un imperio colonial en cuatro continentes e Irlanda. Imperio donde se sucedieron ininterrumpidamente por casi 500 años, lo que alguien ha llamado con razón los Holocaustos y Gulags Victorianos del Siglo XIX. Es lamentable, percatarse cómo los autores, que en parte gracias a su actividad política, tuvieron el privilegio de estudiar y trabajar en Europa y con un acceso ilimitado a fuentes de información originales, terminen teniendo una visión tan rancia, ideologizada, caricaturizada e incompleta de la historia europea. Esto podría atribuirse a una deficiencia de la dedicación, la curiosidad y el profesionalismo académico de los autores. O tal vez al hecho de que al poner aspectos de estas sociedades como arbitrarios modelos a imitar en Chile, para justificar sus posiciones personales, es necesario ignorar arteramente que muchos de los cambios que los países europeos han experimentado han sido radicales y ya sea tremendamente negativos o positivos para los sujetos bajo sus gobiernos.
Respecto de la historia de Chile los autores también presentan una serie de interpretaciones de ella tendientes a demostrar su tesis de que el reformismo y los cambios graduales son la única y verdadera manera de alcanzar el bienestar de los pueblos. El formato de este ensayo impide analizar cada uno de estas caprichosas y frívolas interpretaciones como sería deseable, para demostrar su relativa y dudosa validez y su fruslería. Me detendré solamente en algunos de los comentarios sobre el Presidente Allende. A mi juicio estos comentarios plasman la importante escualidez y bastedad intelectual que junto con el conservadurismo impregnan a esta obra. La consistencia de la vida y la actividad política del presidente Allende representa el polo opuesto a la vida y a la actividad política de los autores. Por esta razón, uno habría esperado de ellos un detallado análisis de cómo los cambios políticos y económicos radicales propuestos por su gobierno atentaban contra el bienestar del pueblo o de cómo la adhesión duradera a principios es una característica incorrecta e indeseable en un político. En vez de elegir este camino lógico para sustentar la tesis de su obra, los autores prefieren precavernos de paternal manera respecto de lo peligroso que puede ser mitificar la figura del Presidente Allende. Asegurando además, con insensible e iletrado desparpajo que el Presidente Allende fue un político pragmático, más que un teórico o un intelectual. La dicotomía entre lo práctico y lo intelectual es también una característica del pensamiento político conservador que le atribuye cualidades superiores a la actividad teórica e intelectual que operaría en el incontaminado mundo del espíritu sobre aquellas actividades que tocarían el mundo vil y sucio de lo material. Aún si aplicáramos esta arbitraria clasificación al trabajo político del Presidente Allende veríamos que desde muy joven fue capaz de demoler las artificiales barreras entre lo teórico y lo pragmático con gran creatividad, energía, e ingenio. Por ejemplo, el Presidente Allende a los 29 años y sin haber tenido el privilegio de vivir en Europa o haber tenido diplomas de universidades europeas, hizo una síntesis del conocimiento universal de salud pública y lo aplicó a la situación chilena de una manera original y novedosa, con un impecable uso del más moderno método científico. En esta novedosa síntesis, La Realidad Médico Social Chilena, el Presidente Allende estableció los lineamientos teóricos de cómo alcanzar el progreso y el bienestar del pueblo chileno teóricamente incontestados hasta hoy día. Este análisis teórico resultó en la creación de numerosas instituciones chilenas que fueron fundamentales en el mejoramiento de la salud pública entre los años 1940 y 1970 y constituyeron, sin lugar a dudas, la base de su programa de gobierno.
