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Agosto 18, 2026

Argentina, una reflexión electoral: Hacernos los boludos

Cuando el paladín patilludo reconoció que si hubiera dicho lo que pretendía hacer nadie lo habría votado, de algún modo iluminó el camino futuro de los neoconservadores argentinos.  En una primera y rústica instancia, habían escogido como estrategia para establecer el saqueo del Estado, moler a golpes, asesinar y torturar a todo aquel que no quisiera acogerse al plan neoliberal regional. 

Posteriormente, ya en su nueva embestida sobre el ocaso de los ochentas, permearon al peronismo, y con las banderas de la justicia social y de la revolución productiva, entraron por la puerta de atrás del cuarto oscuro para constituir su época de oro durante el menemato.  Con el paso de los años, el velo se fue corriendo y la evidente realidad nos golpeó las fauces y así la Alianza apareció como el último eslabón de esta cadenita de engaños.  Que se vayan todos, que no quede ni uno sólo, gritó la gente harta en las calles.  En este punto, la lamparita de la creatividad liberal se iluminó nuevamente: tenían que diluir la política, borrando el discurso como estrategia para hacerse del poder del Estado nuevamente.  Funcionó inexplicablemente bien.  Un tipo, sin decir prácticamente nada más que pavadas quirúrgicamente vacías, se hizo con la Ciudad de Buenos Aires. 
 
Finalmente, en esta elección 2009, fueron por más, dijeron: vamos a ganar sin decir absolutamente nada, sólo poniendo caras y haciendo tortitas de manteca.  El truco ahora no iba a ser hablar del Estado como si fuera un club o una empresa,     sino como un jardín de infantes. Eligieron a una de sus cuadros más preparadas para eso, alguien auténticamente naif y sin contenidos, insostenible en el tiempo.  Consciente de esto, Macri fue el primero en adelantar las elecciones. Pero las caritas y los gestos terminarían resquebrajándose ante la primera pregunta punzante.  Y eso empezó a notarse.  Entonces el nuevo paladín de bigote salió al rescate con todos sus clásicos slogans y de la mano de un nuevo aliado blondo y sensual. También se predispuso a evitar cualquier tipo de roce, cualquier cosa que oculte que la realidad es compleja y que el poder sirve para transformarla.  Pero ante la mínima presión, nuevamente cayó el velo y emergió lo que todos sabíamos, incluso los que los votaban: que son lo más recalcitrante y conservador de la sociedad, y que pretenden reinstaurar aquello que parecía superado.

            Esto no es casual, del otro lado tenían a unos políticos profesionales que vienen insistiendo con que hay modelos de país en disputa, con que el Estado debe cobrar un nuevo valor que nos permita gozar de lo que tenemos y salir del servilismo.  Un gobierno que, nos guste o no, tiene una proyección regional (en un tiempo en donde esto es fundamental) y un modelo de país y de gobierno.  Las tortitas de manteca resultan insuficientes como contrapartida.  La política volvió a tener el peso que debe y los votantes volvieron a ser adultos responsables de sus decisiones.  Caída la máscara, quien vote, sabe lo que vota y es cómplice.  De algún modo, la idea que Cristina expuso en su discurso de victoria en 2007 acerca de que cada uno se haga responsable del lugar que ocupa y de las decisiones que toma, se cristalizó en esta instancia. Sin embargo, resulta que a los argentinos no nos gusta hacernos cargo de nosotros mismos y de lo que elegimos, preferimos ser engañados o buscar chivos expiatorios que nos muestren siempre inocentes, siempre políticamente correctos.  No sabíamos de los desaparecidos, no sabíamos del golpe económico a Alfonsín, no sabíamos que remataban el país, nunca sabemos nada. Somos farsantes monitos de la sabiduría.

Es aquí cuando aparece Pino como una opción en crecimiento, consecuente con el que se vayan todos, consecuente con nuestra idiosincrasia que esquiva la responsabilidad de transformar la realidad, aunque esto nos ensucie las manos.  Porque el poder, aquí y en cualquier tiempo y lugar, es sucio e implica ceder muchas veces cosas que nos resultan importantes. Nadie gobierna sin mancharse y sin transar.  Puede ser lamentable oírlo, pero es una verdad innegable (por eso la nueva carita imperial resulta tan acogedora, porque no nos enfrenta con la mugre del poder como lo hacían Bush o Nixon, porque hace a los norteamericanos menos responsables de su posición en el mundo). Cuando pedimos que se vayan todos, en realidad nadie se va, nadie puede irse, porque alguien tiene que hacer el trabajo sucio por todos nosotros, porque el que nos gobierna no es otra cosa que un reflejo de todos, con nuestras miserias y nuestras grandezas.  Nuestra sumisa corrección política es justamente lo que explica la metamorfosis del voto de Michetti hacia Pino que proponen los medios por estas horas. Hacerse el boludo, eludir la responsabilidad con el voto, es fácil, pero después cuando nos cagan la vida, sufrimos y salimos a la calle a patalear alegando inocencia.  Lo que se juega en esta elección no son bancas, sino justamente, ver hasta dónde podemos hacernos los boludos o si logramos hacernos cargo de la áspera realidad de una vez por todas. 

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