El Continente se encuentra infectado de obispos y cardenales semejantes a Rodríguez, que no trepidan, ni trepidarían, en dar golpes de estado a gobiernos de izquierdas o que huelan a izquierdas.
Los chilenos, que tuvimos la suerte de contar en su momento con el cardenal Raúl Silva y un buen número de sus obispos en la lucha contra la dictadura cívico militar que asoló al país, podemos llegar a pensar ingenuamente con ignorancia que su ejemplo fue expresión de un fenómeno generalizado en el Continente, que en todos los países latinoamericanos las jerarquías católicas por principio se oponen a las dictaduras, de derechas o izquierdas. No es así, lamentablemente.
Juan Pablo II, de triste memoria para nuestro continente, igual que los efectos de la pesca de arrastre en el mar, barrió a todo aquel que no fuera un católico integrista de la conducción y autoridad de la iglesia. El ejemplo chileno es elocuente, de norte a sur.
Se denuncia el ataque inquisitorial a la Teología de la Liberación, y es verdad, pero el asunto es más amplio y más grave, es un ataque a las críticas, propuestas y acciones que tengan por fin intentar cambiar lo que sus hermanos proscritos, silenciados, desplazados, llaman “el desorden establecido”.
Flaco favor le hacen al catolicismo y al pueblo latinoamericano los obispos de Honduras apoyando a la nueva dictadura. Desde ahora son parte en calidad de cómplices de los crímenes y atropellos a los derechos humanos que a partir del momento del golpe se iniciaron en aquel país.