Los métodos racionales de los que Allende hiciera gala para proponer soluciones para alcanzar el progreso del pueblo chileno con el uso de los conceptos de la ciencia y la técnica modernas son indudablemente los que escasean en esta obra. Por ejemplo, cuando se excusa con ofuscaciones incoherentes el costoso error tecnológico y político que significó la implementación prematura del Transantiago, en la cual, uno de los autores parece haber tenido alguna responsabilidad. Creo, que como los autores lo dicen, refiriéndose a otros en su obra, la inmerecidamente privilegiada elite política chilena y sus progresistas intelectuales cum autores tienen serios “problemas en lidiar con la realidad”, ya pareciera que son incapaces de contender de manera sensata con los conceptos racionales de la ciencia y de la tecnología moderna. Esta ausencia de familiaridad con la racionalidad de la ciencia y la tecnología modernas no sólo es manifestada en el error del Transantiago que aparentemente le costara la reelección al héroe de esta accidentada narrativa, el Presidente Lagos. Esta deficiencia es también manifestada por un Estado totalmente incapaz de prevenir el colapso de la salmonicultura, la desertificación del país, el agotamiento de los recursos naturales, la criminal polución atmosférica de la mayores ciudades de Chile, las deficiencias decimonónicas en salud, educación y previsión social y la conversión del litoral chileno en un gran basural. Para estos y otros múltiples urgentes problemas como aquellos provocados por el cambio climático, los autores de la obra y su programa político carecen de soluciones por las razones arriba mencionadas, a pesar de ser el tratamiento radical de estos problemas fundamentales para el progreso del pueblo chileno. La obra pareciera indicar que los autores han reemplazado de manera automática, sin gran reflexión original o justificación histórica, la llamada quimera de los cambios políticos radicales por la quimera del reformismo gradual, el cual como era de esperar beneficia a los poderes establecidos, a pesar de la dudosa legitimidad y lo lesivo que esto sea para la mayoría de la población. Dicho de una manera jocosa, pareciera que los autores han movido el locus de su peregrinaje buscando el Edén imaginario en la Tierra desde la Europa oriental a la Europa occidental. A pesar del colapso, también en esta última de las corrientes políticas y filosóficas que los inspiran, lo cual está favoreciendo el retorno político en ella de un conservadurismo radical.
A despecho de las limitaciones de la obra y de sus conclusiones, que fracasan, a mi juicio, en analizar los problemas de Chile y sus potenciales soluciones de manera racional, los autores también expresan sus opiniones y temores acerca del presente y el futuro de otros países latinoamericanos de una manera santimoniosa y prejuiciada. Ella contrasta, con el respeto tímido y sin examen que le confieren a los individuos e ideas originadas en Europa. De esta manera, con la impertinencia propia de cierto provincialismo intelectual que hace recordar la manida frase “los ingleses de Latino América”, se permiten cuestionar a la constitución de otros países sin percatarse que la constitución chilena es una de la menos democrática del continente. La palabra quimera, también tiene además de la acepción usada por los autores, como una proposición a la imaginación de algo posible y verdadero no siéndolo, la de un monstruo compuesto de varios animales incluyendo el león, la cabra y la serpiente. En el vocabulario biológico moderno la palabra quimera tiene también la acepción de un hibrido compuesto de células de diverso origen genético. Al terminar de leer este texto tan estrambótico en el cual se unen de una manera híbrida y disparatada experiencias personales, parciales interpretaciones históricas de diverso origen, citas desorganizadas de los más variados autores con exégesis subjetivas de la realidad, uno no puede dejar de pensar que los autores de alguna manera han engendrado un documento que es una monstruosidad metafísica y política.
Monstruosidad que ayuda a entender en parte la inhabilidad de los últimos gobiernos progresistas en Chile para disminuir drásticamente y eliminar de manera efectiva el impacto negativo que las políticas económicas y sociales del gobierno militar han tenido sobre el progreso de la nación chilena. En este contexto, a esta obra se le puede aplicar también la máxima del aquel gran pintor ilustrado, demócrata rebelde que muriera en el exilio sin retractarse, Goya, quien dijera “El sueño de la razón produce monstruos”. Sin lugar a dudas, los autores tienen todo el derecho y la libertad para mudar los aires de sus lealtades políticas y para criticar y tratar de evitar en Chile las manifiestas, perniciosas y claras limitaciones de los antiguos países socialistas en la Europa oriental. Sin embargo, creo, que como individuos con continuas y privilegiadas responsabilidades políticas y como autoproclamados progresistas, deberían tener la seriedad, la dedicación y el respeto hacia sus lectores para alejar de sus análisis el oscurantismo y la irracionalidad de la que ellos por lo menos vocalmente abjuran. Para terminar, este libro y otros como los mencionados al comienzo de este ensayo, hacen recordar al genial y perspicaz Roberto Bolaño, que en su burlesca sátira “Literatura nazi en América” con gran sutileza y humor, critica a los desacertados rasgos comunes de los libros escritos por algunos imaginarios escritores fascistas en América. Porque este libro y las otras obras mencionadas, que indudablemente comparten aberrantes características comunes, podrían servir de reales modelos a una obra ahora seria, similar a la de Bolaño, potencialmente titulada “Literatura progresista de los últimos 25 años en Chile”. La cual sería un instrumento útil para entender las limitaciones de esta defectiva corriente de pensamiento y de sus infundadas y adversas influencias para el verdadero progreso del pueblo chileno.
